Ingreso

Articulo

La posición

Por Héctor A. Murena

Mi madre, recuerdo, me aconsejaba siempre mirar el lado bueno de las cosas. ¡Magnífica mujer! Era un temperamento de esos cuyo molde no se usa dos veces, por así decirlo. Pues no se limitaba a dar hermosos consejos, sino que también los ponía en práctica. Baja y menuda, pero entusiasta, a los ochenta y un años, si para subir a un tranvía debía abrirse paso entre la nube de criaturas que se apretujaban en encarnizada batalla, no perdía la ilusión. Creería estar viéndola… Con ojo certero y músculo dinámico, aplica magistralmente el extremo de sus puntiagudos zapatitos negros en los lugares necesarios. Aquí, allá, una vez, otra, otra. Si alguien se vuelve airado, la boca dispuesta al insulto, a ella le hasta una mirada fulminante para cerrársela e imponer el debido respeto a su ancianidad. Así llega como por magia a la plataforma. Pero eso no es todo. Trepa aún, trepa, saca la cabeza un palmo por sobre los demás y, con dulzura sublime, agita hacia mí un guante malva en gesto de despedida. Pese a que el caballero, a quien incidentalmente el guante le limpia la cara, no parece muy satisfecho, ella continúa cumpliendo su deber de saludar al hijo hasta que el tranvía parte. Yo le sonrío henchido de orgullo ante la idea de que esta mujer perfecta, que nada olvida, es mi madre… Incluso su muerte –que nos golpeó pocos meses después– fue ejemplar: hubiérase dicho que se lanzaba a la tumba llena del alegre ansia de encontrar cuanto antes el aspecto plausible del más allá, aunque las malas lenguas hayan insistido en que nosotros, sus propios vástagos; le habíamos vuelto la vida tan imposible que prefirió abandonarla sin vacilar. Pero de la maledicencia, ¿vale la pena ocuparse? Ella no lo hubiera hecho.
Desde niñitos nos instó a considerar el aspecto mejor del mundo. Así ocurrió que en aquella casa no faltaba optimismo. No faltaba… ¿Cómo expresarlo? Tal vez lo que pasase era que, a la inversa, el optimismo resultaba excesivo. Pues adviértase que, eventualmente, los siete hermanos –escalonados por edad con un año de diferencia entre uno y otro– podíamos llegar en forma unánime y simultánea a la conclusión de que lo mejor del mundo consistía, de pronto, en el único pan (éramos pobres y huérfanos de padre) que había a la sazón en el hogar.
No narraré los conflictos memorables que estas coincidencias hicieron estallar. Fortunata, la única mujer entre mis hermanos, perdió en ellos las dos piernas, bien que terminó por preferir el carrito de ruedas con que las sustituyó, porque el carrito –fuera de ser más rápido, más cómodo, en suma, más a la altura de los tiempos– se prestaba para hacer en su madera toda clase de pinturas, dibujos, inscripciones, cosa por supuesto imposible con las piernas. Y Dagoberto, que me llevaba un año, aceptó con alegría la mutilación de la oreja izquierda, porque según declaró –para cólera y envidia de los otros– ese detalle lo acreditaba corno el único pirata verdadero de la familia.
Mi madre, empero, aprovechaba esos incidentes connaturales a la vida para hacernos notar que los choques de unos con otros se debían sólo a nuestra falta de originalidad para elegir el bien, que si éramos convencionales caeríamos siempre en el lugar común y nos daríamos de cabeza, contra todos. “La cuestión no consiste –nos decía– en ver el pan donde todos ven el pan, sino en ver el pan donde todos ven la piedra…” ¿Se quiere un llamado más claro y vibrante para la imaginación creadora? Cierto es que Dagoberto, el menor (olvidaba otro rasgo del genio moral de nuestra madre: a todos los varones nos había bautizado con el mismo nombre, para no gravarnos desde la infancia con la sospecha de arbitrarias desigualdades), Dagoberto, el menor, pues, no había salido muy brillante, se rompió la dentadura cuando; por seguir demasiado literalmente las indicaciones maternas, se obstinó en masticar una piedra como si fuese pan. Pero Dagoberto el mayor no tardó en dar vivo ejemplo de la fertilidad de aquellos consejos. Apenas se sintió crecido, descubrió su imagen de lo bueno en el comercio. Podrá parecer harto vulgar tal elección. Sin embargo, esa idea se desvanecerá si se tiene en cuenta que a lo que mi hermano le había echado el ojo era al tipo de actividad que puede desarrollarse en las casas de comercio, cuando éstas se hallan cerradas, preferentemente por la noche, y en ausencia de sus dueños. Encontrar en la vida la propia tajada de bien en un objetivo condicionado por tantos requisitos, revela un alto nivel de espíritu.
De modo que Dagoberto se consagró a la acción. Lo hizo con energía tal que –es preciso confesarlo– en alguna forma enervó un poco el desarrollo de sus hermanitos. No pretendo que nuestra casa se hubiese convertido en Capua, pero se asemejaba por los menos a un almacén de ramos generales: embutidos, juguetes, ropa, insecticidas, relojes, nada faltaba. Y donde nada falta, ¿quien puede sentir el saludable aguijón de la necesidad de algo? Claro que se presentaban pequeños problemas como el de que imprevistamente no había en el hogar más que jabón y tornillos y la familia entera se preguntaba cómo hacer sopa de jabón o tornillos a la provenzal. Mas eran sólo chispazos de ingenio los que estas minucias nos exigían, pese a que a veces fuera necesario un temple especial para sobrellevar determinadas situaciones, como la de aquel invierno en que todos usamos medias de mujer, debido al exceso de provisión de éstas y a la falta de las adecuadas.
