Cultura
Capítulo I
—Escriba, Ibáñez, escriba.
Para algunas cosas la memoria de Ibáñez funciona mejor que la mía. Es muy obsesivo. Cada tanto relee sus anotaciones y no pierde detalle. Hay una, de la época en que ella se hizo cargo del Pasaje Central de la Cultura de la ciudad, que dice: “El amor es una mariposa vietnamita”. La escribí para olvidarme, como todo lo demás. El amor del sudeste asiático no es moco de pavo. Textual. Primero nos separó y después quiso juntarnos. “Hacernos uno”. Aunque lo que nos pasó, nos pasó por disociados. “Infradotados”. Él asegura que terminamos amándola para matar el Tiempo. “El de los tiempos verbales”. Puede ser, sobre todo el presente del indicativo.
—Las amarillas son los antidepresivos, Ibáñez.
Yo en cambio creo que la amamos para terminar con la turbina. ¿Te acordás? La primera vez que la vi me dio miedo. A él le pasó lo mismo: “Gorda Vietnamita”, anotó. Después me aclaró: “Yo no le puse así, fue Arnaldo Marinelli”. Lo cierto es que por aquellos días tanto él como yo veníamos en franco descenso, con la oscura certeza de ya no tener nada que esperar y con la secreta convicción del fracaso en la pista. Ni él había logrado mucho como escritor y editor, ni yo había logrado mucho como escritor y editor. Teníamos nuestras diferencias. A su modo, Ibáñez había anotado una frase dantesca de aquella época: “A la mitad del camino de nuestra vida, me encontré con que no había selva oscura, encrucijada, ni un sorete”.
—Hay que volver a la sabiduría de los clásicos. [...] Continuar la lectura



