La maldición de Cooke
Por Horacio González
[A propósito de una biografía de Jonn William Cooke, Horacio González reflexiona sobre el desarrollo de la no ficción en la Argentina y sobre las banalizaciones de estilo, coincidentes con cierta tendencia mediática actual que el género puede albergar.]
La novela histórica es un género ambiguo, que tanto puede deberle a Marguerite Yourcenar como a la investigación periodística. Las dificultades para situarla obligaron a los grandes diarios norteamericanos a presentar el nombre de non fiction para dejar abierto el terreno a algo que, sin ser ficción, le otorga un clima “novelístico” a los grandes dramas históricos. Herencia del romanticismo, pero dedicada ahora a interesar a los grandes públicos lectores de todo el mundo. De este modo, se satisfaría la angustia por el relato histórico, lo que es una evidencia del amor de todos los pueblos por el folletín. La televisión bien lo sabe. Se rescriben así y se ficcionalizan episodios históricos que reverberan en la memoria contemporánea con su cuota de arquetipos consentida y aceptada.
En la Argentina, después de Rodolfo Walsh, no es fácil escribir ese tipo de textos –como no lo es en Estados Unidos después de Truman Capote–, pues ambos dejaron obras maestras de esta gran especie híbrida. Pero contribuyeron a perfilarla como una gran literatura, utilizando libremente las armas periodísticas y, a la vez, puliéndolas. La noción de investigación periodística es lejanamente deudora de la investigación científica y de la policial. Y esta última, influenciada además por la saga de los detectives privados de las grandes y desgarradas metrópolis capitalistas. Este género (“policial negro”, esto es “maldito”) debía asociarse a la capacidad de denunciar injusticias, de presentar a hombres frágiles en su lucha ingenua pero conmovedora, de escritores perseguidos, contra el Leviatán represivo.
Se proveía entonces un alimento de símbolos e imágenes muy significativos a la voracidad narrativa y folletinesca de los grandes públicos. Eran textos dignos, elevados –en Walsh está el eco de Borges y aún de Cortázar–, capaces de crear una conmoción moral y por lo tanto un enriquecimiento de la conciencia histórica del lector. Así fue Operación Masacre, donde el hilo trágico de la violencia estaba sostenido en un contrapunto enjuto y clásico de la voz narradora, cuyos ribetes jurídicos o sumariales, meticulosos en dar cuenta de las retículas de la realidad oculta, eran cruzados por diálogos que estallaban repentinamente en medio del andamiaje severo y dramático de la historia.
Operación Masacre deja entrever un personaje, el comisario De Paula, de la comisaría de Moreno, que en cierto momento le tira una frazada a uno de los que pudieron salvarse del fusilamiento, y le dice: “Tomá, pibe, esto no se puede, pero la noche está fría”. Lo que le tira es la frazada del perro de la comisaría. Walsh comentará entonces que el personaje preso era “el perro sarnoso de la Revolución Libertadora”. La frase del diálogo estaba lejos de la non fiction; pertenecía cabalmente al drama de todos los involucrados en esas jornadas donde se entrecruzaban el bien y el mal. El peso de lo hablado por los personajes no era una novelización sin consecuencias morales en el tejido dramático de los hechos, aunque estuviera tratada literariamente. Es que el horizonte de verosimilitud histórica, al que la literatura contribuía con sus metáforas y su fuerza moral, precisaba de alegorías de todo tipo para llegar a la verdad de la historia. Esa paradoja funda los mejores logros del género del periodismo de investigación y del relato novelado del itinerario de las figuras públicas de un período histórico.
Libros como Recuerdos de la muerte, de Miguel Bonasso, Almirante Cero de Claudio Uriarte o Robo para la corona de Horacio Verbitsky –citando apenas un manojo de ellos–, retomaron la idea testimonial con recursos del periodismo de investigación, que Walsh decía –sin duda con desmesura– que iban a reemplazar a la “novela burguesa”, manteniendo las formas del género sin perder de vista la responsabilidad social y lo que los franceses llamaron alguna vez “el combate por la historia”.