Del talento, del denuedo, de la singularidad (trabajaba solo) de Dagoberto llegaron a ocuparse los periódicos. No mencionaban su nombre, pero por la dirección de los comercios en cuestión él nos hacía seguir su meteórica carrera. Sutil, le preocupaba que su nombre no fuese conocido, para continuar gozando del refinado placer de la fama anónima. El éxito, por desdicha, lo embriagó, lo volvió temerario. Un día, al abrir el diario, vimos una gran foto de él: no estaba demasiado favorecido, pero comprendimos que el placer se le había acabado. Para toda la familia una era tocó a su fin. Cómoda, mórbida, no lamentamos demasiado, sin embargo, su ocaso, pues sentimos oscuramente que así éramos llamados a ser.
Nuestra madre subrayó esa sensación cuando nos reunió para impartirnos otra de sus enseñanzas cardinales. Los quince años de cárcel que Dagoberto había conquistado, dijo, debían llevarnos a tener presente el problema de la posición. La posición! ¿La posición? Sí: la posición. Era preciso buscar, ver, lo bueno, naturalmente, pero ¿desde qué posición? Dagoberto, estaba claro, era por esencia un hombre de acción. ¿Y qué había hecho con sus virtudes? Se había transformado en un Robín Hood. Bien. Pero si hubiese meditado un instante sobre la posición, ¿se habría lanzado, ciego, sobre la primera forma del bien que se le ofrecía? ¿No hubiese comprendido que su destino manifiesto era la política? ¿No hubiera descubierto que había en él la fibra de un conductor, del hombre ideal hasta para ser presidente? ¡Un presidente de la república! Eso era lo que se había frustrado por no considerar el problema de la posición. Ay, que no se repitiera en la familia. La posición –sintetizó– exigía tener en cuenta dónde se estaba y adónde se podía llegar en la búsqueda del bien. Concluyó diciendo que, justamente, dada la posición en que por aquellos días nos encontrábamos, era preferible que pensásemos todos en ponernos a trabajar ligerito, si no queríamos llegar a conocer el verdadero gusto del hambre. Teoría y práctica, lección completa: así era mi madre.
Ignoro cuál habrá sido el fruto inmediato que mis hermanos recogieron de esa tarde, pues tras las últimas palabras de nuestra madre–que quién sabe cómo interpretaron la reacción súbita de ellos consistió en esfumarse, para no reaparecer sino al cabo de largos años. Y mi hermana Fortunata, si bien se quedó, no podía aprovechar mucho este asunto de la posición, estando como estaba en su carrito. Pero en cuanto a mí –aunque, en los tiempos que siguieron, mi posición fue la de un perro que echaba la lengua afuera, trotando todo el día para sostener la casa– sé que entonces descubrí que si Dagoberto era el hombre de acción, yo era el poeta de la familia.
¿Poeta? Poeta y filósofo: un primitivo en el mejor sentido del término. Pues sin tardanza fui a lo hondo, a reflexionar sobre la posición del hombre en la tierra. ¿Por qué dos piernas?: ese fue el interrogante que encendió mi inspiración, acaso debido al dolor de pies (toda sublimidad tiene orígenes humildes) por el movimiento incesante al que mis extremidades se veían sometidas en la agencia cablegráfica. Tal vez una noche, mientras contemplaba con doloroso asombro esa parte tumefacta de mi humanidad, me pregunté: ¿por qué necesita el hombre de dos piernas para sostenerse sobre la tierra? Multiplicidad es igual a imperfección: ergo, dos piernas significan que el hombre se sostiene imperfectamente Piensa, pero aún es bípedo, con lo que delata su bestialidad. Para dejar de ser animal y convertirse por completo en hombre, es preciso que se transforme en monópedo. ¡Simple y –si se me permite– genial descubrimiento! Y en el curso de mis raptos vislumbré asimismo que también un brazo sobraba, que, cuando supiéramos aferrar la verdad, con una extremidad superior nos bastaría.
¡Qué momentos! Me lancé a la práctica y la prédica. En la cuadra de espera de los mensajeros, desplazándome con una sola pierna, instaba a mis compañeros a despertar al ideal. Cambiaríamos el mundo, les afirmaba, perfeccionaríamos la creación, muchachos. Bastaba con remontar la corriente del hábito, ¡ánimo! Y cuando, tras pocas generaciones, los niños comenzaran a nacer con una sola pierna y un solo brazo, atrofiado lo sobrante gracias a nuestro tesón, habríamos vencido a la naturaleza. ¡El renacimiento al fin realizado! Ni más ni menos, señores. Muchos de aquellos jóvenes mensajeros se interesaron, no lo dudo, porque me incitaban cada día a que practicara ante ellos, a que los aleccionase hablándoles del futuro, el progreso, el amor, el dolor, etc., aunque demasiado a menudo cáscaras de frutas sembradas misteriosamente en el suelo –que no atribuyo a intención maligna en ellos– me hacían poner término en forma accidentada a las demostraciones. El eros pedagógico hacía disminuir mis ingresos, puesto que, fatigado, no podía competir en velocidad o energía con mis camaradas, que se abalanzaban salvajemente ante el primer telegrama. Pero mi madre, con oportunas bofetadas, velaba para que no se descuidase la importancia que el dinero tiene entre los hombres.
