Retratos de gente común #3. Que Dios se lo pague
Por Lulo Luna
Es predicador. Vale decir, que predica. Todo el tiempo. Sin prisa ni pausa. Sólo porque sólo él entiende la Biblia como él. Y lo dice. Solamente yo entiendo la Biblia como yo la entiendo. En fin. Pero no tiene iglesia ni templo ni apoyo de ninguna religión con recursos concretos. Acaso una módica corte de seguidores, todos pobres. Tal vez una secta ya no digamos de catacumba, sino underground. Queda más piola. Pero a él no le hace gracia que uno le tome el pelo por eso. Es un trágico. Parece mentira, pero arrancó en los ‘70 predicando la inminencia de la Revolución y llegó al siglo XXI predicando la proximidad del Apocalipsis debido a nuestra falta de fe. Entretanto, pasó por un par de ritos africanos, el espiritismo y hasta la masonería. Un gran huérfano, quizá. Pero no hagamos psicoanálisis. La culpa y el fin del mundo están en el primer tramo de su libreto. Y luego vienen las malas nuevas. Noticias que no aparecen en ningún diario, porque Bush y el Papa nos las ocultan. Un meteoro que se acerca a la Tierra y nos va a reventar de puro pecadores. Un misil intercontinental todo colorado y llamado Diablo que los rusos piensan tirarle a los yankis. Los yankis como agentes de Satanás. La pantalla de la tevé como el rostro de la Bestia, es decir, del Mal. La marca de los tres seis en la cabecita de un bebé de Mataderos o del Bronx o de… Feas señales en el cielo. Hecatombes anunciadoras. El calentamiento global, el tsunami, los chicos muertos en República Cromañón, la lluvia, la sequía, luquivenga. Todo por culpa de la inmoralidad, el desenfreno y la consciente o hasta inconsciente adoración del Innombrable. ¿Y el Vaticano? Falaz y corrupto, algo así como un lenocinio para ricachones. Y el pobre Jesús vuelto divisa separatista y excluyente de cualquier otro credo. Y ni hablar de los agnósticos, los científicos y hasta los artistas. Todos materialistas y esclavos de la carne. Todos perdidos. ¿Y los homosexuales, che? Todos condenados. Y no obstante, el predicador es flor de tipo. Humano, digamos. A ver. Más allá de tanto vinagre, a veces cuenta algún que otro chiste verde. Es honesto y trabajador. Un vendedor capaz de venderle ya no digamos el alma al diablo, pero sí un frac a un indio toba. Medio guarango incluso, desde la ventanilla de su baqueteado autito les prodiga piropos reos a las señoras gordas. Sobre todo si son tetonas. Ama y cuida a los suyos. Va y viene todo el día. No para un minuto. Siempre está haciendo algo. Y no se puede decir que sea ignorante. Fue un buen alumno universitario, un eficiente cajero bancario, un veloz repartidor de galletitas, un infortunado patrón de albañilería y un muy confiable transportador de plata dulce de terceros. Entre otros rubros. Pero hoy es independiente. Vende artículos mil por los caminos de la patria. Nada más apropiado para un predicador. Bueno, es su vida. Y la distancia, un alivio para la de uno. La macana es cuando abre la bocota en la mesa familiar. Ahí se pudre todo. Pongamos que es Navidad y llega el brindis de las doce de la noche. ¿Qué dice el santo varón? Que si Jesús volviera a nacer, volveríamos a crucificarlo. Pongamos que es Año Nuevo y llega el brindis de las doce de la noche. ¿Qué dice el sacro insensato? Que el año pasado fue una inmundicia y que el nuevo será peor. Sólo porque está escrito. Pero, por Dios, ¿dónde está escrito? Acá, en la Biblia, ¿ven? Lo dice bien clarito. Igual que Nostradamus y la Virgen de… Terremotos, maremotos, plagas, hambre, guerras, masacres y hasta meros accidentes de tránsito. Una parafernalia infernal. Implacable. Inevitable. Lo que nos merecemos. Eh, che, ¿tan malos somos? Malísimos. Unos a sabiendas, otros por omisión. ¿Incluso los inocentes? También. Salvo que se dejen salvar, claro. Qué castigo.

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