Juicios
Por Sebastián Hacher
1
El timbre suena con rabia, largo y tres veces seguidas. Camino hacia el portero eléctrico y apuesto: afilador, vendedor de bolsas de residuos o evangelista en trance. Atiendo, y una voz tan autoritaria como el sonido del timbre grita “comisaría 4ta” y hace silencio.
Lo primero que pienso es que llegó la hora del saltar por el balcón: la pesadilla de una causa fraguada, alguna morosidad que mutó en orden de captura o, peor, un crimen cometido durante sueño, en pleno estado de inconciencia. Se acabó de forma cursi el poema de Brecht, y vienen por mí.
Pero no, la voz en el portero dice que quieren entregarme una citación: soy testigo en la causa por los presos de la legislatura. Me tengo que presentar a declarar.
2
A la entrada de tribunales me secuestran el agua mineral y me piden que apague el teléfono. Me invitan a pasar a un recinto pintado de marrón estatal, con puertas y ventanas blindadas. Los testigos somos alrededor de diez, cuatro de ellos ex legisladores porteños de diferentes partidos, que improvisan una mesa de café en la habitación mejor ventilada. La otra opción es un cuarto muy pequeño y oscuro, que también podría ser usado de celda, o un hall donde no hay ventilación pero si algo de luz.
Yo elijo la última habitación. Me siento contra una puerta cerrada y escucho las conversaciones de los presos que están del otro lado. Son tres amigos que acaban de caer y definen su estrategia judicial con murmullos. Uno de ellos, el Chino, decide hacerse cargo del robo, y sus compañeros prometen que lo van mantener desde afuera. Trato de pensar en eso, pero las conversaciones de los diputados llenan el ambiente y no me dejan pensar. Son insoportables.
3
Luces amarillas con paredes marrones y gruesas, casi sin entrada del sol y un silencio interrumpido apenas por sonidos que anuncian movimientos en ambientes lejanos. Todo es tan frío y perenne, que termina por sumirme en un estado de ensueño, similar al que me producen los micros cuando viajo por zonas desérticas en las tardes de verano. Cada tanto, alguien se mueve o emite algún sonido para comprobar que todos seguimos vivos:
—Esto es un desastre —dice una mujer policía que espera para declarar.
Creo que no espera una respuesta de mi parte. Pero me levanto de la silla, camino hasta una de las puertas que dan al sector de celdas, espío por la mirilla de la cerradura, y luego de comprobar que aquello es mucho más horrible que esto, que lo nuestro es apenas el purgatorio y los otros, allá encerrados, viven en el infierno, me doy vuelta y le digo:
—Peor es estar preso.
Lo mío también es una forma de llenar el silencio.
4
Hay 12 personas sentadas en el banquillo de acusados. La mayoría son vendedores ambulantes que se oponían al código contravencional y que fueron capturados al boleo por la policía. Se los acusó de coacción agravada y privación ilegítima de la libertad, y estuvieron 14 meses presos. Ahora, en la salita de testigos –en donde está prohibido hablar de temas relacionados con el juicio– se comenta en voz baja lo que todos sabemos: de los cien que declararon antes que nosotros, ni uno sólo logró decir algo que demuestre que los acusados cometieron los delitos que se les imputan.
Para entrar a la sala del tribunal hay que atravesar un túnel marrón, versión estatal del que usan los futbolistas para entrar a la cancha. De allí sale, mucho después del mediodía, una mujer de vestido azul con detalles celestes muy finos y una cartera de cuero. Sonríe, le pregunta a uno de los diputados como se llama, y empieza con él una conversación que parece irse por las ramas. Pero en un instante vuelve al tema, y a modo de discurso dice:
—Les pido que tengan paciencia. Lo que estamos haciendo nos va a servir a todos, incluso a la gente esta que se tuvo que estar tantos meses presa por nada, pero yo creo que hasta a ellos les sirvió la experiencia. Ahora son pasto nuevo, maduraron un montón.
Entonces, la mujer, la jueza, dice que la disculpemos, que no se quiere perder la oportunidad de ir a almorzar.
5
Cuando estaba en el colegio me mandaban al salón de disciplina, la antesala de la dirección, y me dejaban ahí, a la espera de una sanción que nunca llegaba. A veces me pasaba horas encerrado, hasta que alguien me preguntaba si esperaba a alguien y me avisaba que me podía ir.
Lo mismo para en este juicio: luego de la declaración del 90% de los testigos y más de seis horas, yo sigo ahí. Ya ni recuerdo lo que pensaba decir.
A mi lado hay una mujer policía muy flaca y rubia, que a cada rato me ofrece agua, quizás de la misma que confiscaron a la entrada. Hay un señor mayor que se presenta como político a secas, y que intenta hablar de algo, pero fracasa en forma más rotunda que la mujer policía. Hay otros, los pocos que quedan, que duermen la siesta con total impunidad.
Y entonces, mi nombre.
6
Pase por aquí, me dicen. Entro al túnel por el que antes salió la jueza, y emerjo en la sala de audiencias. No tengo tiempo de mirar todo el escenario. Si los juicios orales son el teatro de la justicia, yo soy un actor que sale a la palestra dormido y con hambre.
Me siento en el banquillo de los testigos, de espaldas a los abogados, fiscales, acusados y el público. En frente, elevados y detrás de un mostrador, están los jueces. ¿Tengo que saludar, decirles buenas tardes?. A nadie le interesa si lo hago. Me leen mis datos, me preguntan si juro decir la verdad, y desde atrás, una voz me invita a que cuente todo lo que recuerdo de aquel día. ¿Y que es lo que sé?. A esta altura de la tarde son imágenes confusas, hechos que con el cansancio perdieron todo viso de realidad.
De atrás, un abogado me hace preguntas. Intento darme vuelta para mirarlo, pero me dice que no lo haga: siempre mire al frente, me avisa. Después preguntan los jueces. Se pierden en detalles sin sentido, casi por formalidad. Uno de ellos hace un chiste malo y sonríe. Tengo ganas de dormir, de irme.
7
El día después, voy a cubrir la lectura de la sentencia del juicio de Blumberg. Aquí la sala está pintada de bordó, y al fondo se ve una zona arbolada. Los acusados están rodeados de decenas de agentes penitenciarios que no le sacan los ojos de encima.
Estamos a cien metros del río, y llueve con la intensidad ideal para tomar mate con tortas fritas. Blumberg de a ratos hace que ríe, de a ratos hace que llora.
Durante la lectura, uno de los jueces se queda dormido. Yo estoy parado en medio de la maraña de fotógrafos y cámaras de televisión y lo miro desde allí. No tengo trípode para apoyar el lente, así que pronto me empieza a doler la cintura.
Cuando terminan de leer, un enjambre de periodistas organizados como un equipo de rugby, se lanza sobre el ingeniero.
Blumberg tiene algunas frases preparadas.
Sabe –le enseñaron– como destacar el concepto que servirá de titular para los diarios de mañana.


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