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Articulo

Una breve introducción ante el espanto

Por Omar Genovese

Anotaciones sobre los textos de Levon Khechoyan en El alambre no se percibía entre la hierba (relatos sobre la guerra de Karabagh), Levón Khechoyan y Hovhannés Yeranyan, Hecho Atómico Ediciones, 2015. Traducción de Alice Ter-Ghevondian y Ana Arzoumanian.

La guerra de Nagorno Karabaj ocurre, con menor y mayor intensidad, entre 1988 y 1994. Es un período en donde la región del Cáucaso y otras vecinas sufren este tipo de conflictos: Croacia, Bosnia, Kosovo, Albania, Osetia del Sur, Chechenia, Abjasia, Transnistria-Moldavia… Nombres que a los argentinos resultan lejanos, desconocidos, como si llegaran de otra época, de un mapa imposible de imaginar. Pero no se trata de exotismo, sino de comprender que la diversidad humana es tan amplia como la cantidad de escarabajos que existen en el mundo, se estima que hay más de 1,5 millones de especies de escarabajos sin clasificar.

El final de la guerra de Nagorno Karabaj coincide con el comienzo de otro conflicto, casi equidistante tanto del Cáucaso como de esta pampa húmeda, me refiero al genocidio ocurrido en Ruanda donde la supuesta etnia tutsi fue masacrada por los hutu. Digo supuesta porque el texto de Khechoyan pone en tela de juicio todo el andamiaje teórico en lo político, social y económico que motiva la violencia masiva. Estos conflictos regionales, casi simultáneos, dejaron dos secuelas evidentes, pero que resultan incómodas para el género humano en su limbo de bienestar egoísta: primero, que el bestialismo se ha impuesto como recurso en el campo de batalla; y segundo, que el campo de batalla es la población civil. Estas guerras que nuestros contemporáneos llaman “de baja intensidad” han desplazado a millones de personas, con la ruina personal y social que esto implica. La pérdida del medio de vida, el trabajo, la educación, la referencia cultural y la propia lengua, son algunas de las secuelas. Y no es una cifra menor: millones de personas han perdido su “lugar en el mundo” para convertirse en verdaderos parias modernos. No se trata de una condena al ostracismo o el destierro, no, se trata de la expulsión violenta, de la separación de las personas de su pasado, de sus orígenes. Pueden argumentar que esto es simbólico, que se trata de una migración forzosa pero migración al fin. No, y en esto debemos ser enfáticos, el desplazamiento de poblaciones enteras tiene como efecto terrible la omisión, ser borrados del mapa, ser desertizados como humanos. Y el efecto es devastador en todo el género: somos más pobres, más brutales, más insensibles…

Es aquí donde los tres textos de Khechoyan adquieren una relevancia particular por su construcción, lenguaje y valor experimental, introducen al observador como prisionero de un rol para el que nadie ha nacido, que es el de ejercer la violencia como soldado. Por eso los antiguos desarrollaron la instrucción militar, para educar al soldado y darle institucionalidad al acto de matar, vale decir, desalmar, quitarle el alma al ejecutor. Pero lo que estos tres textos subrayan es que al soldado no lo han preparado para la guerra, que está ahí, con su juventud e inexperiencia, para disparar y ser objeto de disparos. Y lo peor, para desatar una furia irracional contra quien se cruce en su camino, ya como posibilidad, ya como expresión de su rechazo para admitir que el otro (el objeto a eliminar en el conflicto) es tan humano como él.

