Ingreso

Articulo

La apremiante monomanía de la libido

Por Paul Theroux

Traducción de Inés Garland

—Frecuenta el trato con prostitutas —dijo, ensayando la frase literaria. Su expresión seguía siendo amarga—. Después, te odias a ti mismo por ser hombre.
Eso me impresionó. Hacer el amor con una mujer no producía ese efecto en mí en absoluto. Después me sentía tranquilo, contento, cansado, relajado, todo lo contrario de asqueado. Me sentía recompensado y pleno. El sexo era mágico, expandía la mente, se practicaba en posturas enérgicas que yo podía evocar más tarde, me volvía a ver de rodillas, de pie, entrelazado, en cuatro patas. Era conocimiento también –no lascivia ciega, aunque la lujuria animal formaba parte de ello y contribuía a iluminar el acto, que para mí constituía una fuente de serenidad.
Disfrutaba con cada uno de sus aspectos, desde el primer indicio, la mirada devuelta por la mujer, hasta el estremecimiento de anticipación, la sensación de una tirantez en el cuero cabelludo ante la perspectiva, el calor en mi piel y el temblor de mis dedos, la sangre golpeándome detrás de los ojos, la respiración entrecortada, la tensión en el pecho, la sequedad de la boca, como si me encontrara en un sendero estrecho, internándome poco a poco en la selva detrás de un ave de plumaje brillante y cola saltarina.
Tocar a una mujer que deseaba que la tocase significaba para mí el máximo placer: besarla y que me besara con las mismas ansias, sentir la intensa emoción de ser tocado por ella, la promesa en la presión de los dedos. Gradualmente, yo pasaba de ser un alma sonriente y reflexiva que contemplaba sus sueños a transformarme en una máquina de deseo, y mi cuerpo entero se abrasaba. Por muy casual que pareciera el acto –pues yo tendía a disimular mi apetito sexual cuando lo mencionaba–, era apasionado y serio. Era la bofetada de los cuerpos, el crujido de hueso sobre hueso, y me dejaba sin aliento. Había gemidos de placer, pero era un profundo recorrido por los nervios, se desgarraban los músculos: nada de risas, nada de bromas. En ese descenso a lo más profundo de mi cuerpo, me invadía una inarticulada furia animal, como la de un zángano que persigue a la reina, desesperado por procrear. Me agotaba y me ayudaba a entender la determinación del deseo, la apremiante monomanía de la libido.
Le expuse esto a Vidia con sencillez, con la intención de no revelarle demasiada información; le dije que me encantaba estar con una mujer, que pasaba a solas el resto del tiempo porque no había nadie en mi vida; que esperaba conocer a alguien y enamorarme.

Fragmento de La Sombra de Naipaul, de Paul Theroux.

Comentarios (un comentario)

Señores,
urge leer ese libro completo. Paul Theroux es un maestro.
Gracias.

Salvador / julio 26th, 2007, 1:05 pm / #

Dejar un comentario