Por Omar Genovese
[Texto a modo de presentación del libro Tierra Metida, de David Wapner.]
(Debo reconstruir, frente a un teclado indiferente, lo dicho en público en la intimidad que brinda la bondad de la atención ajena. También, invocar la oralidad y el excesivo afecto del autor a mi izquierda, como la precisión y certeras apreciaciones de quien dejó en el aire la sensación de trascendencia de la obra a presentar: Juan Terranova. Espero ser fiel a lo dicho, o sabrá disculpar el postrer lector la inevitable intromisión de lo literario, o cierta pasión dispar por los significados. Recurro a los escarabajos de las notas caligráficas utilizadas para la ocasión, siguiendo el desorden de las ideas. Antes de continuar, debo señalar que David Wapner leyó algunas páginas de Tierra Metida. Entre ellas, las que refieren a la contaminación y el riesgo de bombardeos con misiles… y al Leviatán, el secreto a voces: 150 -¿Importa el número?¿Una sola ya no es amenazante por demás?- cabezas nucleares apuntando al cielo. Pienso ahora en Ismael, el narrador de Moby Dick. La primera oración -traducida por Pezzoni- decía: Pueden ustedes llamarme Ismael. Otra versión, más literal, fiel a un original e infiel a la literatura, decía: Llámenme Ismael.)
La distancia lineal entre Arad y el indeterminado punto del conurbano donde vivo es de 12.370 km. En realidad es la distancia que existe entre el sitio más cercano a Arad y la ciudad central de Argentina. Por supuesto que para ir o venir de allí hay que triangular de forma aérea, lo que nos da unos 14.000 ó 15.000 km. El cálculo surge de utilizar Speedmeter, un sistema web donde se calcula la velocidad de la conexión a internet desde la propia computadora a cualquier lugar del mundo. Como resultado existe distancia, velocidad: escasos milisegundos. Nada más irreal, nada más ilusorio. Entre Arad y Buenos Aires existe medio mundo material, concreto, imposible de sortear caminando. Pero lo que viaja, contradiciendo las evidencias, es la palabra. Este libro fue primero blog anticipando que sería libro, tenía el signo, la falla, su destino en él. Olía a eso. [...] Continuar la lectura