Ingreso

Articulo

Caín

Por Andrew Vachss

Traducción de Paula Pampín

1.
—Mire a mi Destructor… mire lo que le hicieron.
El viejo señaló con un dedo tembloroso al perro, un gran ovejero alemán. El animal estaba agazapado en una esquina de la cocina del departamento sin pasillo, su fina cabeza estaba ladeada, una parte de su cráneo se perdía bajo el pelaje áspero. Una profunda cavidad de tejido cicatrizado resplandecía blanca donde había habido un ojo, el otro era catarático y lechoso, un punto fogoso con miedo. El rabo del perro colgaba tras él en un ángulo desvariado, una pata delantera colgaba inútil, enyesada.
—¿Quién lo hizo?
El viejo no estaba escuchando, aún no había terminado. Apretaba la herida para quitar el pus.
—Destructor vigila afuera, atrás, donde está el alambrado. Lo atormentaron, le tiraron cosas, lo volvieron loco. Luego cortaron la traba. Dos de ellos. Uno tenía un bate de baseball, el otro un pedazo de caño. Mi Destructor… no lastimaría a nadie. Lo golpearon, una y otra vez, riéndose. Bajé las escaleras corriendo para detenerlos… me abofetearon, como si fuera una mosca. Tanto mal le hicieron a mi Destructor, hasta se lastima cuando lo rozo.
El viejo se sentó llorando en la mesa de la cocina.
El perro me miraba, un fino gemido salía de su boca abierta. Le faltaban la mitad de los dientes.
—Sabe quién lo hizo —dije. No era una pregunta. No sabía, no me habría llamado, no soy un detective privado.
—Llamé… llamé a la policía. Al 911. Nunca vinieron. Bajé al recinto. El hombre del escritorio dijo que llamemos a la Asociación Protectora de Animales.
—¿Sabe quiénes son?
—No conozco sus nombres. Dos hombres, hombres jóvenes. Uno es musculoso, el otro es enjuto.
—¿Son de por acá?
—No lo sé. Siempre están juntos, los he visto antes. Todos los conocen. Tienen sus cabezas afeitadas también.
—¿Todos los conocen?
—Todos. Golpean a otros perros también. Hacen que los perros les ladren, luego ellos… –. Estaba llorando nuevamente.
Esperé, mirando al perro.
—Regresan. Los veo bajando por el callejón. Casi todos los días. No puedo volver a dejar afuera a Destructor, ni siquiera puedo llevarlo a pasear. Ahora tengo que limpiar lo que ha dejado sucio.
—¿Qué quiere?
—¿Qué quiero?
—Usted me llamó. Consiguió mi nombre de algún lugar. Sabe lo que hago.
El viejo se paró, se arrodilló al lado de su perro. Puso su mano suavemente sobre la cabeza del perro.
—Destructor solía ser el perro más recio del mundo, no le temía a nada. Lo tengo desde que era un cachorro. Ahora ni siquiera mira por la ventana sin mí.
—¿Qué quiere? —le pregunté nuevamente.
Ambos me miraron.
—Usted sabe —dijo el viejo.

2.
Un edificio de ladrillos autoportantes en Red Hook, no lejos de la zona portuaria, rodeado por una valla de cadenas que terminaba en alambre de púas. Toqué el timbre. Un perro gruñó una advertencia. Miré en el vidrio espejado sabiendo que podían verme. La puerta de hierro se abrió. Un hombre con una remera blanca y unos pantalones negros flojos abrió la puerta. Estaba descalzo, pelo oscuro rapado, cuerpo tan lampiño que podría haber sido moldeado en goma. Hizo una reverencia delicada. Devolví la reverencia, lo seguí adentro.
Un cuarto rectangular, piso de madera mal acabado. Una lona enrollada colgaba del cielorraso en una esquina. En la otra, un neumático de auto estaba suspendido de una fina soga. Un par de palos largos de madera colgaban de unos ganchos.
—Lo traeré —dijo el hombre.
Esperé, allí parado.
Volvió guiando un perro con una cadena. Un pit bull de pecho ancho, todo blanco excepto por una mancha negra sobre un ojo. El perro me miró, calma de cobra.
—Aquí está —dijo el hombre.
—¿Está seguro de que lo hará?
—Garantizado.
—¿Cómo se llama?
—Caín.
Me puse en cuclillas, dije el nombre del perro, le rasqué detrás de sus orejas erectas cuando se me acercó.
—¿Quiere practicar con él?
—Sí, sería mejor. Sé las órdenes que me dio, pero…
—Espere aquí.
Jugué con Caín, poniendo a prueba su obediencia. Era una máquina, perfecto.
El entrenador volvió al cuarto. Otros dos hombres con él vestidos con trajes incitadores, de cuero y acolchonados. Máscaras sobre sus caras, como usan los goleadores de hockey.
—Hagámoslo —dijo.

