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Densa acumulación de tedio

volpiPor Oliverio Coelho

Resulta difícil hablar de un libro que no ponga al lector en ningún tipo de aprieto emotivo o sensorial. Parece innecesario escribir sobre un libro cuya sinopsis puede resultar impecable a la hora de ser vendido en una feria pero que en su ejecución, como sucede en muchos de los textos que circulan en el mercado literario internacional, termina siendo deficiente. De hecho sería redundante discurrir sobre una novela fallida –que no es necesariamente una novela mala– si el autor del libro no fuera Jorge Volpi, un estereotipo de escritor latinoamericano que  uno tendería creer está en extinción: diplomático, respetuoso de la alianza entre elite cultural y clase política que en la república de las bellas letras mexicanas sellaron Octavio Paz y Carlos Fuentes.

Desde hace tiempo, tal vez desde su celebrada novela En busca de Klingsor (1999), la devoción de Volpi por fórmulas asimilables por el mercado es inversamente proporcional a su inversión literaria. Esto no es en sí un valor negativo ni positivo; esta desinversión o retroceso estaría justificada si el autor lograra un best seller a partir de la revitalización de sus propios lugares comunes. Hay escritores comerciales -Stephen King, sin ir más lejos-, en quienes la misma fórmula desata un estilo inconfundible. Para lograr esto, sin embargo, hay que saber tramar; también un best seller exige talento y, sobre todo, eficacia en el procedimiento narrativo. No alcanza con un asunto seductor.

El dilema que genera La tejedora de sombras proviene de que no logra cerrar como novela comercial, ni presenta un buen argumento o un universo personal, ni porta en su prosa algún tipo de característica distintiva, más allá de una lírica solemne y compatible con el espíritu de la época en que transcurre la novela. En este punto, es un libro ejemplar por lo que no fue: intenta ganar por ambas líneas, pero deja abiertos demasiados flancos. En relación a novelas más recientes del autor, como El fin de la locura y No será la tierra, podría considerarse el borrador de un proyecto más extenso. Ambientada en la primera mitad del siglo XX, la historia gana verosimilitud a partir de su base documental –diarios, dibujos y fotos-, e involucra a dos parejas norteamericanas de la alta burguesía interesadas en el psicoanálisis y seguidoras de uno de los precursores del psicoanálisis, Carl Gustav Jüng. A lo largo de doscientas sesenta páginas, cambios de tono, de escenario y puntos de vista, diálogos que orbitan en torno al corazón de la novela -el diario de Christiana Morgan-, no logran sostener la tensión inicial ni inquietar con alguna problemática, porque falta la voz resuelta de un narrador capaz de combinar todos estos artificios y encauzarlos hacia un registro que trascienda la acumulación de hechos y tonos.

La tensión insinuada en las primeras páginas proviene de los encuentros de dos parejas amigas, por un lado Christiana Morgan y William, y por otro Josephine y Harry Murray. Christiana y Murray mantienen una relación de amantes que evoluciona en el tiempo, una relación de alguna manera supervisada por Carl Jüng en las sucesivas entrevistas que por separado tienen en Zürich. Sin embargo, también la relación de estos amantes parece concebida por un narrador neutro. Retazos de sexualidad afantasmada flotan en la novela como chatarra. El diario de Christiana por momentos es gratamente melodramático, pero el relato en ningún momento parece, pese a su estructura de sonata, llegar a un andante.  El volumen y la densidad que la protagonista cobra en pasajes de su diario, se aplana cuando el narrador omnisciente interviene e intenta ilustrar el carácter de “esa mujer que confrontó el universo masculino de su época”.

Lo cierto es que el anclaje documental, los dibujos de Christiana y las fotos de los protagonistas reales que el autor obtuvo tras una exhaustiva investigación, son lo mejor del libro y cada tanto nos salvan de un tipo de tedio que en la lectura puede llegar a transformarse en simple incredulidad o risa. El tratamiento de la relación amorosa secreta resulta tan previsible, que los trances de Christiana y las tribulaciones de Harry Murray, a la larga, producen el efecto empalagoso de una sátira.

En definitiva, La tejedora de sombras podría ser tomada como modelo de novela subescrita. Resulta llamativo que la generación a la que adscribe Volpi, junto a Ignacio Padilla y Pedro Ángel Palou, autodenominada generación del Crack, se haya propuesto casi quince años atrás como ruptura con el Boom, pero sólo exagere guiños demagógicos. Bastó poco tiempo para aclarar el malentendido: la generación del Crack no hizo más que invertir la carga folclórica del realismo mágico y crear un hibrido que busca en un espacio –el viejo continente- y en un periodo -la primera mitad del siglo XX-, un tipo exotismo que, pese a las buenas intenciones, no resulta cosmopolita y señorial, sino provinciano si uno lee con atención a ciertos escritores europeos -de Robert Musil a Vasilli Grossman, pasando por Henrich Böll- que buscaron en el revés de la historia las raíces de la tragedia.

Publicado en Suplemento Cultura de Perfil Diario, 05-08-2012

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