Articulo

La lección de Warhol

Por Miguel Soler

Trato de dejarme llevar, sentir el impulso de la escritura a medio paso del automatismo, como si escribiese a vuela pluma. Es el rencor de mi doppelblögger lo que me atenaza por la nuca, y me aprieta con dos dedos imposibles mis lóbulos frontales insistiendo “escribe bite a bite, escribe”
¿No es como una tiranía autoimpuesta esta necesidad de habitar la velocidad? ¿Esta sujeción del día a día, comment a comment, poste a poste como un arquero enloquecido de agujeros que se abren en el minuto 92? La red sigue creciendo por detrás nuestro, y no nos alcanza la vista ni los dedos para mantener unido nuestro equipo, y la barrera que oscila embriagada de torpezas. Y uno entra, luego de siglos de ausencia, en las containers de los comments de blogs ajenos, y los ve apelotonados contra el fondo, pateando lejos de sí spampockemon y anonimusuarios, en procura de calor humano. Y construcciones de pensamientos eslabonados se enhebran como puentes de fósforo que la temporalidad incesante de la red incendía cada dos meses.
¿No se siente un rumor creciente cada vez que nos conectamos? ¿No es como una catarata en la oscuridad a punto de tragarnos en su vorágine porque nuestro tiempo humano apenas puede darle coto? ¿No hay cierto pánico cuando ventanas se abren tras ventanas, y apenas podemos leer una línea que se atomiza en letras, se dispersa en la mente, ya la actualidad la orada? No hay tranquilidad en la red, no hay sociego.
“Puedo escribir los post más tristes esta noche”
No, no es tristeza. Sólo quise hacerme el intertextualista de cotillón. Es cierta desazón, cierta agitación de no poder correr en pos de ustedes, sentir cierta sensación de pérdida. Me lo pierdo todo, porque no puedo leerlos y porque no puedo escribirlo todo. Un post: y ya veo como se hunde en la sombra. Hemos aprendido la lección de Warhol: ser estrellitas de 15 segundos. Lo que demore su atención volátil, y saber, ustedes y yo, que esto no es literatura. Que no puede serlo, como una novela de Balzac no puede ser un reality show. Porque la realidad se angosta como un corredor ajustado a 19 pulgadas de brillo radiante. Y nos recetan lentes antireflex, y nos anteponen cubrepantallas, y nos ponemos nuestros anteojos rayband y salimos a pasear por estas marquesinas, adoptando las mil posturas de un Kamasutra del “pay atention!” ¿Y que hay de nuestras novelitas encerradas entre las tapas duras del cuaderno Rivadavia, entre manchones de tinta parker (a Fresán le dejamos la 303 para que se le rompa la punta contra el piso de madera)?
Ni siquiera tenemos oportunidad de descoser la hojas, reescribirlas, pulirlas como piedras. Como en esos dibujitos donde el puente colgante se cae detrás de la carrera de un personaje con la lengua afuera, que no le dan las patas para llegar al otro borde.
Ya pasaron mis 15 segundos.
Hace rato…

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