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Nuestro diccionario del diablo

Por Omar Genovese

Cuando usted abre la página web http://www.untref.edu.ar/diccionario/, se encuentra con las palabras propuestas por anónimos usuarios de internet para que se incorporen al DILE (Diccionario Latinoamericano de la Lengua Española), y luego, a través de la edición que corresponde a los responsables del mismo, sabrá si fueron aprobadas o no. En el medio se puede preguntar sobre cómo la Universidad de Tres de Febrero (UNTREF) gasta parte de su presupuesto en semejante emprendimiento, preguntando qué validez científica o trascendencia cultural puede tener. Pero seamos cautos, el diccionario está avalado por la picardía lingüística de Daniel Link, columnista de Perfil que colocó una antena para captar el síndrome del habla argentino. Bajo una consigna simple, también para evitar intervenciones maliciosas, el sitio impone la norma: “No se aceptarán, en ningún caso, definiciones injuriantes o que violenten la sensibilidad de grupos étnicos, géneros, clases sociales o adhesiones políticas (se puede definir la palabra “bolita” o usarla en un ejemplo, pero no se puede usar la palabra “bolita” en una definición)”.  Vale decir, el habla popular está citada para enriquecer la lengua. Veamos cómo.

De los 700 aportes validados por los administradores al día de hoy, 9 de junio, rescato cierta abundancia de términos jugosos (de por sí dinámicos, incluso sorprendentes), por no decir dignos de debate. Ante el exceso, podemos preguntarnos si esto no es la huella de cierto tour de época, como si fuera la decantación de un habla influenciada por todas las artes sociales de más de 12 años de kirchnerismo. Partiendo de la política, nos encontramos con vocablos como: chori, diego, entongado, facho, garca, gorila, monto, negrear, ñoqui, radicalismo paquete, rosquear, trapito, troskear y  trucho. No sonrían, hay más.

En el espacio “inclusivo”, tomando en cuenta los términos llegados de países limítrofes,  encontramos: curepí, hueva, huachafería, huevón, mulo, órale, queque, y algunos más de uso casero entre migrantes que, a fuerza del uso coloquial, se instalan en los márgenes de la dicción argentina. El rubro “sexo”, abunda en referencias: dar, ésta, fiestonga, fistero, gato, stalkear, timbre, tortear, trola y yirar. Sigue el tema “droga”, rubro en el que se destacan: fisurita, flash, frula, fumo, pikachu, seca y veinticinco. También encontramos vocablos del ámbito carcelario: lavatáper, taquero, tocarreja y zarpar. Ligado a ello, desde la “pobreza”: llantas, LTA, paragua, trular y viejo hucha. Aparecen rastros de una cultura digital que ya está instalada entre todas las clases sociales, palabras como gamer (se pronuncia “gueimer”), manquear y what pass? (aquí ingresa en su definición el sujeto discursivo Moria Casán).

En todo este berenjenal existe el humor y también el riesgo, cierto juego al límite de la corrección política en las definiciones. Entre las palabras aprobadas por el comité universitario, se encuentran conchuda (“Dícese de la mujer turra y vengativa por naturaleza. Es similar al escorpión, apenas pueda te clavará el aguijón. Esta palabra no tiene sinónimos. Ej.: ex esposa”), hipertrofiodromo (“Lugar donde acuden los fisicoculturistas, halterofilicos y otras subespecies de los gimnasios con el fin de hipertrofiarse, ponerse grossos y, eventualmente, conquistar a alguna damisela con sus mismas inclinaciones narcisistas. Ej.: Faltan espejos en este hipertrofiodromo”), ruso (“Se dice de la persona que es tacaña, que no suele prestar las cosas (generalmente refiriéndose a dinero). Ej.: No me quiso dar un centavo, Juancito es un ruso.”) y viejo hucha (“1. Persona avara o mezquina. 2. Persona que se siente atraída en recoger, conservar y preservar objetos desechados o considerados superfluos. Está bastante extendida la grafía “viejo ucha”. Ej.: Pedro es un viejo hucha.). Ciertamente, es un poco desafiante el despectivo término para referirse a una mujer, más en un ámbito social proclive a la violencia de género que derivó en la reciente marcha #NiunaMenos. Luego, ruso es el vocablo utilizado para designar al judío, así como viejo hucha proviene de una obra de teatro y película de 1942, y refiere a la avaricia, no así a los síntomas del síndrome de Diógenes.

El habla popular muestra en esta crudeza ciertas omisiones que deberán ser contextualizadas, ya con notas o comentarios, pues un uso actual puede colocar cierto manto de olvido sobre el origen histórico de las palabras. Por caso, torrar, definida como “Dormirse, aburrirse sobremanera.”, es una contracción de atorrante (lunfardo), nombre que se le daba a los sujetos en situación de calle a fines del siglo XIX en Buenos Aires, y su origen puede ser vasco: “atorra” es camisa, ligada a la frase Ez du aldatzeko atorrarik, eta ez etzateko oherik (no tiene una camisa para cambiarse ni una cama donde echarse).

Invito a realizar una lectura de este diccionario, a que aporten definiciones. Por ejemplo, en la letra K no existe palabra alguna, ¿acaso tal falta es un chiste político?

Publicado en el Suplemento Cultura de Perfil Diario, 14/06/2015.

Comentarios (un comentario)

Me parece escaso, pobre, limitado; poco trabajado.
Paco Umbral, él solito, escribió Diccionario del Cheli que no le valió para entrar a la Academia Española y Real, por cierto, pero tenía muchas palabras agudas y pintorescas:
* loro, o sea pasacassette, artilugio entonces muy robado de los coches.

Y la grandiosa y que deben Uds agregar a ese diccionario:
¡ Latinoché !
Dícese de los ché habitantes y exiliados y emigrados de las Repúblicas del Plata.

Armando Gascón Lozano / julio 21st, 2015, 10:50 am / #

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