Ingreso

Articulo

El engordado

Por Pablo Omar Katchadjian Genovese

A la memoria de Gabriel Báñez:

el próximo 9 de julio se cumplen 3 años de su partida.

[Aproximadamente 5496 palabras es la cantidad decantada –o lo que queda- una vez extraídas todas las oraciones de El Aleph, cuento original de Jorge Luis Borges, a la versión engordada por Pablo Katchadjian y que fuera motivo de una demanda en el fuero penal argentino por parte de sus derechohabientes. Dicha cifra no incluye la “Posdata del 1¼ de noviembre de 2008” que, a continuación, se reproduce al principio, pues es atinente a los efectos de aclarar a qué viene el texto decantado y, además, es el único párrafo en donde Katchadjian escribe sin interferir o intervenir el texto original, mientras que en dicha mixtura también hace de colofón. Sobre su contenido: el subrayado es mío, porque no es verdad que no haya alterado el texto original, palabras, comas, puntos. En lo que se reproduce, entre corchetes [ ], el lector encontrará lo omitido o modificado del texto original. Incluso, una oración llamativa: “vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó”, que fue suprimida por completo. La omisión, tal vez, fue involuntaria, o no tanto. Su significado puede referir a la lectura final del texto perimido: el original borgeano es todos los espejos del planeta, y Katchadjian, aún inteviniéndolo, no se veía reflejado… ¿Profecía autocumplida? Dejo aquí la materia por la que –Porlock, diría Chitarroni– el poeta, novelista y profesor universitario, ha dado entrevistas, comentado, ufanándose de un trabajo intelectual. Leerlo así, desnudo de original, da un sentido muy distinto a todo lo dicho por el autor y sus apóstoles. Ahora bien, el ordenamiento es sucesivo, y a cada oración-palabra de Borges sustraída corresponde un salto de línea, vale decir, que cada línea completa representa una “mancha de intromisión”, esto incluye dos notas al pie del texto original de las que no existen referencias más que en lo que tienen agregado (nota 1) y lo que nada (nota 2). Tampoco queda la referencia numérica a las dos notas dentro del cuerpo del texto, pues se fueron con el texto nativo porque a él pertenecían. En sí, y para sí, lo que se lee es el crudo agregado. La firma autoral que figura en el encabezamiento entremezcla mi nombre y del interventor-engordador, y en alguna medida es una alegoría de su atrevimiento. Finalmente, mi trabajo ha sido el de un catalizador químico: quedaron las moléculas impuras, aquello que, en apariencia, ya no es literatura, ¿o sí? Veamos dijo el rápsoda y cayó al precipicio.]

“Posdata del 1¼ de noviembre de 2008.

La posdata del 1º de marzo de 1943 no figura en el manuscrito original de «El Aleph»; posterior a la escritura del cuento, es el primer agregado y la primera lectura de Borges. Esa posdata es la única parte que quedó intacta en este engordamiento. El resto, de aproximadamente 4000 palabras llegó a tener más de 9600. El trabajo de engordamiento tuvo una sola regla: no quitar ni alterar nada del texto original, ni palabras, ni comas, ni puntos, ni el orden. Eso significa que el texto de Borges está intacto pero totalmente cruzado por el mío, de modo que, si alguien quisiera, podría volver al texto de Borges desde éste. Con respecto a mi escritura, si bien no intenté ocultarme en el estilo de Borges tampoco escribí con la idea de hacerme demasiado visible: los mejores momentos, me parece, son esos en los que no se puede saber con certeza qué es de quién.

A Jacqui Behrend.”

were it not that I have bad dreams.

y húmeda

finalmente

y extensa

ni tampoco al abandono y la indiferencia,

y plástico

, junto a la boca del subterráneo,

mentolados; o sí, sé o supe cuáles, pero recuerdo haberme esforzado por despreciar el sonido irritante de la marca;

, Beatriz,

que acabarían por destruirme también a mí. Tenía ya, un poco debido al calor y otro poco a mi nerviosismo, el cuello de la camisa completamente húmedo; me saqué la corbata y, como ofreciéndole el gesto al fantasma de Beatriz, la tiré a la basura; inmediatamente me arrepentí y estuve a punto de meter la mano en el cesto para rescatarla.