Así, entre porrazos durante el día y bofetadas por la noche, sostenía mis principios, pues ¿qué reformador se ha detenido ante los sinsabores? Yo continuaba propagando la buena nueva del mundo del que seríamos los precursores, nosotros, humildes mensajeros. Y cuando les mencioné las estatuas con que fatalmente se nos inmortalizaría –rogando en lo íntimo que la posteridad se esmerase en forma especial en la idealización de los rasgos de mis catecúmenos –algunos dieron en parodiar mi futura estatua monópeda con cierta sorna: yo. lo toleraba porque sabía que con burlas comienza siempre lo serio. Y aprovechaba la coyuntura para espetarles algún discursito, por ejemplo, sobre el mundo por el que luchábamos, que era el de la paz perpetua, dado que las disensiones y las guerras nacían de esa partición del hombre en dos que empezaba con sus miembros, que ya no habría izquierda ni derecha, ni siquiera centro, etc. Pero también las orejas y los ojos debían plegarse a la revolución unificadora.: el cíclope. ¿Qué decía yo del cíclope? El cíclope… Me lo sabía tan bien… Ah, ya está:
El cíclope era un ideal calumniado por la envidia y la impotencia. ¿Qué les parecía un hombre con un solo ojo, grande, franco y bello en medio del rostro, en comparación con el par de insignificantes ventanitas actuales, y con una sola oreja, redonda, atrás, digamos, en la nuca, en lugar de los feos colgajos presentes? ¿Qué les parecía? ¿Eh? A juzgar por los aullidos y las risotadas con qué respondieron a mi pregunta, no se habían hecho aún una idea muy cabal del hombre futuro.
Pero a la confusión ya estaba yo habituado: muchas veces, al llegar saltando hasta el cliente para entregarle su telegrama, me habían aplaudido como si fuese un lunático o me miraban, parado sobre una sola pierna, como a enfermo, y hasta me echaban con expresiones soeces, incapaces de entender. En cambio, tuve la seguridad de que mis muchachos habían percibido el aspecto estético de la cosa, la diferencia entre la pesada, grosera marcha bípeda, plop, plap, plop, plap, y el grácil, aéreo desplazamiento monópedo, plup, plup, plup, puesto que casi todos, cuando el capataz los llamaba para entregarles un recado, adoptaban el sistema.
Esta seducción por la belleza concluyó, sin embargo, por resultarme en extremo perniciosa, porque hizo que al capataz se le acentuara la ojeriza con que me distinguía. Me miraba con expresión cargada, como si fuese a ladrar, igual que a un subversor. ¿Y en qué otra forma podía mirarme? Pues yo era un subversor, un revolucionario. Lo que en apariencia más le irritaba era la pacífica ‘militancia que cada día contagiaba a otro de sus dependientes: la lánguida y armoniosa ola que invadía ese patio que antes era un pandemónium le hacia ponerse verde, se volvía y en silencio daba puñetazos contra la pared. Pero, ¿ habrá vislumbrado lo más profundo, que advenía un orden nuevo, un orden en el que ni las máquinas ni los gobiernos ni las casas ni nada se construiría como hasta el presente; un orden que acabaría con los amos actuales? Bajo su continente tosco, ¿era el capataz un astuto espía del capitalismo internacional? Porque una mañana como cualquier otra me puso de patitas en la calle con el fútil pretexto de que yo era demasiado lerdo… ¡Lerdo! Sin inmutarme bebí la copa de cicuta que siempre acecha al filósofo (esto es, con la única mano que’ mis principios me permitían utilizar tomé la notificación de despido). Y me consagré al discípulo que me quedaba: era mi predilecto y no me dolió dedicarle todo el tiempo.
Desde el principio participaba de mis ideales, porque el hombre habitaba en el mismo barrio que yo, en realidad a pocos metros de mi casa. Alto, fornido, de unos treinta años, de palabra difícil y gutural, sé que parecía temible a la gente. Pero yo había conseguido llegar a su alma de cordero. Atendía mi prédica con tal concentración que la saliva comenzaba a manarle por las comisuras de los labios, a causa de un pequeño defecto de control, cosa que yo remediaba yendo provisto de varios pañuelos. Cuando lograba entender algo, se le encendía el rostro de placer y a veces hasta emitía breves gruñidos. Animado de fe excepcional, incurría en ciertos gestos de fanatismo, como el de tratar de prescindir, no ya de una sola pierna, sino de las dos, y aunque –según se suele decir– en el mismo pecado llevara la penitencia (recuerdo su mirada de dolorido estupor cada vez que, al levantar la segunda pierna, se desplomaba al suelo), me costó más de un mes persuadirle de que postergara su sueño para el futuro. Fue él el primero–debo dejarlo consignado– que practicó el monoauricularismo:en la esquina de nuestra cuadra, inmóvil, parado sobre una pierna, con una oreja tapada, me hacía sentir que estaban próximos los tiempos en que juntos nos lanzaríamos al mundo con nuestro evangelio.