El texto trata sobre tres escenas, o tres incertidumbres. Ya veremos por qué. Se titulan: El temblor de la tierra, El maestro y El intercambio. Lamentablemente voy a recurrir a mi experiencia individual, sepan disculparme. Un ex combatiente de la Guerra de Malvinas, que conozco desde que tenía once años, se tomó 20 en contarme su experiencia. Acantonado en Puerto Argentino, con las tropas inglesas desplegadas pero sin atacar, aguardaba a que la artillería de los barcos produjera su efecto devastador. Desde ya que las mismas no apuntaban a la ciudad, repleta de ingleses invadidos, rehenes de la fuerza de ocupación argentina, sino a las montañas detrás de la ciudad. ¿Por qué? Porque producía un terror abrumador en los soldados. La munición disparada por los cañones de los barcos pasaba silbando por encima de sus cabezas, y al estallar en las piedras alejadas, producía un temblor absoluto de la tierra. Una vez, y otra, y otra. Pero con un detalle: en algunos casos, la munición pasaba mucho más cerca, y dejaba de silbar, lo que indicaba que caería en un lugar cercano. Desde ya que lo cercano era un kilómetro, pero esos segundos en que se dejaba de escuchar el silbido, producía en los soldados vómitos, pánico, calambres, gritos y espanto, puro espanto por el que buscaban refugio en algún agujero, bajo una madera o una simple manta. Luego, la explosión, el temblor en sí, y los esfínteres que se aflojaban de manera inevitable: entonces los soldados estaban sucios por su propio detritus, mojados en el frío, humillados, desvalidos. Los horarios de los bombardeos eran siempre los mismos, por lo que la expectativa no hacía más que confirmar que la debacle individual era inevitable. Semejante temblor de la tierra es la referencia al marco donde el soldado Khechoyan comienza su derrotero por la tierra arrasada para tomar aldeas abandonadas, perdidas de todo sentido. No refiere a explosión alguna, al sonido en sí, sino al temblor. Eso que sacude al cuerpo de su letargo cómodo para hacerle sentir que está vivo porque el enemigo quiere, nada más, y que su tiempo está próximo al fin. Tal inestabilidad, tal incertidumbre, abre su juego con la captura de una mujer soldado operadora de un cañón antiaéreo. La mujer ofrece su brazo, que la inyecten antes de ser sometida a todo tipo de humillaciones, es rehén de su propia condición y acepta la condena con insistencia. Los soldados están lejos de tomar revancha con su cuerpo, pero el oficial sugiere que lo hagan. Entonces, ¿a quién le importa la locura de la guerra? Y aquí aparece esa cuestión institucional, el mandato férreo que todo comanda, como en la guerra, el oficial, quien baja la línea de acción. ¿Destruir a una mujer como revancha es un acto valiente? ¿O los valientes son la señal aprobada por la institución de la guerra?

Antes que nada les aclaro que no soy pacifista. Eso porque no soy idealista. Pero sí creo que la materia de confrontación es un caldo de cultivo para el bestialismo tribal más primitivo, cercano al canibalismo que hizo prevalecer al homo sapiens sobre sus contemporáneos, otros homínidos. Porque tengan en claro que la antropología genética, una ciencia joven y a la vez relevante por tantos sucesos genocidas, puede afirmar que el homo sapiens prevaleció porque canibalizó a sus similares, que no eran iguales en composición genética (además, tampoco lo sabían), sino rivales por el espacio y la propiedad del territorio tribal. Vale decir, nuestros ancestros fueron caníbales desesperados por concretar una enorme ambición de poder. Para justificar lo que digo vuelvo sobre un punto equidistante ya citado: Ruanda. Entre tutsis y hutus no existe diferencia étnica alguna, sino pertenencia. Vale decir. El gran genocidio de un territorio olvidado en el exotismo distante fue obra de una circunstancia de lo idéntico, una muestra cruda de la estupidez humana. Es como asesinar a todos aquellos que miden menos de un metro sesenta o a los que consumen papas fritas de una marca determinada. Para matar, seamos claros, no hace falta justificación alguna. Pero volvamos al primer plano de El temblor de la tierra: es donde hablan los animales con sus gestos: “Pasaron algunos días más, y de los cuatro puntos de la aldea salieron y se agolparon en nuestro campamento grupos de gatos y manadas de perros, pequeños y grandes, de múltiples colores, salvados del bombardeo, heridos, provenientes de distintas jaurías.” Y además, más adelante: “Ese día, desde sus escondites de la aldea y de la estepa, por las calles desiertas, haciendo ruido con sus casquillos, llegaron burros de pelo caído y de cascos desgastados, mulos y caballos viejos. Enloquecidos por la sed, gimiendo, ellos cavaban la tierra alrededor de nuestros recipientes de agua con sus casquillos, y masticando cualquier cosa húmeda que encontraban en la sombra, y extenuados por las bandadas de moscas de alas azules se les agotaban la humedad de los ojos, nos miraban y relinchaban.” La humedad de los ojos, ¿escucharon bien? El último refugio de la vida…