, una vanidad autoindulgente que también me generaba una vergüenza doble cuando la descubría responsable de actos como el que acababa de realizar.

a Beatriz hasta el punto del vituperio

Los insultos y burlas que tanto me habían dolido desaparecían con ella; justamente, la corbata preferida de Beatriz era ahora el símbolo del comienzo de su segunda muerte. La interpretación me animó, aunque sólo se trataba de un paliativo para no sufrir la pérdida de una corbata tan fina.

sedado y ausente

verde con paredes forradas de seda rosa,

, cansada

; Beatriz en los carnavales de 1922 disfrazada de sirena, rodeada de hombres

de

ya arrepentida aunque alegre.

, rodeada de hombres y caballos; Beatriz, en líneas duras, dibujada por Dela-Hanty en 1925;

(Daneri); Beatriz, desnudada por un pintor cubista; Beatriz, con uno de sus supuestos novios;

Rawson; Beatriz con fondo futurista, aún joven, con un libro brillante entre las manos;

a escondidas

Un día, incluso, aburrido y con buena voluntad, llegué a cortar las páginas de algunos libros que no habían sido regalo mío.

o veintiséis

temprano [tarde]

más tiempo [un rato más];

y ofrecerme una cama para pasar la noche. La cama estaba sucia, pero yo dormí contento.

y un vino patero

y luego, con la excusa de que mi casa estaba siendo pintada, me quedé a dormir

, que invariablemente aparecía en mi habitación a las cinco y cinco de la mañana y me preguntaba varias veces, con volumen creciente, si dormía; luego me tocaba escucharlo semiconsciente por una hora hasta que me levantaba, me vestía y desayunábamos juntos. A la cuarta vez descubrí que había quedado prisionero de un ritual anual que me disgustaba; el disgusto, de a poco, fue pasando del ritual a Carlos Argentino; sólo pude disfrutar del ritual anual que me disgustaba; el disgusto, de a poco, fue pasando del ritual cuando Carlos Argentino se convirtió para mí en alguien ya del todo insoportable y, por lo tanto, irremediable y especial.

como una torre italiana

racional, una decisión involuntaria

mente rosado

y afilados

húmeda y desordenada

y lúcido

y necio

cuando habla mueve las manos como si quisiese hacer circular el aire viciado; cuando se enoja se pone colorado y sus rasgos, podría decirse, engordan; curiosamente, esos rasgos engordados resultan mucho más atractivos que los finos y filosos originales. Medité mucho sobre esto sin llegar a conclusiones firmes hasta que, medio en broma, o al menos sonriendo, hojeé en mi biblioteca la primera y probablemente única edición (París, 1663) de la obra de Peruchio dedicada entre otras cosas a la fisiognomía y llegué, por azar, al dibujo correspondiente al tipo del «extravagante» que si bien no se parecía en nada a Daneri en estado de reposo sí resultaba sorprendentemente similar al Daneri engordado. ¿Qué más se puede decir de él?

; es capaz de resumir en pocas palabras los libros más complejos de un modo que uno llega a preguntarse si realmente fueron alguna vez complejos. A causa de este perverso ejercicio suyo me vi obligado a releer libros que había olvidado para descubrir que, paradójicamente, la complejidad seguía ahí a la vez que el resumen de Carlos Argentino era preciso. Sobre esto no medité, lo atribuí al misterio. Siempre, por lo demás,

de pianista vienés

o quizá por ambas cosas: por la gloria intachable de sus baladas. ["Es el Príncipe de los poetas de Francia", repetía con fatuidad.]

: todas sus comas son perfectas.» Cuando hablaba de esta forma afectada ese italiana se transformaba en un ceceo que anulaba la afectación, como si él mismo tratara de burlarse de su tono. Era, a pesar de todo, una estrategia inteligente, aunque tenía consecuencias. Un día, antes de despedirme hasta el año siguiente, maliciosamente se lo hice notar; se retiró sin saludarme. Al año siguiente parecía haber olvidado el asunto; no me sentí responsable por la agudización del ceceo.