¿Quién iba a soñar que pronto este mismo hombre habría de procurarme sensaciones muy distintas? Pues un día lo vi avanzar hacia mí en la más vulgar marcha bípeda y presa de gran agitación. Le pregunté qué le ocurría. Bufó en forma que para él debía ser explicita. Para mí no lo era y reiteré la pregunta. Estaba rojo, cubierto de sudor y comenzó a golpear el suelo con la planta del pie, a modo de nueva forma de expresión. Supe después que lo que perdió a este hombre fue su afán de cultura. Cursaba por cuarta vez el tercer grado elemental, y al enterarse de que lo habían vuelto a aplazar, se abandonó a la impaciencia. Y atribuyó su fracaso a la práctica de la posición, esto es, a mí. Pero no lo supe entonces. Lo único que a la sazón supe fue que un enorme puño avanzaba hacia mi ojo derecho y tomaba contacto con él. Se trataba ‘de una agresión, pues, no cabía duda. En ese momento capital en que todo se hallaba en juego, ¿podía yo renunciar a mis principios y echarme a pelear como” un villano? Erguido éticamente sobre una pierna, me limité –ya que me estaba vedado utilizar un brazo a taparme un ojo con la mano correspondiente. El puño de la bestia parecía enamorado de mi otro ojo, porque no bien se separaba ya volvía a estar sobre él. Corruptio optimi, pessima! Llevé la cuenta de los golpes que me dio mientras estaba en pie, pero no la de los que recibí en el suelo, porque perdí el conocimiento
Al despertar, varios días después, me emocionó enterarme de que, pese a todo, me habían hallado con una pierna y un brazo encogidos, respetuoso de la posición. Y aunque perdí el ojo derecho (me explicaron que. estaba tan machucado que debieron extraérmelo), me consolé pensando que, si bien no me había transformado en cíclope, el destino ‘me había vuelto tuerto, o sea algo similar. Lo más grave –me dije– le había ocurrido al género humano, que había perdido una oportunidad sin par. Pues desde tan ingrato episodio di por concluida mi prédica sobre los tesoros del monismo.
Los años espiritualizaron mi filosofía. No describiré las múltiples formas y vicisitudes a través de las cuales floreció. Diré sólo que el amor le hizo alcanzar una de sus manifestaciones más depuradas. En efecto, aunque cada mujer en particular suele terminar por hundirnos –si se me perdona la expresión–, ¡ cuán cierta es la sentencia del pensador que afirmó que el eterno femenino siempre nos eleva! Claro está que algo debe poner uno de su parte para remontar vuelo: no hay que confundir el amor con un globo. Y hago notar lateralmente que a mí me costó buen trabajo elevarme sobre la realidad. Pues cuando me dirigía a la dama ‘de mis sueños ésta acostumbraba a decirme, por toda respuesta: “¡Vamos, tuertito…!” Y, con una sonrisa, me dejaba plantado en medio de la calle. Se reconocerá que esa alusión harto familiar a mi ostensible desgracia no resultaba demasiado alentadora. Pero era preciso tener en cuenta, además, la sonrisa, el diminutivo –que introducía un innegable matiz de cariño y el especial movimiento rotatorio que imprimía a su robusto cuerpo al lanzarme la frase… Ah, hubiera tenido que estar ciego yo para no ver que no me hallaba solo en mis sentimientos, aunque las conveniencias sociales la obligasen a ella a rechazarme en apariencia.
Así logré un día acompañarla varias cuadras y otra vez nos sentamos en el banco de una plaza. Me hipnotizaba el romántico tornasol que era su cabellera, cuyo color abarcaba toda la gama entre el amarillo y el violeta. Y cuando, como atraído por ese faro, intenté tomarle la mano, ella me dio la medida del apasionamiento de su carácter aplicándome un empujón que me precipitó a tierra. Formas del amor, que puede permitírselo todo… Casi feliz, insistí desde el suelo en mi argumentación capital: que me llamase por teléfono. Pues no era justo –aunque la pasión sea un ritual de caza y aunque la presa bien lo valiera–, no era justo que yo transcurriese los días enteros en la puerta esperando que ella pasase. Y por añadidura, constituía para mí el misterio personificado, porque no sabía de ella ni quién era ni de dónde venía’ ni adónde iba. No era justo. A la sazón el misterio pelaba enigmáticamente un caramelo que acababa de extraer de su pequeña cartera de charol y, después de restregárselo contra la manga, se lo puso entre los dientes delanteros y, mirándome a los ojos con lánguida fijeza, lo partió en pedacitos. Fascinante contestación: ¿quién puede negarlo? Para cortarle a uno el aliento, en verdad. Y en los días que siguieron yo no hice sino descubrirle miles de significados. Pero no me llamó, cualquiera fuese el significado.
Cuando volví a verla, me decidí a mostrarle mi personalidad por entero, mi filosofía, las dichas y desdichas que ésta me había proporcionado. Terminé satisfecho con mi exposición, no sólo porque me había salido redonda, sino porque incluso mi auditorio se había acrecentado con’ una persona más, un guardián de la plaza con quien mi elegida –en otro de sus raptos de coquetería– charlaba en voz baja, aunque intercambiando ciertos golpecitos de convivencia que no ocultaré que me irritaron un poco.
