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Articulo

Mary Beth testifica

Por Andrew Vachss

Traducción de Paula Pampín

Llamé a la oficina DA. Me dijeron que Wolfe estaba en un juicio, en la ciudad de Long Island, Apartado L-3. La oficina del jefe no lleva casos. Reuní todo. Me eché encima mi traje de abogado y salí hacia Queens.
Cuando entré a la corte, Mary Beth todavía estaba en el estrado. Ése es el modo en que Wolfe los entrena: sin preliminares, sin baile –salir tirando bombas, probar y caer sobre el otro tipo tan pronto como suena la campana–. Lola estaba guiando a la pequeña niña en su testimonio, su lenguaje corporal sugería que la manejaba dócilmente, induciendo a la niña a salir de su miedo. Llevando al monstruo a la luz. El cuerpo delgado de Lola era una amigable y envolvente varita mágica en frente de la pequeña niña, paseándose hacia atrás y hacia delante en sus tacos altos, bloqueando la visual del defensor del compartimiento de la testigo.
Sheba se sentó al lado de Mary Beth, la mano de la pequeña niña sobre la cabeza del viejo ovejero alemán. Los ojos del perro seguían a Lola.
—Sólo una pregunta más, Mary Beth. Nos dijiste qué hizo, qué te hizo a ti. Pasó un largo tiempo, ¿cómo es que nunca le dijiste nada a nadie?
—Él dijo… me dijo que haría que algo malo le pasara a mami. Me dijo que haría que se enfermara y muriera. Me mostró… un papel donde había una mamá de una niña pequeña que se enfermaba y moría. Dijo que le haría eso a ella. Porque la pequeña lo dijo.
—No más preguntas —dijo Lola, sentándose mientras Mary Beth se quitaba las lágrimas de sus mejillas.
El abogado defensor se paró. Un hombre gordo y con papada, su pelo estaba pegado a su cuero cabelludo con sudor, cuidadosamente peinado hacia arriba cruzando su cabeza de modo que sólo hacía evidente su calvicie.
—Su Señoría, renuevo otra vez mi objeción a la presencia de ese animal mientras la testigo declara. La decisión del Rulon claramente sostiene que…
La jueza era una mujer majestuosa, cabello rubio rojizo, corto de peluquería, hombros cuadrados, porte casi militar. La había visto antes –había comenzado en juzgados de familia, donde llegan más cerca de la verdad–. Difícil decir su edad, pero sus ojos eran viejos.
—Abogado —dijo—, la corte está familiarizada con el caso Rulon, que involucraba a un testigo que declaraba en la falda de una trabajadora social. Seguramente lo que Ud. quiere decir no es que el perro le está señalando algo a la testigo.
—No, Su Señoría. Pero…
—La corte ya se ha expedido al respecto, señor. Puede continuar con su objeción y su salvedad a mi decisión. Haga sus preguntas.
Sheba miró al abogado gordo como si fuera un carnero en un traje de tres piezas.
Las preguntas no fueron relevantes. Lo usual: ¿Vio alguna vez películas de terror? ¿Vio alguna vez una película pornográfica en la video de la casa de su madre? ¿Tiene pesadillas? ¿Alguien le dijo qué decir?
Mary Beth contestó las preguntas. Por momentos la jueza tuvo que pedirle que elevara un poquito el tono de su voz, pero estaba llegando a destino. Palmeando a Sheba mostraba comodidad y fortaleza.
El abogado defensor preguntó:
—¿Sabes que mentir es pecado, Mary Beth? —apartándose dramáticamente para que el jurado comprendiera que era sobre su cliente que se estaba mintiendo.
—Sé que es pecado —dijo la niña serenamente—. No estoy mintiendo.
—¡No puede verme! —dijo de repente el defendido, murmurando al oído de su abogado pero lo suficientemente fuerte como para que todos pudieran oírlo—. ¡No puede ver sin sus anteojos!
Wolfe estaba parado y recargando como si estuviera a punto de sonar la campana para el último round y necesitara un knock out para terminarlo.
—¿Eso fue una objeción? —gruñó.
—¡Sí, eso era una objeción! —gritó el abogado defensor, mezclando las cosas para limpiar la suciedad que el abusador había cometido—. A mi cliente se le está negando el derecho a la confrontación que avala la Sexta Enmienda.
