Crónica de un viaje en ascensor
Por APG
Tendría once o doce años yo y dos menos una de mis hermanas cuando juntas, motivadas por la noticia de remate de mercadería al costo de un quiosco vecino de cierre inminente, caminamos –provistas del total de los ahorros que dos niñas pueden acumular gracias a reservar la semanalidad durante meses a fuerza de caminar ida y vuelta a la escuela, esquivando el costo del transporte (digamos, que nuestra fortuna ascendía al equivalente a doscientos pesos actuales, más de treinta años después)–; decía: caminamos media cuadra desde la puerta de casa hacia la esquina de la calle Ecuador, y la cruzamos; repetimos la acción con Valentín Gómez: la cruzamos, y ahí estábamos las dos frente al quiosco de la farmacia de la esquina, frente a ese universo dulce que nos llamaba, que nos tentaba, que nos invitaba a ser arrasado. La cosa era así: en vez de la disposición habitual y prolija de los productos, que conocíamos puntillosamente, estaban, sobre la vitrina del exhibidor, las cajas contenedoras, desbordadas de golosinas a granel; cartelitos artesanales versaban las ofertas: dos al precio de uno, tres al precio de uno, cinco al precio de uno, todo al precio de uno. Eso hicimos. Cargamos con todo a un valor ridículo para el mercado y sacrificado para el capital que dos niñas pueden ostentar. Hicimos el camino inverso de regreso, muñidas por pilas de cajas de todo tipo que desequilibraban nuestro andar y que apenas nos permitían asomar la vista para cerciorarnos de que ningún auto nos arrollara al cruzar.
Qué manera barroca de retardar ese instante. Qué artilugios absurdos permite el relato para evitar llegar al momento inevitable: el conciso, el del suceso propiamente dicho, el del dolor que duele, que revuelve las tripas. Un viaje en ascensor es la clave: se te hace imperioso recorrer, otra vez, el trayecto de cinco pisos que distancian –a tu hermana y a vos– de la planta baja. [...] Continuar la lectura