En esta primera parte es notable subrayar que el escritor, el soldado, detecta una voz a sus espaldas, algo que se dice y no se entiende, pero que al mirar hacia allí desde donde proviene el sonido no encuentra al emisor. Es el misterio de la fantasía, de lo que pesa en la experiencia para resucitar fantasmas. ¿Qué dice el que habla? Dice que falta Sérob, un soldado, un desaparecido, alguien que se perdió en la estepa rala. Es un cuerpo pendiente. Como argentinos, ¿de qué manera nos podemos hacer cargo de un desaparecido pendiente? Ven, es algo violento también, y no se trata de imaginería para descender de un ritual tribal en torno a un cuadro o imagen de un dictador o torturador. Se trata de honestidad intelectual, o, al menos, de correspondencia crítica. Y aquí corresponde ponerse serios, o al menos, acaparados por la vergüenza. Quedan cuerpos pendientes, suspendidos, ya de entidad o valoración. Los soldados, tal vez víctimas de la leva, de una extracción forzosa de sus ámbitos vitales, no pueden discernir qué es lo justo, y peor, si lo merecen, tampoco aparece por qué deben hacerse cargo de semejante linaje.

Pasemos al segundo relato, titulado El maestro. Existe algo gravoso, pesado, insoportable a la hora de hacerse cargo. Resulta esto de un amalgama que no tiene que ver con lo mágico (qué magia puede existir en la posibilidad de la muerte), y es el viaje de cientos de kilómetros con un maestro expulsado de su lugar que dice ir al velorio de su hermana. Extrañamente, el soldado / narrador, lo hace subir al transporte. Lo llevan, sí, como si se tratara de un cable a tierra, un cuerpo para descargar la furia, o el odio. Hay un cadáver, de un soldado, y viaja en su cajón de madera. La situación es tensa, y el aire de revancha inminente deriva en una tristeza y resignación que conducen a la angustia.

Ya en el último relato, El intercambio, aparece una figura que quiero destacar y resulta el paradigma del texto que enfrenta a otros textos sobre esta guerra. Se trata de “el escritor” que combate con ellos, en el mismo grupo. No es el escritor Khechoyan, sino un hostil sujeto que no quiere ser tocado por la muchacha/rehén, y muestra su dignidad herida reclamando con derecho a ser reconocido, en sí, un truhan. Khechoyan lo desprecia por ser, justamente, tal modelo de escritor. Y lo define escribiendo, lo que su estilo lapida es: se dice escritor, pero carece de sensibilidad estética. De ahí su ego por delante, de ahí la falsa mácula que exhibe.

Para cerrar estas palabras quiero recomendar dos procesos para que cumplan, es un compromiso con el texto de Khechoyan, es algo que demanda del lector:

1)      Hacer una primera lectura rápida para dejarse llevar por la cadencia de la prosa concisa que logró la traducción.

2)      Realizar una segunda lectura de índole profunda, no digo que sea religiosa, sacralizando las frases, sino que la lectura atraviese al texto en busca de iluminación, para disfrutar de párrafos como el que sigue:

“Y la noche, como un vidrio roto, se caía a nuestros pies, y teníamos que pasarlo caminando con los pies descalzos, sabiendo perfectamente que en la sombra, a nuestro alrededor, dan vueltas los tajos de los puñales.”

Texto leído en la presentación del libro el 01-04-2015, en Casa de la Cultura Fondo Nacional de las Artes, Buenos Aires.

Comentarios (un comentario)

Te zarpaste, Omar.
Gran texto.
Me encantó “lo peludo” de tu escritura.
Es una expresión que tengo; denota admiración.
Saludos.

funes / abril 2nd, 2015, 8:16 pm / #

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