[treinta]

y al vino patero

de Paul Fort

aunque predecible

como la de Montaigne, quizá, pero cuadrada

de banderines

, de luces amarillas,

de posters coloridos, de botines… [de boletines]

hasta aplastarlo. Lo gratuito e inadvertido de su herejía me hizo sonreír. Pero

de todos modos,

peor

de la época; con demasiada pedantería,

y publicaba un librito.

molesto

ceceando y con los rasgos un poco engordados

, [:] que

[Canto Augural, Canto Prologal o simplemente]

desde

veinte [muchos]

y barata

y que su extensión le impedía pensar en un librito: ya tenía más de mil páginas. Luego, satisfecho con la confesión aunque nervioso, me reveló su método como si de un secreto se tratara

finalmente, soplaba

gran

el lujo lingüístico

Entusiasmado, ceceando y ya notablemente engordado, agregó que tampoco faltaba la literatura. La palabra quedó resonando alrededor nuestro: yo quedé confundido. ¿Qué quería darme a entender? ¿Se trataba de un ataque personal? ¿Su nariz había tomado la forma de dos bombones pegados y semiderretidos; los párpados se habían hinchado como los de esos peces del jardín japonés, hasta cubrir por completo los globos oculares. No podía verme, y eso lo alentó para estirar las manos, también gordas y blandas, y tocarme la cara. Me corrí, asqueado. Oí sonidos que salían de sus labios inflamados. «¿Qué Carlos? No te entiendo», le dije, liviano y todavía sobrador. Pero inmediatamente sentí vergüenza y culpa por su estado. ¿Por qué había dicho eso del librito? En un intento por deshincharlo,

brevísimo, de la gran obra. Le expliqué que su descripción me había entusiasmado y que no me iría sin oír más no fuera dos versos cortos. Luego de mentir así sentí que enrojecía de vergüenza; paralelamente, Carlos Argentino empezaba a deshincharse. Con manos todavía gomosas

gruesas

que se le cayeron y desparramaron por el suelo; me agaché para levantarlas y, ya en el piso, descubrí mi torpeza; él las había dejado caer a propósito. Cuando me paré y se las alcancé, vi que el placer de la venganza lo había deshinchado del todo; ya era el mismo de siempre, fino y filoso. Me miró con arrogancia

divertidos

y el lamido

, escribo

autor [autour] amig.

el pedante

del tratadista

pública que por esta vez recibe mis caricias con la adjetivación del final

lista

o del contenido

más o menos

alterados por la autorreferencia final, pura metaliteratura

mediante la frase engarzada

amigo

y bajos

, ¿se entiende?, del chiste

y delicada

ni grosería

… no, cuatro

y la cuarta a un gran poeta del país amazónico…

Mientras en mi cabeza resonaba desagradablemente el nos de su «no nos guste», Carlos Argentino me leyó y releyó [Otras]

y desbordado

realmente

; luego, el azar, la resignación y la aplicación; siempre doble y espejado, en ese orden. [;]

, sin duda, aunque esto permitía elaborar y sospechar toda una teoría de la inspiración. ¿O era que la crítica sólo tenía lugar cuando la literatura se retiraba? Misterio…

los

. ¿Aunque no ocurría a veces eso también? ¿No era posible pensar en poetas que se tomaban ese trabajo y tenían éxito en modificar la obra para los demás? Porque si no, ¿creía yo en la inspiración, así, sencillamente, y en la objetividad del trabajo del crítico? Estaba, además, la forma del recitado.

y por momentos ceceante

o quizá Poly-Olbion

la minería,

basándose, sobre todo, en la Britannia, de William Camden. La primera parte se publicó en 1612 y la segunda junto con la primera en la edición completa de 1622; esa edición, que es la que pude consultar esa única vez en casa de H., un coleccionista, incluye una ilustración que cada tanto vuelvo a ver en sueños. Es la correspondiente a los ignotos condados de Glamorganshire y Monmouth-shire, que si bien resulta similar a otras del mismo libro y de otros libros de la época, tiene algo que inexplicablemente me perturba y me produce una alegría oscura. En todo caso,

el Poly-Olbion, es [ese]

