Articulo

Dear Prudence

Por Carlos Racak

Encuentro un sitio con las letras de Modern Times, el último disco de Dylan, que se llama “Expecting rain”. Hace poco compré un fertilizante para la floración, no sabía que existían. Parece que a las plantas les puede faltar hierro, les puede faltar todo tipo de minerales y también les pueden faltar flores. Curiosamente, todo esto me llevó a pensar en la imprudencia, en su imprudencia. Una vez ella dijo algo, y desde ese día vive cuidándose de la imprudencia de sus palabras, de aquello a lo cual la podrían comprometer, que al fin y al cabo resulta ser nada.
Sin embargo, su imprudencia, eso que según ella no debería haber dicho, a mí me hizo rodar.
Cuando se vuelve del precipicio, con la ropa raída por los golpes, cuando se vuelve de contar las piedras que pareciera van cayendo mientras en realidad el que cae es uno, las manos lastimadas, la piel machucada y llena de rasguños, uno sabe perfectamente que ya no está intacto. Arde. Duele. Uno no es el mismo, y, en la nueva perspectiva, la ladera, allá abajo, parece un juego de niños en el que, sin embargo, no se quiere volver a caer. Todas sus imprudencias, las vueltas de la vida, las veo convertidas en mi nuevo ejercicio: el de la prudencia.
“No la beses la primera noche”, me decía mamá cuando me sacaba alguna última pelusa de la solapa del saco. Listo para salir, la veía asomarse detrás de mi imagen en el espejo, para decirme esa frase, con una sonrisa ladeada, irónica, parecida a la de Prudence. En esa época me fastidiaba un poco: en un pueblo tan chico ella sabía perfectamente con quien estaba por salir. Podía ser la rubia que comulgaba primero, la primera a la izquierda de la primera fila del coro, con su vestido blanco y su pelo rubio, tan liso, tan brillante, tan gravitatorio. Sin embargo ese “no la beses la primera noche”, viniendo de mi madre –que nunca fue muy católica–, quería decir “no te conviene, va a salir corriendo”. “No la beses la primera noche”, quería decir “a veces hay que dejar pasar”.
En esa época lo tomaba de otra manera, nada bien, me parecía la expresión desnuda de los celos de mi vieja que me veía irme otra vez y se quedaba aburrida, en casa, con mi papá que ya no la escuchaba.
Hoy ya no sé. Todavía algunas veces me parece oír su voz, muy tenue, que me dice “no, hoy no, es la primera noche”. Cada vez que la escucho me sonrío, con esa misma sonrisa ladeada que debo haber heredado de ella (o de mi abuela, a quien no pude conocer), y me pregunto por la segunda. Me tranquilizo, me saco de encima la duda de si hacer o no hacer algo y le respondo: “está bien, está bien, pero la segunda decido yo”.
Nunca es así. Siempre la vuelvo a escuchar. Parece que siempre fuese la primera. El mundo ha cambiado mucho. Chicas católicas que canten en los coros casi no quedan. Siempre me resultaron irresistibles, enigmáticas, difíciles. Esas chicas que recogen un hierro o una lata tirados en la vereda para que el que viene atrás no se lastime. Chicas que por un momento se olvidan de uno. En esos instantes su amor está en el mundo, no tanto en el que tienen a su lado. A veces se olvidan.
“No la beses la primera noche”, decía mi vieja. A veces se distraen, a veces se olvidan, a veces se pierden en el mundo. Es el momento que hay que aprovechar, mamá. No importa si es la primera, la segunda o la última vez.

Comentarios (3 comentarios)

Magnífico texto, sobre todo cuando uno lo lee el día en que se cumple un aniversario más del día de la Primera Comunión, y se encuentra entonces que hay, en lo que de veras importa, primeras y únicas veces, y más, que la comunión anda rondando como las canciones de las muchachas en flor.

Susana Cella / Octubre 1st, 2006, 2:25 pm / #

Muy lindo, Carlese. Beso.

aydesa / Octubre 2nd, 2006, 3:23 pm / #

Apaches « AÑADIDURAS / Octubre 18th, 2006, 3:19 pm / #

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