Empero, pronto hube de comprender que mi revelación constituyó un paso en falso. Con su penetrante intuición, ella sin duda descubrió al punto lo difícil, lo imposible que resulta la convivencia con los hombres excepcionales. Pues no la volví a ver más. Al principio esperé, luego me desesperé. De la puerta pasé a mi departamento, a vivir pendiente del teléfono. Me llamaban, pero me llamaban del trabajo en tono bronco, para preguntarme cuándo pensaba recomenzar o me llamaban por error. Hasta que un día –después de haberme lanzado temblando a atender una llamada errónea– no pude más y lloré, señores, lloré. Apoyé la cabeza contra el antebrazo y me entregué al llanto. Y si será trágico el llanto de un tuerto, con todas las lágrimas agolpándose en un solo ojo, mientras el otro coopera con una indefinida humedad, que hasta a mí me dio pena sentirme llorar.
Sin embargo, de las llamas de ese dolor extremo resurgí renovado y purificado como un fénix. ¿Qué me había ocurrido? Me había visto defraudado hasta lo intolerable por el teléfono. ¿Y por qué me había visto defraudado? Porque atendía. ¿Y era ésa la única actitud posible respecto al teléfono? Bueno… Adelante, adelante: ¡nada de vacilaciones! ¿Era ese ramplón extender la mano, levantar el auricular y darse contra el fracaso, todo ‘lo que cabía respecto al artefacto? ¡La posición! Sí, mi querido, la posición, me dije sin demasiadas contemplaciones. No seas esclavo de las máquinas, no las sirvas: utilízalas. Por lo demás, te han dado otras cosas fuera de manos, te han dado, por ejemplo, un cerebro y una imaginación, ¿verdad?, pues no te dejes mutilar: úsalas. Sucintamente: acababa de descubrir la nueva posición respecto al teléfono. ¿ Debo subrayar el hecho de que, de la reforma material, la filosofía de la posición se sublimaba, ascendía, así, a las alturas de la reforma moral del hombre? ¡Días aquellos! ¡Me enseñoreé de la realidad! ¡Zaratustra!: yo era el superhombre que golpeaba a las puertas de un mundo esclavizado. No fue más el teléfono el que dispuso de mí, sino yo quien disponía del aparatejo. Me bastaba con no atender al llamado material. ¡Copérnico! Atendía al llamado ideal del que la campanilla no era más que un equívoco y grosero símbolo. Atendía –Colón del alma– con un enésimo sentido que me permitía saber sin engaño quién llamaba. Y ella llamó. Mi amado, ¿cómo estás? Naturalmente. Tus ocupaciones… Que nos veremos más adelante… Entiendo. ¿Cómo? ¿Un canario? ¡Ah! Perdón, qué memoria: el canario que me regalaste canta todas las mañanas a las once treinta y cinco, igualito a un reloj. En cuanto a nuestro dulce tálamo, en efecto, el día se acerca… Y así. Llegamos a hablar hasta tres veces diarias. La reconocía por el breve y diríase más trémulo sonido de la campanilla. Pero también distinguía las llamadas del trabajo, largas y formales, no carentes de respeto ahora. ¿Reconocían en mi ausencia todo el valor de mi tarea? Sí, lo reconocían. Pude entonces enviarle una digna misiva en la que les agradecía el aumento de sueldo, y lo hice. Ciertos individuos a quienes también les escribí en relación con previas conversaciones –en las que habíamos tratado problemas en común– me miraban en forma extraña, con prevención, pensaríase, y evitaban toda referencia a cartas o diálogos: eran éstos los eternos retrógrados, amedrentados ante cualquier progreso. También estaban los aprovechados de siempre, aquellos que a mi oferta de una mano respondían queriendo tomarse el brazo entero. Otros, los triviales, daban en reírse locamente cuando yo, al cruzarme con ellos en la calle, reanudaba una conversación anterior. Y no faltaron quienes respondieron con retahilas de insultos a una simple esquela mía. En fin, todas las variantes de las reacciones del hombre…
Yo media, sin embargo, la amplitud de mi descubrimiento. Aplicado al comercio, por ejemplo, a la industria, significaba una maravillosa panacea. ¿Qué ha comprado o producido usted, diez mil? Perfecto. Se atienden las llamadas de los mejores clientes hasta completar el total, se les envía la mercadería y se les cobra. Asunto concluido. ¡Nada de las angustiosas esperas del pasado, las confusiones, madres del caos y la quiebra! Y en cuanto a la vida, era la solución definitiva, la verdadera democracia, la diferencia en la igualdad: cada cual podía tener aquello que merecía, lo que fuese capaz de imaginar. El eufórico, las noticias más optimistas; el refinado, las más caprichosas complejidades que soñase; el autócrata, quien quisiese a sus pies, etc. Hasta él masoquista, digamos, se hallaría en condiciones de lograr su satisfacción no consiguiendo que lo llamasen aquellos que deseaba. Y si bien en el orden de la política internacional la aplicación del descubrimiento hubiese resultado por ahora un poquitito más dificultosa, yo comprendía que hubiera podido anunciar fácilmente el ocaso de muchos sistemas actuales de comunicaciones. Pero me guardé de hacerlo. Por el contrario, busqué el secreto. Conocía ya cuál puede ser la venganza de los hombres respecto a quienes intentan beneficiarlos y me cuidé de atraerla sobre mí. Me había construido mi mundo, lleno de amor, batallas del espíritu, luz y penumbra, y en él me encerré para vivirlo.
