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Receta para ganar el premio Planeta

Por Susana Cella

Meten preso a un joven morocho, evidentemente descendiente de aborígenes, porque va y tira piedras al monumento a Roca. En realidad no es por esto que va preso, cosa que a nadie le molesta mucho, salvo a los incólumnes fachos, sino porque uno de los piedrazos golpea contra la cabeza de un empleado que estaba haciendo trámites por la zona, y otra, en la un directivo de una empresa de por ahí, ambos llevados al hospital. Mientras está demorado en la comisaría comparte el calabozo con un judío; el judío está preso no por los motivos que cada quien podría suponer (es como se ve, un intento de opera aperta) sino por un caso de estafa, del que es inocente y más, el más estafado, porque el socio, un argento malvado no solamente le vació el negocio y las cuentas conjuntas, sino que además se fue con la esposa a Brasil, primero de vacaciones y luego para quedarse ahí con un emprendimiento que precisamente se le había ocurrido al judío por inteligente. Tanto el indio como el judío tiene que pasarse dos días con sus noches en ese mierdoso calabozo de la comisaría, y les dejan entrar un paquete de comida a cada uno. La historia entonces va a durar ese tiempo y va a ser en ese lugar (como se ve también se intenta que haya cierta originalidad en el manejo de los planos espaciales y temporales, no sea cosa de que nadie piense que nomás es un asqueroso bestseller cronológico). Ambos demorados se convierten en narradores de una larga saga (o sea que son dos), de manera que el indio se va a remontar a la campaña al desierto y el judío, primero a principios del siglo XX y después a 1492, para coincidir ambos en que esa fecha fue nefasta para unos y otros. Como en las celdas los hombres y las mujeres están separados, no se podría poner ahí a una mujer, así que hay que buscar el modo de que haya alguna y no en lugar subsidiario, desde luego. La del judío es un verdadero cachivache, no tanto porque lo dejó, cosa que a la que cualquier mujer tiene derecho, sino por ser cómplice de una estafa como la que le hizo el goi del socio, por tanto no va a ser precisamente ella la que se ande metiendo a contar cosas porque su credibilidad está más bien baja. Entonces va a ser la hermana de ésta –buena e inteligente y linda aunque parecía que no, y siempre además enamorada del judío– la que se convierte en narradora importante y junto con ella la mamá del judío y la abuela, con recetas de cocina incorporadas, costura, bordado, y una tía que fue gran actriz, y otra médica, a fin de que más o menos se vean todas las realizaciones del género. En el caso del indio, también puede haber algo de la genealogía, cocina, bordado, etc., y en cuanto a otras profesiones, una maestra y una enfermera, suficiente, no sea que quede inverosímil. Pero, como el indio además de ser mucho más joven, no conoce sino hasta la localidad de Mercedes, provincia de Buenos Aires, precisamente donde estaba la zanja de Alsina más o menos, mucho no sabe de las costumbres de sus antepasados, mezclados por otra parte con los que andaban por la zona de fronteras, pero sí están la novia, la madre y la suegra, de manera entonces que aparecen las sutiles relaciones femeninas y la subjetividad y los sentimientos entre todas estas, cosas que van de la sensualidad que brota del cuerpo de la novia, las reflexiones sobre el amor y la vida en general, en la cocina mientras toman mate, hasta el gualicho que le preparó la suegra a él, y le provocó, como bálsamo de Fierabrás, una descompostura tipo diarrea estival que lo obligó a tomar agua de arroz, cereal que desde entonces odia. Por tanto, las narraciones de los dos presos dejan paso, cual entrada triunfal de Aida, a las voces de estas mujeres ocupando todo el escenario, igual que quería hacer la tía actriz del judío. La historia termina cuando amanece, lentamente, sobre la ciudad de Buenos Aires y la Aurora de rosados dedos va cubriendo la Casa Rosada, por ejemplo. Como no les pasó nada a los dos apedreados y fue cosa involuntaria, y como se comprobó la inocencia del más estafado por el rápido movimiento del abogado que también planeaba irse con la mujer del judío, pero como el goi le ganó de mano, decidió meterse en la venganza, ambos quedan libres. A la salida, la madre, la novia y la suegra del indio lo están esperando, todas amigas y cariñosas, el indio se compadece del pobre judío al que solamente lo espera el chofer de la empresa, y le regala un collar trenzado. El judío le da las gracias y su tarjeta de la empresa.

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