[,]

sabiamente

[,] a lo que se proponía —en palabras del propio Drayton: «a chorographicall description of this renowned Isle of Great Britaine»—,

muchísimo

Éste, más ambicioso e ingenuo,

un espacio oculto e irregular dentro de un ladrillo hueco de una de las paredes de su casa

las columnas de un templo pagano de Armenia,

, algunos grabados pornográficos hechos por presos de la Isla del Diablo,

el interior y exterior de una casa de masajes de Ámsterdam

octodecasílabos con apariencia de

estirados

alarmante

que recuerdo

que me gusta

de cemento

muy incierto

y vida injusta.

¡

! ¡Más de dos!

son muchas.

Geórgicas

en el mismo verso, la confesión del poeta de que esa rutina le gusta, de tal forma que el rechazo en una primera instancia de lo bucólico se convierte así en una aceptación plena pero subjetiva, y, por lo tanto, definitivamente moderna y hasta masoquista. Una tercera, que me hincha el orgullo, la inclusión sorpresiva, totalmente novedosa la mires por donde la mires, del cemento en un paisaje campestre. Una cuarta:

amanerado

viril y argentino.

re

, si puedo llamarlo así,

, para luego al final (incierto) dudar del dato dado: aquí el masoquista se vuelve sádico.

por

Eso no me impide, de todos modos, incurrir en la denuncia existencialista de la opresión por medio del paralelismo entre la falta de libertad en un corral y la insatisfacción de los hombres con sus vidas: injusticia y muerte, eso es el último verso.

hasta el 30 de abril siguiente. Pero no fue así.

estaba jugando con las variantes del famoso soneto combinatorio de Quirinus Kuhlmann cuando

Me desagradó un poco al atender escuchar su voz filosa: en mi imaginación, esos aparatos habían sido diseñados para el coqueteo entre hombres y mujeres. Para empeorar mi sensación, Daneri

No, no me importaba, pero sin saber por qué

rápidamente,

pero también, supongo, como un modo de tomar alguna iniciativa en ese encuentro. Noté enseguida, sin embargo, que mi velocidad de respuesta había sido prevista por Daneri. Llegué muy agitado al salón, con ímpetu estudiado, necesitado de restablecer mi figura vagamente dominante en la relación.

progresista

Quinientos, seiscientos, setecientos… «Hablan de miles», me aclaró

guiñándome el ojo. Luego

de memoria

, inadecuada a la situación y al comentario:

, Borges,

de tu querido

Le respondí que sí poniendo cara de que no. ¿Mi querido Flores? Agregué después que si se parangonaba era sólo porque no era más que una imitación, y los primeros a la vez una imitación de otros lujosos locales europeos: si éste y los de Flores se parecían, no podía decirse de los de Flores y los de Europa. Me miró ofendido, y estaba por retrucar cuando vimos que una mesa se desocupaba. Corrimos desesperados a sentarnos, pero antes de llegar notamos lo desagradable de nuestra conducta, por lo que bajamos un poco la velocidad y permitimos, con frases y gestos corteses, que una pareja de ancianos falsamente elegantes se sentara. Nos miramos, Daneri y yo, primero dudosos y luego contentos. El intercambio de sonrisas se interrumpió antes de volverse incómodo cuando descubrimos una mesa que se estaba desocupando casi en la otra punta del salón. Esta vez no corrimos, aunque caminamos lo más rápido que se puede caminar sin correr. Estábamos a dos metros de la mesa cuando vimos a dos hombres acercándose desde el otro lado. No dudé en dar un salto para alcanzarla; ante las caras de sorpresa de los dos hombres, nos sentamos. Daneri me dijo que no me creía capaz de actos de ese tipo. Agregó, luego, que a su parecer el arrojo que antes se exigía a los hombres en las guerras y los duelos se exhibía ahora en situaciones cotidianas. «Y no deberíamos quejarnos ni sufrir por eso», insistió. Miré hacia fuera del local y vi a los dos hombres parados. Daneri tenía razón: con la cabeza baja, parecían soldados vencidos dándose ánimos mutuamente. Volvió a hablar: «Se necesita valor, es indiscutible, incluso para no temerle al ridículo». Había vuelto el sádico, y no me asombró por lo tanto lo que vino después:

