Gwener y el árbol
(Segunda tanda de deportados)
Por Ana Camusso y David Wapner
De nuevo aquí, en la terminal de ómnibus de Arad, bajo el sol de este infierno, despidiendo a nuestos vecinos de Sudàn del Sur, expulsados de Israel, enviados al hambre, sequía, tifus y malaria, guerra y desesperación de su país recién fundado, el estado reconocido por Naciones Unidas número 198.
Mañana vuelvo
¿Te vas?
Si, a Sudán, dice Gwener, vestido con un trajecito gris oscuro, camisa blanca, corbata estampada. Un hombrecito de cinco años, parece que viaja a una fiesta. Confirma que vuela a Sudán, “primero nos llevan a un hospital, nos sacan sangre, nos ponen vacunas, y de ahí nos llevan hasta el avión. Pero mañana vuelvo a mi casa” Ya lo habían inscripto en primer grado.. No pudo ser, No podrá ser, este niño israelí, igual que su hermanita menor, Sandi ha sido expulsado junto a su familia sudanesa a Sudán del Sur. Aquí está, junto a nosotros, Sandi, de cuatro años. A Gwener y Sandi los conocimos el día anterior, en el “happening” de despedida que organizaron para ellos en la Escuela Democrática de Arad. La idea fue de Morán Mekamel y Aya Lambert, dos jóvenes activistas de la organización Estudiantes de la Universidad Ben Gurión por los Refugiados y Solicitantes de Asilo, con la colaboración del grupo de voluntarias “Keshet”, de Arad. Mesas con diferentes actividades, al estilo kermesse. Los chicos se disfrazaban, se pintaban las caras, hacían girar aros de colores alrededor de sus cinturas, saltaban, reían, corrían por todos lados. Pocos niños “blancos”, compañeros de escuela, en la despedida. Unos tres, a lo mejor cuatro.
Un tronco fuerte del que Gwener se aferra
Nuestra esquina es la del árbol de adobe, con arcilla de Arad que preparó Eitán, el maestro de arte de la Democrática, un tipo bueno, muy afectado por lo que está pasando: cada semana son expulsados un puñado de chicos de su escuela, alumnos suyos. Eitán planta un tronco fuerte, un gran bloque de arcilla. A partir de ahí, comenzamos a trabajar. No recordamos los nombres de todos los niños que aportan, pero no nos podemos olvidar de los hermanitos Gwener y Sandi, y de Jueyce, (a nosotros nos suena “Joyce”), hija única, de 12 años. Entre todos vamos agregando barro y clavando ramas. Y a medida que el árbol crece, hay que poblarlo. Pájaros, víboras, insectos, flores, hojas con Gwener y Sandi a la vanguardia. Gwener huele el barro que va sacando de un tacho de veinte litros, y nosotros lo imitamos. Y hasta hay otro chico que lo prueba con la lengua. Sandi amasa bolitas que son flores, y las va colocando en las ramas. Gwener modela un hombre, que coloca de pie, junto a un hueco del tronco, en donde asoman una lechuza y su cría. Hace también un bebé y lo acomoda dentro de un nido con pichones de un pájarito. Pega hojas verdes en las ramas, y para que el hombre de barro no se aburra, le inventa un juego: un recipiente con huecos dentro del cual el hombre deberá embocar una pelotita. Jueyce, en tanto, nos pide que le hagamos un zorro, y se lo hacemos, y dejamos que se seque. Una hora después, a Jueyce se le cae el zorro de las manos, cae al piso y se rompe. Te hacemos otro, proponermos, “no importa, no tiene importancia”, dice Jueyce. Insistimos y le hacemos uno nuevo. Jueyce, tan sabia, no se hace ilusiones. Sabe que lo que se rompe no tiene retorno, que el tiempo apremia. Hay que aprovechar el tiempo, apurarse, no detenerse, hacer, hacer, rápido, mientras se pueda. Ella volará expulsada el 1 de julio.
Pero Gwener tiene cinco años, y mañana, afirma, regresará a la escuela para continuar haciendo el árbol. El mañana, una utopía sólo al alcance de la infancia. Un dios que se desvanece a medida que crece la conciencia.
Maletas rotas
Unas ciento cincuenta personas, entre expulsados, gente que se queda un poco más y algún vecino de Arad con culpa.
Nelly, la esposa de Amoz Oz, reparte sachets de leche chocolatada entre los chicos.
Esta vez hay agua, la ONG ASSAF instaló un puesto.
Un funcionario de la municipalidad oficia de “cara buena y amable”; nos ofrece hacernos una entrevista para la revista local, Hatzví, quiere mostrar que no todos en Arad son racistas; rechazamos.
Pasa dos, tres veces, una escuadrilla de cazas F-16 de la Fuerza Aérea. Vuelan bajo, bien visible cada avión.
“Es el síndrome del abusado-abusador”, puntualiza Jeshúa, activiista norteamericano y predicador, “negro indio”, él se define. Defiende la idea del “arcoìris”, y pregunta, ¿por qué en la agrupación Arcoíris, que trabaja con los refugiados, que es pluralista, por qué, pregunta, en sus reuniones concurren sólo blancos?
Esta vez no hay cámaras de la televisión y los diarios, sólo Ben Shif, de Hatzvì, se hizo presente.
Las maletas se apiñan en los maleteros de los micros. Cargadas a reventar, no aguantan la presión, y se van rompiendo sus partes de plásticos, sus asas telescópicas, retráctiles. Sobre el asfalto se van esparciendo los pedazos.
Y quedan sin cargar unas veinte maletas. Los conductores de los micros dicen que no entra más, y hay discusiones, idas y vueltas, tensión. Deciden bajar todas las valijas y distribuirlas de nuevo.
Los agentes de migración hacen conteo, hay una familia que sobra. Se quedan.
Saluda Gwener
¡Y Gwener! ¡Y Sandi! Los besamos, y le decimos a Gwener que va a estar bien,
y que él va a ser un artista. Asiente y confirma que mañana vuelve.
Ya me tengo que iir, avisa.
A las doce del mediodía se mueve el primer micro. Recorre cuarenta metros y se detiene.
Espera a que el segundol se le una.
Esperará una hora más, todavía.




Comentarios (no hay comentarios)
no hay comentarios para este post.
Dejar un comentario