La piedad que humilla
Ensayo sobre la política en una economía mundial de burbujas
Por Leonardo Sai
Cuando extienden sus manos,
Yo cierro los ojos;
Por más que multipliquen las plegarias,
Yo no las escucho:
¡Las manos de ustedes están llenas de sangre!
ISAÍAS 1.18, Antiguo Testamento
Todo político, en el ápice de una jerarquía de poder, esta ahí por capacidad de conducción, es cierto, pero, más profundamente, por capacidad de seducción. Seducir es hacerse con la representación de una sociedad: En sí mismo, los otros se encuentran. Aunque los traicionase hasta la médula, no sería éste acto sino la más rigurosa afirmación de su voluntad de dominar la escena política. Por eso todos los poderes que convoca lo sospechan por la espalda y apuestan los billetes. Nadie es creíble hasta que se lo demuestre. El producto más artístico, más brillante de un político es su diplomacia. Todo político debe medirse frente a este arte de ajedrecista. La diplomacia se inclina ante el político como una dama a la cual se invita a bailar: ¿Qué puede usted aquí y ahora? El Estado, la guerra, la sociedad, las finanzas, la industria, todas esas cosas, por un instante, parecen detenerse y preguntarse: ¿Qué provecho podemos sacar de este hombre? ¿Es mejor adularlo, temerle o herirle? ¿Cuánto durará su firmeza? ¿Qué limita su fuerza y qué la potencia? ¿En qué nos perjudica? Eran también las preguntas que se hacía el mundo, expectante, cuando un negro se consagró Presidente en el ocaso de la primera potencia económica y política del mundo.
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