El ave del paraíso perdido
Por Guillermo Cabrera Infante
Mi primer encuentro con William Henry Hudson tuvo lugar en La Habana hace veinte años. Su nombre era entonces Guillermo Enrique Hudson y fue Borges quien me llamó la atención sobre su obra. Borges, bilingüe, hablaba de La tierra púrpura en español y de Allá lejos y hace tiempo con ternura argentina. Como cosa de magia había cruzado ahora la calle Belascoain con la luz verde propicia y atravesado un portal para dirigirme a una de esas librerías de viejo de La Habana de entonces que debían llamarse de viejos por su clientela toda ancien régime. Esa tarde luminosa, tiempo de fiesta y no de encuesta, l’aprésmidid’un fan o de siesta a dos había dejado a Miriam Gómez entre ejercicios didácticos de un dudoso dramaturgo (la palabra dramaturgo, alemana, se pronunciaba gutural en español para poder oír a Bertolt Brecht detrás) que era un argentino de Berlín del Este, de la Banda Oriental política. Como Antón Arrufat, amigo y amante de Conrad, me había dicho que esta librería de viejo, oscura y poco frecuentada antes, estaba en liquidación forzosa, entré decidido. Venía buscando a Hudson y no sabía si lo encontraría nunca. Observé enseguida que apenas había libros en esa librería ya en los estertores. [...] Continuar la lectura

