Por Omar Genovese
En Alemania las máquinas expendedoras de libros están en los subtes, trenes y terminales de ómnibus –la amiga Inx me habló de ello, hace más o menos un año–. Entonces, la gran creación de nuestra disputada Biblioteca Nacional resulta ser adaptación criolla, simple argentinismo de alambre y veamos cómo anda. Típico, como el peronismo. ¿Y saben por qué? Porque estoy seguro, segurísimo, que al menos una más, y solo una, será la próxima máquina que saldrá al ruedo pues no hay ninguna otra en condición de ser recuperada. La nuevísima máquina (y hasta ahora única) de vender mini libros (del tamaño de un atado de cigarrillos, formato indispensable para que la expendedora automática funcione con ese fin “cultural”, y no haga falta patentar y fabricar una especial a tal efecto) es, en la Germania, adaptación de las que funcionaban respecto al tabaco, tal vez usuales antes de la segunda guerra, o que, en cataratas, se distribuyeron por todo el territorio durante la ocupación yanquee, contemporánea a la infancia de Fassbinder, por dar un referente. O algo más simple: su creador era alemán, y luego de la guerra las siguió fabricando hasta convertirse en millonario. […] Continuar la lectura