[después,] sin preguntarme si deseaba escucharlo,

Celeste le parecía poca cosa; no así cielino. Rojo era invariablemente carmesí, bermellón o granate, lo que no estaba mal, pero ¿qué se podía pensar del cambio de conversión por convertición? ¿Y de amigo por contertulio? ¿Y la llamada por llamamiento, agua por fluido, libro por vademécum?¿Lugar por sitio?¿Barco por embarcación?¿Auto por vehículo?¿Casa por hogar?¿Frialdad por gelidez?¿Cara por rostro?¿Lámpara por Luz? A pesar de todo, su objetivo, me dijo, era sonar espontáneo. Le pregunté cómo se proponía lograr eso. No me respondió y se quedó mirando por la ventana. Insistí, un poco irritado, y lo interrogué acerca del cambio de silueta por figura, pero él no se inmutó: parecía ido. Sentí que Daneri estaba perdiendo la estabilidad emocional. Eso lo hacía más interesante, y noté que incluso me daba algo de envidia: yo era incapaz de perderla; los poetas la perdían. Entendí que en eso consistía su espontaneidad: era capaz de hacer cualquier cosa que quisiera. Yo, por el contrario, seguía asociando la idea de espontaneidad a cierta reminiscencia coloquial en la sintaxis o a una pureza emocional no artificiosa en la elección léxica, pura retórica estandarizada de lo espontáneo. Era una estupidez: la verdadera espontaneidad consistía en armar una retórica propia de la espontaneidad sin pensar en los otros. Su depravado principio de ostentación verbal era espontáneo; mis correcciones y observaciones, amaneradas y pretenciosas. De todos modos, yo no era un practicante de la espontaneidad, y no estaba seguro de querer serlo.

después

literarios y a los periodistas culturales

[los]

Luego agregó: «El problema es que por lo general indican mal» Nos reímos.

Miguel de Cervantes Saavedra,

os

y derrochador

y de banca. Reconoció que eso lo avergonzaba pero que debía pensar en su trascendencia y olvidar su orgullo: «Si hago ahora una o dos cosas inofensivas que me disgustan, quizá en el futuro próximo pueda disfrutar de cierta felicidad y reconocimiento, e incluso de un poco de gloria. Acordarás conmigo en que vale la pena». Sin meditarlo, dije que sí.

Me incomodó el orgullo que sentí y rápidamente exhibí una negativa cortés y expliqué que no me consideraba merecedor ni capaz. Pero

y disfrutando de la humillación a la que me sometía,

Vi que había caído en una trampa: él había esperado a que yo me excusara como prologuista para luego pedirme un favor que, en falta, sin fuerzas y avergonzado, no podría sino aceptar. Dije que sí, que lo haría.

«¿Distraído?», pregunté, ya convertido en trapo viejo. «¿Vamos», me respondió con una sonrisa, mientras se paraba. Y estaba sacando dinero de mi bolsillo cuando agregó: «Yo invito».

como un loco. Después

[para]

e intentando recuperar un poco de dignidad,

digno

ni podría haberlas

Mentirle, además, me devolvía valor y humanidad.

