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El fango en la flor

Por Omar Genovese
Resulta exquisito, y acaso divertido, también justo, que la literatura de Osvaldo Lamborghini siga causando tanto rechazo como admiración. Como un mapa sin resolver de manera geométrica, su pequeño librito que revolucionó las letras argentinas (la leyenda dice que así se presentó ante Rodolfo Walsh en casa de Pirí Lugones, la nieta del poeta nacional muerta bajo tortura en la ESMA), causa estragos en la cautividad de los lectores foráneos a cierta lengua que le pertenece cual territorio que presupone aquél mapa abandonado por los exploradores. Parábolas y laberintos. Las primeras parten de la confusión de los significados, metonimias, juegos, nombres osados y estragados, con la glosa que se regurgita en el resonar de la mente inflamada, torturada, por el cerco de la muerte. Del otro lado de la moneda, o al bies del mapa, la infinitud y pequeñez de los pasillos donde la certeza es apenas hilván, y el lector se pierde. De manera literal: quien lee queda desierto en una pampa seca. La lectura de El Fiord ahoga, es tierra en la garganta, tierra muerta, pero una tierra abandonada que al explorarla anula la posibilidad del regreso.
No poder volver es la forma absoluta del exilio. No volver de la propia lengua es un viaje de exploración hacia otro universo. Ahí la noción de territorio hace historia como en Tadeys (o Vomir, título original de la última y secreta novela de Lamborghini), y es una forma de felicidad. El Fiord es la primera piedra, luego viene lo otro, lo que culmina en los dibujos y pastiches del Teatro Proletario de Cámara. La visión alucinada remite a las imágenes que lo real negocia con la lengua íntima. Justamente, en Barcelona, por estos días, se exhibirán tales obras plásticas del escritor.
Disiento con Strafacce: el peronismo es perfectamente comprensible, para propios y ajenos. Es más, la literatura de Lamborghini no viene a explicarlo, ni a entenderlo, sino a vaciarlo de sentido. ¿Cómo puede tener sentido (y remitir a lo sensible) una máquina política que produce masacres? Y esto invoca un concepto de belleza infantil (el ideal de una madre, de una lengua) que inervó en la educación peronista del hogar: lo bello es la praxis de su ideal. En este universal ocurre la incomodidad del lector convencional (es el problema de Echeverría, de Bolaño, de tantas monjas sin dios que las ampare). La literatura se construye hacia el futuro porque siempre aparece un nuevo lector, otro escritor que, de manera sutil e involuntaria, se convierte en precursor. Parafraseando a Bob Chow, puede pensarse que El Fiord lee a su lector hasta inmovilizarlo y suspenderlo de toda autoridad. Es la secuela de una lengua que Borges ocultó en cartas sin lectores, es la negación de lo continuo en la mente propia, es la suspensión misma de la lógica y la materialidad de los significados.
Tal vez, para disfrutar un poco más de la relectura de Osvaldo Lamborghini convenga leer a Juan Rodolfo Wilcock, el que emigró y escribió en italiano el otro magnífico capítulo de la literatura argentina. El problema de la lengua no tiene solución, de ahí que un escritor remita a otro, y a otro, en un sinfín que permite escribir con oído atento. Soré, resoré. Del tambor de la guerra al repiqueteo de las palabras. Bienvenidos, siempre, a la soledad del lector.

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