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La imaginación improductiva

Por Omar Genovese

De aquella ridícula promesa política (la revolución productiva) que ni sus acólitos intelectuales (Jorge Asís) sabían ponderar como realizable, convertida finalmente en breve período semioscurantista, hoy, éste hoy tan instantáneo como la leche Nido, no deja de mostrar los grumos de una cuchara mediocre, lenta, chapucera. No alcanza con mezclar el agua con el blanquecino producto para que la representación de la leche la convierta en eso, debe revolverse con estilo, firmeza, y por qué no, ¿por qué?, con una convicción férrea, magnánima. Todo, todo un ejemplo de caución hacia lo real. Eso, lo que ha caído un país para convertirse en la fosa más indigna: Argentina, tumba abierta. Es que a la respuesta de Bruno a Tomas ya no valen nuevas preguntas, seguir metiendo la cuchara en ese preparado santo y puro que alimentará las almas sensibles, educadas, prontas a satisfacerse con el buen decir, con un buen paladar argentino. El postmodernismo menemista apesta, hiede desde ésa profundidad dispuesta como única salida: doce millones de pobres, cuatro millones seiscientos mil indigentes. Uno de cada tres habitantes pobre, uno de cada cinco, mendigo. Hay uno que mendiga cada cuatro que ambulan: a cada paso, hay uno que pide porque ya no hay nada. Y no por iluminados, vale recordar, que no se puede explicar la nada, sin siquiera un cuarto de hotel.
No pido a la literatura argentina –por caso, lo que me importa– esfuerzo ni fe en sus acciones por cambiar el futuro. Como tampoco creo que el Estado pueda asumir un rol determinista en la cuestión, pues su función demuestra ser muy otra. Hoy, la cultura argentina no es ni un bien de cambio, ni es popular, ni es accesible a más de la mitad de la población, teniendo en cuenta que hay un tercio de la misma balanceándose en el abismo que la puede hacer caer en el último escalón, antes de la mendicidad. Sólo dejando el hoy, éste hoy inmediato, la dimensión futura puede evaluarse como un probable casi casual. En diez años, al ritmo del crecimiento de la pauperización, tendremos a más de veinte millones de coetáneos inmersos en el semianalfabetismo o completamente analfabetos, para los que la cultura nada representará, ni será posible. Un conglomerado de seres al borde de las peores plagas sanitarias y humanas. En diez años, la Argentina será un país medio bruto en toda la dimensión espacial que ocupa su territorio. La “tendencia” es inevitable, superando cualquier promesa política, ahogándonos en intencios arteras.
Tal pirámide del despojo acota los márgenes del trabajo intelectual, acosando toda pureza láctea y ejemplar. La cuchara, entonces, nada lastima, ni señala, sólo se hunde para hacer su tarea de mezclar todo en la misma substancia: ¿post postmodernismo? ¿Tiene título una etapa cultural signada por las postrimerías de una crisis irresuelta? En el afán de perdurar pese al Todo, Argentina también carece de sustrato para aplicar planes educativos españoles así como adaptar fenómenos artísticos al uso nostro. La industria cultural, entonces, también es un pretensioso título municipal: y así, el otro Todo, el “artístico”, el simbólico, el de la representación, no es más que un servilismo recurrente en las estructuras de ese poder monetario que enarbola una minoría política, consecuencia de su tejido de poder postrero a un triunfo electoralista vergonzante. El vacío discursivo (así como la intención clientelista) que señala Tomas no es nuevo, sino el recurso único, la única escala cultural y social a la que se ha reducido el peronismo, o lo que queda de él. La élite, el fantasma de aquella élite gorilácea, es el mayor desvelo paranoico de éstos que se organizan en un Congreso. El riesgo de la docta, de la sabiduría (cualquiera sea), es del orden de subvertir los significados, cuestionar los referentes, conjeturar las acciones de un poder que se cree omnípodo. Por ello, no vale pensar que un pseudo Congreso pueda asirse del título Cultura, ya como representante, como legislador de su trascendencia y efectos. La turba política sabe, intuye y presiente, que todo estilo literario, toda expresión artística, tiene en sí un algo que la práctica de la confabulación carece, y eso –sin importar la facción gobernante– le resulta inquietante. Hay un poder en ello que no se argumenta en el consenso de la prebenda monetaria, un poder inasible, que transcurre por canales que les son indómitos y rebeldes.
En Argentina no hay mercado, luego de la caída de la morisqueta que se creía mercado. La vuelta atrás ha sido absoluta, y los puertos vuelven a funcionar como sitios a manos de contrabandistas: hoy, al saqueo se lo llama exportación, casi eufemismo de piratería de la tierra. Que la mirada del público admita sin ver, que se entretenga en las luces de colores estridentes, es la misión profunda que los gobernantes esperan de lo culturoso. Funcionalidad servil, irreflexión paupérrima. Habría que pensar, por un momento breve, quiénes fueron los concurrentes: por qué Favio o Giardinelli pretendieron validar con su presencia tal dislate, cuáles son sus propios intereses o la intención de tristes fabulaciones histriónicas. Pero creo que no valen la pena. Consecuente con lo depojado, las ausencias en el acto marcan que la cultura como cosa de estado es algo más que la nada, una nada utilitaria.
Podemos pensar en qué nos queda, qué hacer con la escritura, con la propia voluntad que nos hace –aunque involuntariamente– opositores a toda apropiación del medio en que medramos. Y en eso caeríamos a un hueco peor que tumba, el discurso mercadotécnico: nicho, nicho de mercado. El efecto reduccionista –de “minorías”–, tan alejado de la política oficial, parece entonces inevitable. Somos excluídos de ese gran futuro nacional, de crecimiento, de popularización, por pensar un poco más allá de nuestros propios límites. Destino merecido y, por qué no, necesario para nuestra supervivencia. Asistemáticos, nada ejemplares, intelectuales (no trabajadores de la cultura), nos queda el reconfortante y cálido ejercicio de facultades cuestionadas: abusar, felizmente, de una imaginación improductiva, cuyos efectos nunca serán devastadores.

Comentarios (un comentario)

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« el fantasma / septiembre 24th, 2006, 7:39 pm / #

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