3.
Bajé por el callejón detrás del edificio del viejo, Caín con una correa fina de cuero sostenida ligeramente con mi mano izquierda. El perro conocía la ruta, era nuestro quinto día consecutivo.
Doblaron la esquina a cincuenta pies de mí. El más pequeño tenía un bate de baseball sobre su hombro, el musculoso golpeaba un pedazo de caño de plomo en su palma.
Se acercaron. Me corrí hacia un lado para dejarlos pasar, tironeando a Caín cerca de mis piernas.
No me pasaron. El más pequeño se plantó en sus pies, mirándome a los ojos.
—Ey, ¿es un pit bull, no? Perros bien rudos, escuché.
—No, él no es rudo, —dije, afectando mi voz—, es sólo una mascota.
—Yo lo veo como un perro malo —dijo el tipo grande, metiendo el caño de plomo en la cara del perro, hiriéndolo. Caín se salió del camino.
—Por favor, no lastimen a mi perro —les rogué, tirando de la correa.
Caín saltó a mis brazos, su cara contra mi pecho. Podía sentir el montón de músculos en sus piernas, sus cuatro patas extendidas contra mí.
—Oh, ¿tu perro está asustado? —se mofó el grandote, acercándose a mí, golpeando la espalda del perro con el caño.
—Déjennos solos —dije, caminando hacia atrás a medida que ellos se acercaban.
—¡Haz callar al perro, maricón!
Puse mi boca cerca de la oreja de Caín, susurré:
—¡Ahora! —y lo arrojé de mis brazos. El pit bull se lanzó de mi pecho sin emitir un sonido, sus dientes de cocodrilo se trabaron en la cara del grandote. Un gritó explotó. El grandote cayó al piso, arañando la espalda de Caín. Pedazos de su cara volaron, rojo y blanco. Se convulsionaba como si estuviera en la silla eléctrica, pero el perro continuaba, no renunciaría al bocado. El tipo más pequeño seguía parado allí, clavado, con la boca abierta, no emitía ningún sonido, sus pantalones se oscurecían en la entrepierna.
—¡Basta! —le grité al perro. Caín se separó, su boca espumosa con un cartílago ensangrentado.
—Tu turno —le dije al tipo más pequeño. Escapó, corriendo por su vida. Caín lo atrapó, derecho arriba en su espina dorsal, trabando la parte posterior de su cuello.
Lo llamé cuando escuché un mordisco.
Cuando volvimos a bajar por el callejón, eché una mirada hacia arriba.
El viejo estaba en la ventana. Destructor a su lado, el yeso en su pata sobre el alféizar de la ventana.

Comentarios (5 comentarios)

es una muy buena historia asusta un poco pero muy buena

espero poder leer otra parecida

bueno los felicito
los saludo

florencia / mayo 23rd, 2007, 4:15 pm / #

MUUUUUUY BUENA HISTORIA, NUNCA LEI ALGO ASI, QUIERO MAS!!! SOY FANATICO DE ESAS MAQUINAS, TENGO 2

PABLO / junio 14th, 2007, 1:56 pm / #

j000 no lo entiendo alguein puede esplikarl0??xfa l0s pit bulls son ermosos tengo yo 2 y son mis amoresss

juditt / julio 9th, 2007, 2:10 pm / #

INCREIBLE HISTORIA,YO TENGO DOS,HEMBRA Y MACHO LO UNICO MALO QUE EL MACHO LE TIENE MIEDO A LOS TRUENOSY FUEGOS ARTIFICIALES………PANAMA

CESAR / julio 21st, 2007, 4:09 pm / #

Buenas! solo quería informarte de que hay algunas imagenes que no
me cargan correctamente, aunque no se si es de la página o será mi internet..
aunque lo he probado en varios navegadores y me seguia pasando lo mismo.
De todas formas, felicitarte por el contenido.

Marina / junio 1st, 2015, 4:35 am / #

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