Así se forjó una alta escuela argentina de periodismo novelado –o como se llame– que exploró los más diversos temas de la actualidad nacional, hurgando documentos, entrevistando a testigos, reconstruyendo la historia inmediata (o, como se dijo, la historia del presente) con instrumentos muchas veces precarios, pero con vocaciones de escribir biografías de personajes notorios –que en años más serán nombres sin duda desvanecidos, quizás a diferencia del Di Giovanni de Bayer–, con mayor o menor destreza narrativa y el auxilio de profesionales de casas editoras a modo de peritos o técnicos respecto a una rara –y por qué no– objetable sapiencia sobre lo que el público desearía leer.
No es raro que de tal forma, a pesar de los logros del género, la historia quede a merced de nuevos escritores desinteresados de la gran cuestión que ahora se presenta. Nadie les reprocharía que estén muy lejos del lenguaje universitario y sus nociones documentales y regímenes de citación (a su vez encapsulados en lecturas que demasiadas veces se alienan del necesario dramatismo que tiene el ser de la historia), pero sí que la adquisición de un nuevo interés en la lectura masiva del pasado opte por estilos leves, banalizadores, obtenidos sin más del conjunto de tecnologías expositivas de los medios de comunicación.
Circunscripto así el debate, quizás también estemos transitando ahora los últimos destellos negligentes del género, su verdadera dilapidación y –quizás– su congelamiento en ciertos productos eficaces –hasta escritos con profesionalidad y previsible maña– que, sin embargo, se acercan peligrosamente al desmantelamiento de la idea misma de historia.
Una víctima reciente es John William Cooke, tomado por una biografía escrita por Franco Lindner, cuyo subtítulo es: El heredero maldito de Perón. Lo que vamos a decir a partir de ahora no pretende embestir contra un joven autor, poseedor de buenos recursos de escritura periodística, que ya estandarizados, no dejan de revelar aprestos habilidosos. No queremos ser sañudos y ceñudos con un género que tiene lectores y cultores cuantiosos y que inicia en la escritura a camadas enteras de nuevos periodistas. Pero hay distintas formas de convocarlo si queremos que sea el intermediario entre formas dignas de diseminación de la lectura y una noción elemental de respeto por las molduras complejas de la historia. Ello no ha ocurrido en Cooke.
Franco Lindner, el autor de Cooke, posee destreza para situar detalles –la afición por la cocaína de Cooke, el cigarrillo para fumar en la ducha con un brazo afuera, esta última buena imagen–, los amoríos incesantes de su compañera, Alicia Eguren. Pero todo ello parece surgir de tonos burlones y de descrédito hacia la multiplicidad de planos de toda historia y toda biografía. Ausente esa espesura, todo gira hacia climas farsescos, propios de una mediocre comedia de enredos, mientras las frases de los personajes caen a plomo por el peso soberano de su inverosimilitud.
Estamos leyendo, sin que esto acaso haya sido la voluntad del autor, un conjunto de sentencias acusatorias y sátiras apresuradamente montadas sobre los compromisos políticos –el de Cooke, que merecía una observación más aguda por su modo de cruzar como flecha amarga la historia nacional reciente– y los de la pasión política en general. Los diálogos, entonces, se tornan latigazos irreales, ajenos a las voces que los profirieron, despreocupadamente imaginados por el escritor de non fiction, que tuvo toda la libertad de atribuirlos sin ninguna precaución ni recreación verosímil.
Límites del género, se dirá. Sin embargo, ya vimos que este ámbito donde se cruzan periodismo y novela dio grandes frutos, y el propio Lindner no está desprovisto de ingenios. Pero el principio de verosimilitud aquí se ausenta dejando a pobres personajes de cartón hablando con énfasis frívolos, en un coloquialismo latoso y canchero en donde, ahora sí, la noción de “cocaína”, abundantemente solicitada, juega un papel central en un epítome de holgazanas imputaciones. No aparece entonces el relato histórico, cualquiera que sea. La explicación de la devastación actual de la historia, ¿la obtendremos quizás del hecho de que vivimos una época despojada de esperanzas colectivas y de festejo de ironías rápidas que favorecen la indiferencia?