—Él no quiere confrontación, quiere terrorismo. La ley dice que él puede ver y oír a la testigo, pero nada dice acerca de que ella tenga que confrontarlo.
—Es suficiente —dijo bruscamente la jueza—. Saquen al jurado.
Los oficiales de la corte alejaron rápidamente a los jurados y todos se sentaron en silencio. Una persona de Wolfe llevó a Mary Beth y Sheba por una puerta lateral. La jueza se dirigió a los abogados.
—Esto es suficiente, abogados. Ambos saben algo más que hacer argumentaciones como éstas en frente del jurado. No quiero escuchar un montón de retórica ahora. Sr. Simmons, ¿tiene Ud. alguna autoridad para proponer que la Sexta Enmienda exija a un testigo usar lentes correctivos?
—No específicamente, Su Señoría. ¿Pero si ni siquiera puede ver al testigo, cómo puede identificarlo?
—Ya hizo eso, abogado. En el procesamiento, ¿lo recuerda?
—Sí, lo recuerdo. Pero usaba sus anteojos entonces.
—¿Cuál es el punto?
—Mi cliente tiene derechos.
—Ninguno que haya sido restringido por esta corte. Ahora… no será necesario. Srta. Wolfe… Ya he tomado una decisión. Traigan al jurado de vuelta.
—Su Señoría, a la luz de su decisión, no tengo más alternativa que pedir la anulación del juicio.
—¿Sobre qué bases, abogado?
—Prejuicio, Su Señoría. El jurado escuchó lo que dijo mi cliente. Una declaración como ésa envenenará sus mentes.
—¿Está usted reclamando la prosecución a causa del exabrupto de su cliente, Sr. Simmons?
—Bueno, sí… Quiero decir, si ellos no…
—¡Denegado! Sigamos.
Wolfe se retiró del escritorio para volver a su asiento. Me miró.
El abogado defensor se paró nuevamente.
—Su Señoría, ¿podría tener unos minutos con mi cliente antes de que el jurado regrese?
—No, abogado, no podría.
—Su Señoría, pido este tiempo porque creo que esto podría promover una conciliación en este punto.
—No hay conciliación —le dijo Lola bruscamente.– Es demasiado tarde para eso.
—No necesito su permiso para alegar el proceso –, disparó el abogado defensor.
—Entonces, hágalo. Es una felonía y estamos pidiendo la pena máxima.
—Su Señoría, ¿nos podríamos aproximar?
La jueza asintió. Wolfe y Lola fueron de un lado, el abogado defensor del otro. No se podía escuchar qué estaban diciendo. Finalmente, el abogado defensor regresó a su mesa, empezó a hablar con su cliente urgentemente moviendo sus brazos.
Lo sentí venir.
El abogado defensor se paró por última vez.
—Su Señoría, mi cliente me ha autorizado a retirar su alegato de inocencia y a excusarse en el proceso. Mi cliente es un hombre muy enfermo. Además, desea ahorrarle a la joven dama el trauma del careo. Creo…
—Abogado, ahórrese la presentación para la próxima fase de este proceso. Si su cliente quiere cambiar su alegato, tomaré su declaración.
Mantuvieron al jurado fuera de la sala de la corte mientras el defendido admitía todo. Lola y Wolfe estaban sentados y en silencio.
La jueza exoneró al jurado, agradeciéndoles por su atención. Miré sus rostros –el abogado defensor los había leído correctamente– si ellos hubieran tenido su chance, su cliente se hubiera hundido.
El abogado defensor pidió una fianza para continuar. Lola señaló que ahora el defendido era un criminal convicto, enfrentando prisión forzosa con motivos suficientes como para evadir la jurisdicción.
La jueza escuchaba, preguntó a la defensa si había alguna impugnación. Escuchó nuevamente. Luego revocó la fianza, golpeó su martillo para enfatizar y se alejó del escritorio.
El gordo abogado defensor se volvió hacia Wolfe y Lola.
—Han puesto en prisión a un hombre verdaderamente enfermo. Espero que estén complacidos.
Wolfe y Lola miraron al abogado, sus rostros sin expresión. Luego chocaron sus palmas.

Fotografía de Troy Wayrynen

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