La elocuencia indescifrable
Expresión y comunicación en Theodor Adorno
Por Gabriel Muro
“Nada existe, si algo existe no es cognoscible por el hombre; si fuese cognoscible, no sería comunicable”
Georgias de Leontini
El expediente de la muerte del arte es retomado de tanto en tanto por jueces y peritos varios ansiosos por clausurarlo en forma definitiva. No es que el arte haya muerto fehacientemente, ya que su cadáver nunca fue encontrado. Quizá el primer forense en esta historia fue Hegel, cuando a principios del siglo XIX, convencido de que el arte había llegado a su fin, recapitulaba su historia para explicar las causas de su fallecimiento. Como en otros tantos finales hegelianos solo realizados a medias, el asesino debía ser el Saber Absoluto.
De acuerdo a la hipótesis de Hegel, la filosofía, llegado el momento de despliegue final del Espíritu, se haría cargo de toda forma de auto comprensión del hombre, deshaciéndose del arte como si este hubiese sido un mero accesorio, una suerte de módulo espacial desechado por el Espíritu una vez reingresado a la atmósfera terrestre, realizando de esta forma la museificación definitiva del arte.
Pero quizá lo que Hegel quiso y no pudo expresar estaba más cerca de la proposición con la que abre la Teoría Estética de Adorno: “Ha llegado a ser evidente que nada referente al arte es evidente”. Esta perplejidad paradójica es la marca del arte moderno y también de la modernidad en su conjunto. Cuando Hegel profetizaba acerca del fin del arte estaba pensando en el final del arte evidente, lo bello ya-dado fundado en el mito o en la celebración de la divinidad. Pero el arte en la modernidad no busca producir placer participando de “lo Bello”, sino provocar al juicio y la inteligencia. A la caída de los ídolos que le hacían de sostén, el arte interroga al contemplador acerca del propio acto de contemplar un objeto “inútil” no producido por la naturaleza.
Aún a riesgo de pervertir su literalidad, el fin del arte hegeliano es en verdad el anuncio de la transmutación radical del arte, caracterizada por la conquista de aquello que recorre todo el pensamiento estético de Adorno: la autonomía del arte. La obra abandona el tutelaje monárquico, se autonomiza de toda regla cortesana, se hace pobre en Van Gogh, urbano en Baudelaire, anti académico en Cézanne y loco en Artaud. Al autonomizarse y poner en cuestión toda forma evidente de legitimarse, la experiencia artística estalla, y con ella sus espacios tradicionales de consagración y celebración. [...] Continuar la lectura