Los períodos del relato del libro Cooke se enlazan así con forzamientos que suenan gratuitos, a no ser que se estuviese escribiendo una gran novela, y entonces un bombardeo y la ruleta del casino pudieran relacionarse en la misma elaboración conceptual, donde el poder de la vida cotidiana o del detalle existencial ocurriría dentro de un horizonte colectivamente atormentado.
Leemos en Cooke: “Quedaba el contralmirante Rojas, que había descargado los cañones de guerra contra Mar del Plata, donde John solía apostar su sueldo de diputado en largas noches de casino”. La licencia novelística, desde luego, permite acercar el hecho militar, la expresión “cañones de guerra”, a los hábitos de juego de Cooke, pero hecho con desatención hacia la imbricación problemática de lo cotidiano con lo bélico, consigue mostrar siempre un único plano indiferenciado donde la historia se trivializa y lo cotidiano toma el papel de una mera socarronería. Un enviciado John William Cooke queda atrapado por el gusto por el juego y por la cocaína, descartado todo intento de que pueda pensarse la historia como un evento capaz de superar una mordacidad persistente. Ella recorre todo el libro. Bombardeo y casino resultan lugares comunes, intercambiables. No estamos ante una verdadera ironía de la historia. La vida cotidiana (en vez de realzarse) opera como mueca burlona de una historia de marionetas.
Cooke, el verdadero sujeto histórico, era un escritor con nervio apto para las grandes descripciones y para la escucha de los tejidos íntimos de la conciencia pública; lo sabemos lector no profesional de grandes obras literarias, quizás de un Baudelaire pasado por Sartre, de donde saca quizás la famosa frase del peronismo como hecho maldito, que a nadie consta que la tome, como dice Lindner, de lo mismo que habría dicho Sartre sobre el gaullismo.
Era asimismo un personaje que se propuso lo imposible; pero, a ese imposible, supo colocarlo como dilema de una gran teoría, con lo cual era un imposible “maldito”, esto es, realizable en la literatura sobre la historia, si no en ésta cabalmente. Consistía en mediar entre la lógica, el ritmo, el vocabulario del drama social argentino y lo que aparecía con el énfasis caribeño de un marxismo armado que, a través de Guevara, ensayaba también nuevas dimensiones en el tesoro de la lengua política. El fracaso de Cooke –su último escrito es irónico y pesaroso– quizás mide una imposibilidad que, más que de él, era de la historia transcurrida, que para lo que él imaginaba tenía más límites que potencialidades.
Lo maldito es una voz no tan ajena al existencialismo, a la acción incompleta que pena por no alcanzar su objetivo, al acecho de lo inerte que nos dice que la reflexión no está al nivel de las cosas. Esta pieza lingüística se hizo fundamental para interpretar los años sesenta y Cooke era portador de ella. Lo maldito como pensamiento de la distancia entre el pensar y lo real pudo haber alcanzado a la lengua de la novela histórica y al periodismo de investigación para enriquecerlo. Con ello, sus recursos podrían abarcar todos los planos de la acción, dándoles corpulencia y humanidad, sin que necesariamente imperara, como en el libro Cooke, sólo la cuerda mordaz y, hasta por momentos –debo decirlo–, malintencionada.
Los actos políticos, la guerra en tanto “plan de operaciones”, las angustias del sempiterno conjurado y el epistolario entrelazan sus dimensiones. Así es en John William Cooke. Su epistolario con Perón es una correspondencia estremecedora. Acierta Lindner al decir que Cooke andaba todo el día con esas cartas, aunque no explique el tamaño de ese gesto nostálgico y desgarrado. De esa comprensión, estuvo más cerca Leónidas Lamborghini en su gran obra, poco conocida, Perón en Caracas. “Los destruiré uno a uno con mis cartas”, le hace decir Lamborghini a Perón exiliado. Esa frase no dicha por nadie, en la voz de Perón asume la ficción de una historia profunda que vuelve por sus fueros de verdad en el acto fulminante de la epístola, arma vital de los desterrados.
El libro Cooke no supo de esas frases, sin duda llenas de odio e ingenuidad, pero que muestra el necesario contraste de planos que, de no ocurrir, dejan al lector ante una historia desmantelada.
Este artículo apareció en la revista Debate

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