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Articulo

El corral

Por Julio Petrarca

El sueño aparecía de vez en cuando y lo dejaba insomne por varias noches. Lo relataba con pelos y señales a cada nuevo terapeuta con diagnóstico propio: “Es un síntoma de mi locura”.
—Todo comienza en una suerte de maternidad oscura y de paredes ocres, con una partera o médica (no sé bien, y a lo mejor tampoco importa) que aparece en primer plano con barbijo blanco y guantes de goma anaranjados, de esos que se usan en la cocina. Ella sonríe (no me pregunte cómo lo sé si tiene media cara tapada, pero lo sé) y adelanta sus manos ahuecadas hacia mí en busca de algo. Al principio no sé qué, pero me doy cuenta enseguida y el corazón comienza a latir muy fuerte. Siento ahogo y un dolor que me revuelca en la cama hasta que llega el alivio: la mujer tiene entre sus manos un bulto que sangra y despide ese olor asqueante. Lo levanta como una ofrenda o un trofeo, grita “otro más” y se va.
En este punto hacía un silencio. Miraba al cielorraso en busca de una respuesta y fijaba luego los ojos en el terapeuta esperando alguna señal para seguir. No esperaba mucho.
—Estoy subido a un palo de esos que bordean el sendero por el que pasan ovejas de a una entre el corral y los camiones. Tengo en la mano un cuentaganado. Cliqueo voces pero no animales y estoy ahogado. Sé que estoy sudando.
La interrupción era esta vez insignificante. Apenas el tiempo justo para buscar aire y seguir.
—Ahora el escenario es otro, frente a un tanque australiano de esos comunes en cualquier campo o quinta. Hace calor, así que creo estar allí para pegarme una zambullida, pero no veo el interior. El tanque está rodeado por un terraplén tapizado de césped y al acercarme al borde crece un murmullo que viene de adentro, como letanía o recitado colectivo. A medida que voy subiendo el terraplén, el sonido es acompañado por palabras sueltas que van saliendo del tanque. No entiendo qué dicen o representan. El corazón vuelve a bombear como en la primera escena con ritmo creciente hasta que tengo la garganta apretada y reseca y siento que pego un salto en la cama que me deja agotado.
Hacía entonces otra pausa sin palabras, los ojos rojos y los hombros entregados, y fijaba una mirada triste en el terapeuta esperando el pase. Una respuesta afirmativa o negativa le daban igual. Él seguía.
—Yo sé que dentro del tanque pasa algo espantoso, pero las piernas no quieren seguir subiendo. Sin embargo, camino hacia el borde. Lo curioso es que me observo de espaldas, como si fuera otro. O como si el otro fuera el que sigue subiendo lentamente. Descubro entonces, sin ver, que en el tanque no hay agua, que todo es una arena sucia, de campo de batalla. Ahora hay silencio. Yo, o él, ése que se balancea en el borde, tiene horror en la cara aunque no se la veo, y su grito se confunde con mi grito al despertar, siempre de madrugada, siempre tembloroso, seguro de que no será la última vez.

Ilustración de Jorge Fantoni

Comentarios (2 comentarios)

Ese es mi papa!

Me parece interesantisimo ese texto, deja muy abierta la interpretacion. Yo no lo habia leído, lo acabo de leer en la página, y todavía estoy pensando que representa ese arenero para mí.
Un saludo!

Manuel Petrarca / octubre 29th, 2006, 6:46 pm / #

cai de casualidad aca.. julio cesar … creo que ese es el hermano de mi vieja.. uno pelado?? entonces vos debes se ralgo asi como un primo mio jaja saludos.

fede / julio 23rd, 2008, 8:33 pm / #

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