Claro que al cabo de un par de meses ciertas necesidades aún no consideradas a fondo, como la de dinero, me obligaron a internarme más en el bosque de la realidad y entonces descubrí, entre otras cosas –según me lo comunicó un joven ordenanza que no dejaba de hurgarse los dientes con la uña–, que hacía tiempo que mis patrones habían decidido prescindir de mí. Con serenidad propia del artista reflexioné un instante acerca de la crasa monotonía de la realidad, que no hacía más que repetirse, que a cada relámpago creador mío respondía paupérrimamente con la misma… ¿qué?… represalia…, sanción económica…: presa de alguna repugnancia y náusea, me envolví con altivez en mi capa (moral) y me refugié en mis aposentos.
Pero si es posible llenarse durante días el estómago con agua y reaccionar como si se hubiesen ingerido varias tazas del más exquisito té chino, si es posible freír, moler, asar o amasar el pan comprado mucho tiempo atrás y tragarlo como faisán, pulpa de cangrejo o (roastbeaf) y darse luego palmaditas de satisfacción en el lugar donde presumiblemente se halla el abdomen y hasta en las propias mejillas, llega un día en que no sólo el abdomen parece haber desaparecido (y la palma de la mano se hunde aterrorizada en un ominoso hueco), sino que tampoco se encuentra siquiera una corteza de pan para practicar la primera parte de esa ceremonia, de la que uno ha oído afirmar que es fundamental para la vida. Yo llegué a ese día. Me encontraba ante otro reto del Destino. Muy bien, me dije, ya verán mi contestación. Me levanté, puse en marcha mi victoria y coloqué la Quinta Sinfonía de Beethoven… ¡Sublime y viril música, que tan ligada estaba a ese instante!, de sus acordes planeaba yo extraer la inspiración necesaria. Creía estar oyendo una voz que decía: “olvida el Tormento”, “Todo fue un sueño” “Dios es grande en nosotros, “No dejes de serme fiel”… Sin embargo, ya fuese porque había llegado a un grado extremo de debilidad, ya porque la emoción que la música me produjo resultó demasiado intensa, el caso es que apenas hubo el disco comenzado a sonar me desplomé redondo en la cama.
Y cuando volví en mí, no me maravilló comprender que instintivamente había respondido con felicidad al desafío. Esa posición de horizontalidad en la cama, esa posición última, era, en efecto, como inventada especialmente para mí, no sólo por lo económica que resultaba sino por las puertas que abría. Pues ¿qué acontece cuando uno se halla en cama? En principio, acuden los amigos a visitarnos, traen masitas, alegría, iniciativa, soluciones. Y este bálsamo de la amistad permite al yacente considerar él. mundo con ojo nuevo y sereno. Por supuesto, cuando, al cabo de un período más que prudencial, comprobé que no venía nadie, no me mostré ni lerdo ni perezoso en sacar la conclusión rigurosa de que evidentemente carecía de amigos, cosa que a cualquiera le puede suceder.
Pero soy inexacto al declarar que no vino nadie. Porque algunos individuos se presentaron, aunque no en tren de amistad; eran acreedores. Uno de ellos –¿el primero?: por lo menos, el primero cuya presencia advertí–, de anteojos con gruesísimos cristales, después de revolver todos mis cajones y pertenencias en busca del ausente metal, se puso a observarme con sus minúsculas y remotas pupilas como si yo fuese un insecto raro. Confieso que me dio un poco de miedo. Y no estaba errado. Pues de improviso el hombre se lanzó sobre mí, me tomó por la nuca y una pierna, me depositó sin mayores miramientos en el suelo, y, extrayendo del chaleco una navaja de considerables dimensiones… comenzó a destripar el colchón inexorablemente. Se marchó luego dejándome en tierra semioculto entre mantas, sábanas y lana. Yo no me moví, en parte porque carecía de energías para hacerlo, en parte porque no dejé de estimar en seguida las virtudes de ocultación del nuevo puesto. Oí a otros, que sin duda no me descubrieron, aunque uno me causó pena, porque se lamentaba, en tono de creciente decepción: “Nada… nada… ¡ nada!”. Pero no faltó un anciano minucioso que dio en hurgar mis coberturas con la punta dé un paraguas y, cuando advirtió mi presencia, exclamó suavemente, con una sonrisita de picardía: “Ajá”, y se dedicó a estimularme con el mismo paraguas en partes diversas del cuerpo, como si supiese que yo podía manifestarme igual que esos muñecos de juguete que, oprimidos en cierto punto, gritan “mamá” y “papá” o hacen el ruido de una bocina…
Y el más importante de los personajes que vino fue la enfermedad. Se trataba, según se entenderá, de un riesgo previsto, porque al instalarme en la horizontalidad yo había calculado al punto que existía el riesgo de que la enfermedad se sintiera convocada por lo que constituye su posición por excelencia. Así sucedió: yo me comporté como buen perdedor. En el sueño o semivigilia en que a la sazón me había habituado a deslizarme, ajeno a toda noción de tiempo, me encontré de súbito dirigiendo diestra y ardorosamente un cabriolé que ascendía. por un accidentado sendero de montaña, mientras junto a mi en el mismo asiento dos hermosísimas adolescentes vestidas de rosa me sacudían cada una un hombro, sin duda para darme ánimo en el torneo del que participábamos. Pero he ahí que una de ellas se confundió y se puso a animarme dándome breves aunque dolorosos golpes en la cuenca del ojo perdido. A continuación descubrí que la cabalgata no la cumplía yo sino la enfermedad dentro de mí, pues las sacudidas se debían a un incontenible temblor que mi cuerpo entero ejecutaba discrecionalmente en el suelo del cuarto. Y cuando me llevé la mano al ojo atacado en el sueño por la muchacha, comprobé que el párpado se hallaba túrgido, latiente, como si bajo él estuviese empollando el huevo de una singular ave.