y liviano

el curiosa [o]

gran

y remarqué la palabra gran para que él notara que me estaba burlando. Él lo notó y yo vi cómo se hinchaban un poco la nariz y el cuello. No pude ver más porque

hacerla aparecer ante él, entre nosotros, con familiaridad

ambos ya de por sí infinitos

y hacerme el tonto con Carlos Argentino; c) escribir un prólogo ambiguo y sutilmente crítico, y yo mismo entregárselo a Daneri con la firma falsa de Álvaro, que yo sabía hacer; d) pedirle al hermano de Álvaro, Andrés Melián Lafinur, un oscuro contador no muy lúcido, que hiciera un prólogo y lo firmara «A. Melián Lafinur»; e) escribir a dúo con Álvaro un texto que destruyera las pretensiones de Carlos Argentino con la esperanza de disuadirlo de la publicación; f) decirle a Daneri que Álvaro espera el manuscrito, retenerlo una semana y luego devolvérselo diciéndole que Álvaro lo consideró de un realismo de mal gusto y, en tanto ensayo de duplicación del universo, frívolo y naif, ya que lo real no nos es dado ni resulta nunca del todo nombrable.

Lo acepté y opté entonces yo también por b con la alegría de quien esquiva una decisión incómoda.

Esa inquietud no la había previsto: ¿cómo explicaría mi desidia?

Luego recordé que el teléfono que había reproducido a Beatriz no había sido este, que era nuevo y claro, sino uno anterior, de baquelita negra, que había dejado caer al piso poco después de su muerte. Este recuerdo me perturbó. ¿Lo había hecho a propósito? Me había llevado mucho tiempo animarme a comprar uno nuevo, y ahora me daba cuenta de que para mí los teléfonos no sólo estaban asociados a la voz femenina sino específicamente a la voz de Beatriz, y que si eso no podía volver a ocurrir, ¿debía entonces abandonar la idea de usar normalmente un teléfono? ¿Y debía resignarme a que este teléfono quedara identificado con la filosa voz de Carlos Argentino? Decidí lo siguiente: si él volvía a llamarme, destruiría este teléfono con decisión, tal vez con un martillo.

mi decepción de que nada ocurriera—; luego la siguió

y logré incluso que una amiga de mi hermana con una voz similar a la de Beatriz me llamara regularmente para hablar de cualquier cosa. Las charlas duraban pocos minutos,

el efecto era benéfico. Y todo marchaba adecuadamente cuando,

: todo se oía engomado. Pensé inicialmente que se debía a un desperfecto técnico y golpeé suavemente el teléfono; luego entendí la frase «indignante cosmogonía adocenada». Le dije que se calmara y volviera a llamarme en diez minutos. Cuando lo hizo su voz había mejorado considerablemente, no así su agitación.

progresistas baratos y usureros

y su cuenta bancaria

—¿Qué casa, Carlos?— pregunté, tratando quizá de mostrarle que esa casa era para mí de Beatriz.

ay

—. Esto pasa por ser inquilino. Es inexplicable que nunca nadie haya pensado en comprar. La familia tuvo buenos momentos, pudo haberse hecho… Fuimos la decadencia, mis padres vivieron en la jactancia. No sólo pude evitar reírme sino que, de hecho,

tiempo y de su incómoda finitud

, como el teléfono de baquelita negra.

Insistí. Me respondió que no podía en ese momento pensar en la baquelita.

luego

y capitalista

o más, quizá incluso tanto como para comprarles la casa de una vez. Agregó que podía resultar incluso que acabara quedándose también con el salón-bar.

aunque también se sabía de casos dudosos y de criminales que gracias a él seguían en el oficio. A la vez me asustó: por imposible que pareciera, ya la idea de que Carlos Argentino comprara la casa me producía una envidia negra, y si había alguien capaz de concretar el milagro, ése era Zunni.

, con tono calmo,

por teléfono. La palabra teléfono me hizo temblar. Luego Daneri agregó, con malicia, que Zunni siempre se había entendido con Beatriz. Estuve a punto de cortar, pero en lugar de eso hablé:

—¿Qué significa entendido? Zunni debe andar por los noventa años…

—¿Significar? Bueno, pienso posibles estrategias. Necesito a Zunnicomprometido en esto como sea. ¡No reconozco límites en esta batalla!

—¿Pero qué se sabe de Zunni con Beatriz? Nunca oí nada sobre eso…

Hubo un silencio. Luego

cambió de tema:

del espacio.

