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Archivo para Febrero 28th, 2011

Cultura

436588g0Por Gabriel Báñez

Capítulo I

—Escriba, Ibáñez, escriba.

Para algunas cosas la memoria de Ibáñez funciona mejor que la mía. Es muy obsesivo. Cada tanto relee sus anotaciones y no pierde detalle. Hay una, de la época en que ella se hizo cargo del Pasaje Central de la Cultura de la ciudad, que dice: “El amor es una mariposa vietnamita”. La escribí para olvidarme, como todo lo demás. El amor del sudeste asiático no es moco de pavo. Textual. Primero nos separó y después quiso juntarnos. “Hacernos uno”. Aunque lo que nos pasó, nos pasó por disociados. “Infradotados”. Él asegura que terminamos amándola para matar el Tiempo. “El de los tiempos verbales”. Puede ser, sobre todo el presente del indicativo.

—Las amarillas son los antidepresivos, Ibáñez.

Yo en cambio creo que la amamos para terminar con la turbina. ¿Te acordás? La primera vez que la vi me dio miedo. A él le pasó lo mismo: “Gorda Vietnamita”, anotó. Después me aclaró: “Yo no le puse así, fue Arnaldo Marinelli”. Lo cierto es que por aquellos días tanto él como yo veníamos en franco descenso, con la oscura certeza de ya no tener nada que esperar y con la secreta convicción del fracaso en la pista. Ni él había logrado mucho como escritor y editor, ni yo había logrado mucho como escritor y editor. Teníamos nuestras diferencias. A su modo, Ibáñez había anotado una frase dantesca de aquella época: “A la mitad del camino de nuestra vida, me encontré con que no había selva oscura, encrucijada, ni un sorete”.

—Hay que volver a la sabiduría de los clásicos. [...] Continuar la lectura

De cómo el hambre me hizo escritor

LVMPor Lucio V. Mansilla

Al señor don Mariano de Vedia

Si vous voulez bien parler et bien écrire,

n´écoutez et ne lisez que des choses bien

dites et bien écrites

BUFFON

Salí de la cárcel….. así como suena, de la cárcel; no han leído ustedes mal, -puedo declararlo bien alto y en puridad; tanto mas, cuanto que, siendo honrosos los motivos, como los míos lo fueron, hace mas bien que mal saber prácticamente que diferencia hay entre la crujía y la celda,- y, como Gil Blas, dueño de mi persona, y de algunos buenos pesos, me fui al Paraná. Digo mal, no me fui precisamente como Gil Blas, porque éste le había hurtado algunos ducados a su tío, y la mosca que yo llevaba habíamela dado mi queridísimo tío y padrino, Gervasio Rozas. Pero llevaba cierto bagaje de malicia del mundo, que le hacía equilibrio a mi buena fe genial.

Yo me decía, estando en el calabozo: “Cuando me pongan en libertad, -padecía por haber defendido a mis padres,- haré tal o cual cosa”… La prisión me había hecho mucho bien. ¡Cuan instructivas son las tinieblas! El hombre propone, Dios, o el Otro dispone.
No hay quien no tenga su ananké, prescindiendo de la lucha entre el bien y el mal, que será eterna, como aquellos dos genios de lo bueno y de lo malo: Dios, o el Otro. Me pusieron en libertad, -si en libertad puede decirse ser desterrado, y todos aquellos castillos en el aire, hechos a la sombra y en las sombras, se desplomaron, zapados por lo inesperado de mi nueva situación. Aquella transición fue como pasar de lo quimérico a lo real; tiene uno que volver a hacer relación consigo mismo, que preguntarse: ¿Quién soy? ¿Qué quiero? ¿Adonde voy?- Y no andarse con sofismas é imposturas. [...] Continuar la lectura