¿Cuánto tiempo pasé así? ¿Cómo se enteraron de que estaba enfermo? ¿Quién llamó a un médico? Lo ignoro: yo ya tenía suficiente con la tarea de temblar, como para ocuparme de otras cosas. La cuestión es que un médico vino. Rápidamente me hundió un pulgar en la cuenca hinchada, se miró el pulgar y dictaminó que el asunto carecía de importancia. Pasando a mi estado general, ejem, ocurrió que este medico me tomó en uno de los períodos en que mi fisiología se inclinaba, con vehemencia, hacia el frío y lograba que mi piel no sólo se tornase insensible, sino que cobrara una tonalidad de pronto violeta, de pronto francamente azul: por ello acepté de buen talante su recomendación de que me colocaran en la cama, cubierto por completo, y que me aplicasen compresas calientes. Lo que no entendí –lo confieso– fue la razón por la cual prescribió que me mantuvieran las piernas lo más alto posible. Pero tengo por la ciencia todo el respeto que se merece, de modo que no planteé cuestiones. El respeto –dicho sea de paso– buena falta me hizo en las horas que siguieron, pues el filo del cajoncito de madera sobre el que –a falta de otro sostén– habían sido instalados mis pies, comenzó a hundírseme en los tendones como una hoja de acero.
Por lo demás, quien asumió magnánimamente mi cuidado fue la propietaria de la casa, vieja señora viuda que habitaba en uno de los pisos superiores. Esta mujer que codició siempre mi departamento, que me amenazó y me increpó en público, que periódicamente encendía Pequeñas fogatas ante mi puerta para ver qué podía con el humo (¡y tal vez también con el fuego!), que, en suma, me hostilizó de todos modos para que le dejara libre el habitáculo, había hallado sin duda en mi enfermedad ocasión para sentirse tocada por ese profundo arrepentimiento que transfigura a las almas. ¿Cómo podía yo incurrir en la mezquindad de hacer observaciones por el cajoncito? ¿Cómo podía perturbar esa redención, dando los saltos y los entrañables alaridos que hubiese debido dar a cada una de las hirvientes compresas, que con celo me aplicaba sobre la piel? El equívoco, asimismo, venía a agravar la situación, puesto que el breve estertor y el ronco gorgoteo –que me resultaban incontenibles– eran tomados por esta buena señora como señales de que, gracias a su tratamiento intensivo, yo me recuperaba.
Por supuesto, la naturaleza es un mecanismo maravilloso que para todo inconveniente tiene su solución, de modo que al cabo de un lapso mi cuerpo comenzó a arder –ya fuese por las quemaduras que me causaban las compresas–, a irradiar un calor tal que mi protectora debe haber entendido lo inconveniente y hasta lo perjudicial de continuar aplicándome las compresas. Colegí esto por la circunstancia de que oí la voz de un nuevo médico y pronto pude verlo sobre mí –ejem, nariz respingada, boca desdeñosa, bigotito, ejem–, junto a mi menuda y ansiosa benefactora. Tras un concienzudo análisis en el que me hizo dar vueltas como un matambre, el hombre de ciencia, ejem, ordenó… que se me ventilara y se me aplicasen compresas frías. Yo no sabría con qué palabras elogiar su sagacidad en este sentido, aunque en otro me dejó perplejo su determinación –enunciada en tono voluble, mientras se secaba las manos con gesto de repugnancia– de que… me mantuvieran la cabeza lo más en alto posible. ¿La cabeza? Pero…, ¿y las piernas? ¿Qué hacíamos con las piernas? Tal fue el interrogante que se formuló con nitidez en mi cerebro, y estoy seguro de que lo mismo le ocurrió a mi alma mater. Pero la ciencia se había retirado ya. De suerte que, previéndolo todo, mi samaritana no me quitó el soporte de las piernas pero corrió en busca de otro cajoncito que me colocó bajo la nuca. La forma en que quedaba mi cuerpo era extravagante en verdad, pero tan dolorosa –ahora que también la cabeza parecía a punto de ser seccionada– que me llevaba a imaginar una curación inmediata.