[,]

[.]

, mío

y eso me cambió la vida. ¿Para mejor? No lo sé, pero ahora estoy fundido con el Aleph: sólo veo a través de él.

muy empinada;

, siempre sobreprotectores,

, quizá un mayordomo,

de fantasía

lleno de libros infantiles,

en ese momento

de fantasía verdadero, por fuera del papel. ¡Ay, literatura!

con miedo y torpeza,

en la oscuridad,

y entendí por primera vez la secuencia Fibonacci.

¿La secuencia Fibonacci

la secuencia Fibonacci, de Leonardo Fibonacci, siglo doce. Me sentí avergonzado: —No, no la ubico… Aunque me suena…

—Sí, seguro está en algún lugar de tu cabeza. Es 1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34, 55, 89,144…

—Ah, sí, sí, claro, ¡la de los pétalos! Se me había mezclado con otra. Visualicé el gráfico inmediatamente: —Está bien, sí, la recuerdo —dije,  molesto— ¿Y el Aleph?

—Bueno, eso es más interesante, es un mihrab…

—…

—Es

¡Y el adulto no puede soportar que el mercantilismo universal inunde de piedra molida el pantano luminoso de la poesía!

esas ratas

no,

¡No!

. Estoy dispuesto, incluso, a quedarme con un sótano debajo de la confitería. ¡La casa no me importa! Y aunque te ofendas, ¡tampoco me importa la memoria de Beatriz!

Me pareció loco y lo oí engorado, nuevamente gomoso.

ese, Daneri

solemne, pero tampoco en uno

[todas]

Y ahí está: tu lámpara y tu luz, juntas, pueden convivir más allá de tus juicios e interpretaciones. Yo no reemplazo: propongo, amontono, apilo. Lo mío es moderno; tu interpretación anacrónica se esfuerza en verme anterior a sí misma. Me pareció, ahora sí, loco, pero su locura lúcida me irritaba: no podía discutirle cuando hablaba desde ese lugar. Quise decir algo, pero él lo hizo primero.

—¿Vendrás a verlo o no?

—¿Qué cosa?

—El Aleph, por supuesto… ¿En qué pensabas?

—En nada.

, si eso te place.

—No es por mí: creo que es tu deseo.

—No, no es mi deseo.

—Buenos, está bien, no vengas.

Cortamos. Los quince minutos siguientes los pasé lamentándome. ¿Por qué había dicho eso? No había nada que deseara más que ver el Aleph. Me esforzaba en pensar que era una mentira, que Daneri estaba loco, etc. Pero otra voz me decía que no podía dejar pasar esta oportunidad solamente por orgullo. Lo llamaría Daneri y le diría, con tono distante, que pasaría a tomar algo; una vez ahí sacaría nuevamente el tema del Aleph y comentaría, con una sonrisa, que verlo no me vendría mal. Estaba por llamar cuando me sorprendió el timbre del teléfono. Atendí inmediatamente. Daneri me dijo que no me preocupara, que él sabía que yo quería verlo y que se permitía llamarme para agilizar mis «trámites con el orgullo». Le dije que estaba equivocado, pero que no me molestaría pasar a tomar algo, y que iba para allá. Me despedí y

y antes, sobre todo, de que mi orgullo contraatacara.

brillante.

hermosa

coquetas

sensuales

de la exhibición

Cierta vez, el doctor Sigui me había sugerido que Beatriz padecía una desorden sexual. Luego se negó a explicarme a qué se refería, pero no dudó en aconsejarme que me alejara de ella. Y ahora seguía Daneri… Pero por algún

aunque

siempre

a la vez me alegraba tener a alguien como él en mi vida. No era Beatriz lo que me acercaba a Daneri sino mi fascinación por la locura lo que me atraía hacia ambos.

ordenando papeles, limpiando cosas con un cepillo.

mezclando entre otros,

«Tanto tiempo revelando fotografías para estos logros», pensé despreciativo. Pero a pesar del revelado y de los colores, la imagen era cautivante. ¿Sería el revelado así a propósito? ¿Tendría que aceptar la hipótesis de la genialidad de Daneri?

