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La fiesta interminable

Por Raúl García Luna

Lo reconozco y lo admito. No se puede ser arte y parte. Escribir sobre uno mismo. Arrogarse el lugar del personaje. Ficticio o periodístico. Ser tan fatuo como un político. Tirarse a la pileta sin el más prudencial pudor. Pero la fiesta ocurrió. Y en mi propia casa. Y organizada por mí. Y no faltó nadie. Ni siquiera los que no estaban invitados. Todos amigos. La mayoría, desconocida entre sí.
Las consigna fue: sin chicos y con botellas. Preferentemente, tinto. El morfi correría por cuenta de la casa. Léase: mi esposa. Empanadas de carne. Cortada a cuchillo. Con abundante verdeo. Un sábado doméstico. Pero sólo para adultos. Mi cumpleaños. Corchos y copas. Velitas y brindis. En fin, dijo don Crispín, se bailará hasta que aclare. Y como nunca aclaraba, don Crispín siempre bailaba.
Estaban todos, decíamos.
El enólogo veterano con su señora y su generoso aporte ad hoc. Cabernet Sauvignon. El bibliotecario con su señora y su infundado temor a marearse por la falta de costumbre. Malbec. La parejita tímida que no se mueve del sillón y meta telefonear a la niñera para saber cómo anda todo por allá. Naranjada. El plumífero que no termina de relatar anécdotas de cronista fogueado en otros tiempos y otros conflictos. Whisky. La joven emprendedora que no para de consultar de qué está hecho el paté o tal aderezo. Champán. La emocionada editora que se encuentra con alguien que no ve desde hace décadas y con pena recuerda lo por entonces perdido. Agua mineral. El economista sensible y su señora a dieta. Merlot y un juguito símil pis. El tenor ante su atril entregándole a la ya bien entonada platea bien añejadas arias y canzonetas. Sangiovese y aplausos. El gran novelista viejo y enfermo con su bastón de nogal y su señora ex bailarina sospechada de experta cocinera. Moscato, grappa, luquivenga. El actor de teatro abstemio y depresivo, y su bostezante señora teniéndole la vela. Juguito uno, puro blanco helado ella. El artista plástico conceptual y compinche del anfitrión, con su quizá quinta y mejor señora. Vino cosquilleante de fatua moda. El alegre locutor con su alegre esposa la psiquiatra. Tempranillo. La divina diva que enciende comentarios en la cocina. Pinot Noir. Mi querida esposa. Syrah. Y uno mismo. Cepas varias.
Pero también estaba el asesino.
Si un perro muerde a un hombre, ¿cuál es la noticia? Pero si un hombre muerde a un perro… Entre nosotros circulaba un asesino, y nadie se daba por enterado. Sólo yo me daba cuenta. Lo veía rondar entre los invitados. Y sobre todo entre los no invitados. Con su copa siempre llena. Con su sonrisa de áspid a la espera del tarascón. Con su paciencia de psicópata al acecho.
Y sentí miedo y culpa a la vez. Pero, ¿qué hacía él en mi fiesta? ¿Y por qué me guiñaba un ojo? Mi señora no me preguntó quién era, pero otros/as sí. Les contesté que se trataba de un amigo de la infancia. Y no les mentí. Ah, lo que puede el escabio compartido… Pero a mí él me rompía la cabeza. Un asesino es siempre un asesino. Aunque parezca en lapso de reposo. ¿Qué era lo que pretendía allí? ¿Habría una víctima esa noche? ¿En mi casa?
Joder, hay que tener cuidado de quién se hace amigo uno.
Lo emborraché y lo fleté en un radiotaxi circa cuatro y pico de la matina. Con ayuda del tenor, del cronista fogueado y del artista conceptual. Sin que nadie más lo notase. Después abrí las ventanas que dan al pasaje Inca al 3800 y hablé de los dones curativos de mi playa natal. Y algunos/as, los últimos que quedaban a esa hora incierta en que el inclemente cielo porteño se torna azul por mera proximidad del alba, vislumbraron las olas de mi lejano mar. Y pidieron otra copita. Y destapamos la del estribo. Y otra. Y otra más. Y otra para el camino. Y…
La puta, que vale la pena estar vivo.
Salud, familia.

Ilustración de Alfred James Tulk

Comentarios (un comentario)

No, no lo invito a mi cumpleaños, no. Me descuartizaría todos los muñecos de la colección.
La crónica del picotazo. Me gusta mucho, ya le dije.

aydesa / noviembre 7th, 2006, 6:54 pm / #

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