Sin embargo, cosa muy distinta estaba escrita en los astros. Porque si bien contábamos con recursos totales, como compresas frías para el calor y calientes (que la anciana no escatimó) para el frío, algo en mí estaba quebrantado, pues no me recuperaba. Este paso del castañeteo de dientes (que a veces la mujer, llena de buena voluntad, tomaba por una sonrisa tal vez forzada) a la quemadura y de la quemadura al castañeteo, me venció. Grandes nubes poblaron mi cabeza… mis miembros eran algas… ensueños… mi tronco era un agujero por el que transcurría el viento… pesadillas. Durante unos minutos volví a la realidad para descubrir a un tercer médico. De algún modo logré hacerle entender mi humilde protesta por el hecho de que no se me curara. Pero el hombre –de excesivo orgullo profesional– señaló el andamiaje en que yo me hallaba crucificado y manifestó que, para ser un tratamiento gratuito (eran médicos públicos), resultaba obvio que se había hecho bastante por mí. Yo debo haber meditado un instante y para que no nos despidiéramos de modo tan frío, para que se estableciese entre nosotros algún lazo, por delicadeza, en suma, musité un quejido: “El ojo… el ojo… “. “¿El ojo?”, interrogó él, con energía alegre, que no me cayó bien. “¡Conque el ojo!”, añadió. Y tras de hurgar en su maletín extrajo una jeringa, la observó a trasluz, se inclinó sobre mí y me clavó la aguja… en el ojo sano. Con aprensión yo le comuniqué en seguida lo que me ocurría. “¡No veo!”. “Buena señal”, dijo él. Sin embargo, cuando le aclaré que me había aplicado la inyección en el ojo libre de mal, estalló en cólera. “Entonces –vociferó– ¿en qué quedamos? No sabe lo que quiere, ¿eh? ¿O se burla? No tiene nada en el ojo y me hace perder tiempo, ¿eh?”. Lo oí marcharse no sin antes añadir: “Así andan las cosas hoy. Allá usted…”
Allá yo: magnífico. Pero ¿adónde? Aunque no me sentía demasiado dispuesto a la marcha, lo hubiese intentado, de conocer la dirección en que había que emprenderla. La mujer no dejaba de velarme, aun en medio de tanta incertidumbre. Y en determinado momento comencé a oír un silbido, que bien podía tomarse por una llamada, o sea por un medio de orientación que me brindaban fuerzas exteriores. Presté atención. No obstante, cada vez que me esforzaba por determinar su origen, el silbido se desvanecía y cuando me desentendía de él volvía a vibrar. ¿Tratábase de una broma cruel? En modo alguno, pues pronto vine a precisar que el silbido lo producía yo mismo, con la boca, la nariz u órgano similar, tan sonoros nos ponemos eventualmente. Enterado de que la supuesta orientación provenía de mí, no eché la noticia en saco roto y me puse a meditar. Meditaba: ¿qué significa la ceguera? ¿Debía rectificar la posición? Meditaba… ¿en qué? A veces lo armonioso de mis silbidos me distraía. Meditaba: ¿cómo ver mejor el lado bueno de las cosas desde esta posición? Meditaba: …silbidos… Meditaba: ¿quién era el ejemplo apropiado? Homero, ¿no? ¿Cantar? ¿El canto del poeta era lo que se imponía? Meditaba: …
Oí una voz masculina que decía: “Tendría que estar muerto. No me explico…” A ella, otra voz, la de mi protectora, le replicaba, con impaciencia: “¿Y…?” “Algo resiste”, decía la voz masculina, que correspondía sin duda a un nuevo representante del arte de curar. “Pruébelo un poquito”, decía la mujer, dulcemente imperiosa. “A ver… A ver… Pruébelo”. Y a los pocos instantes sentí como si me sacudiera un vendaval, como si una corriente eléctrica me atravesara el cuerpo: mi capacidad sonora aumentó, pues a los silbidos vinieron a sumarse de pronto curiosos ronquidos. Sin embargo, esto parecía decepcionarlos, porque el hombre dijo: “No hay caso…”. Pero mi protectora no perdía el ánimo e insistió: “Otra pruebita… Con esto”. Hubo un silencio Y después otro más largo, tan largo que no aprecié su duración. Entre ambos silencios, sentí en el cráneo una conmoción igual que si una montaña se me hubiese desplomado encima.
La sensación siguiente fue la de oír trompetas, al fin. Nada de silbidos, nada de ronquidos: trompetas de victoria, un verdadero concierto. Y entendía lo que había llegado. ¿Lloraba? No lo sé. Pero si por mis mejillas corrían lágrimas, eran lágrimas de alegría. Pues comprendía enteramente. Al alcance de mi mano se hallaba, con una certidumbre que por primera vez experimentaba, el triunfo de la posición. Imbatible, impostergable. Sólo me quedaba a mí el esfuerzo por desaparecer, que a decir verdad no me resultaría demasiado grande. Y lo ejecutaría, al son de esas trompetas, lleno de regocijo, transido de agradecimiento por esa recompensa justa para toda una vida de paciencia y virtud. Lo cumpliría, porque de tal suerte iba a lograrse el majestuoso, el soñado triunfo de la posición pura.

Comentarios (no hay comentarios)

no hay comentarios para este post.

Dejar un comentario