, empañando el vidrio,

Elena Viterbo

Viterbo

, malograda

, tu propio Borges. Tomé otro retrato e hice lo mismo. Luego tomé otro, y otro.

Argentino

Vio el desorden de retratos sobre el piano pero no pareció importarle.

su Aleph.

que trajiste la otra vez

tenebroso

—Pero no es seudo, o al menos no del todo: Paul Fort era Chamagne y este es cognac, como te dije, es de su tierra.

—¡Ah —sonrió—: eso ya es bastante! Pero sólo era una broma…

—…

—Bueno, vamos a lo nuestro:

flojas

chueca y sucia.

No podría asegurarte que no haya otros animales. ¡Ja! Soportas eso y listo,

Me tomó de la mano y dimos unos pasos.

me soltó, fijó sus ojos en los míos y

Quiero decir que si no lo ves el problema será tu incapacidad, no mi testimonio… ¿Se entiende?

, Jorge Luis

—¿Qué significa todas? Soltó una carcajada:

—¿Significar? Bueno, es un Aleph…

—Claro, el multum in parvo— dije con un temblor en la voz que anuló la ironía.

—Vamos, ¡sin temor!

y de su valentía de verdugo

de mazmorra,

Sentí que estaba siendo engañado.

y de arpillera

. Pateé sin querer, aunque con mucha fuerza, su aparato de revelado.

, sin mirarme ni inmutarse por eso

, luego en otro, luego en otro. Mientras lo hacía, gemía, saltaba y repetía «acá, acá, acá». Luego, de repente, se calmó.

incluso un solo milímetro,

ante mí

No es lo que quiero, así que

¡No saltees los rotos! ¡Tampoco los doblados!

Ese hecho me perturbó, y quizá por eso

que él hábilmente había colocado en mi coñac

Es decir: estaría loco por matarme, pero no por haber visto un Aleph inexistente.

Luego pensé que quizá no había sido envenenado sino drogado. Esa opción me reconfortó un poco: Carlos, para no saber que estaba loco, ten’a que drogarme. Recordé haber leído sobre ciertos compuestos naturales con los que ignotas tribus selváticas aprendían a imaginar el universo. El medioevo no había escatimado tampoco en el uso de raíces. Recordé un pasaje de la Investigaci—n sobre las plantas de Teofrasto, el discípulo de Platón y amigo de Aristóteles, que siempre me había intrigado: «Se administra una dracma si el paciente debe tan solo animarse y pensar bien de sí mismo; el doble si debe delirar y sufrir alucinaciones; el triple si ha de quedar permanentemente loco; se administrará una dosis cuádruple si debe morir». (IX, 11, 6). Recordé que Aristóteles le había dejado a Teofrasto no sólo su biblioteca entera sino también su finca de Atenas: el famoso Liceo. ¿Qué dejaría yo, ahora? ¿Y cuántas dracmas me habría administrado Daneri? Recordé la definición que Teofrasto da del desconfiado en sus Caracteres: «sospecha de maldad en todos los seres humanos» (XVIII, 2). ¿Era Carlos Argentino Daneri una mala persona? Tuve que responderme que no, y que de hecho estaba muy lejos de serlo, y que en ese caso sí era yo un desconfiado. Acepté, también, que tampoco estaba loco; a lo sumo podía adjudicársele una leve excentricidad. Admití una vez más mi envidia. Pensé en mi admiración por ciertos ingleses. Recordé luego una torta austríaca que una empleada de mi familia sabía preparar. La empleada era chilena, de antepasados mapuches. Un día a mis quince años, ella me había confesado su conocimiento de la brujería indígena. Cierta vez nos entregamos juntos a los misterios de un humo curioso que no logró darme mucho más que un fuerte dolor de cabeza. Imaginé a la embriaguez como una virgen curadora y la sentí lejana. Pensé en todos los escritores que admiraba y los imaginé juntos fumando opio en un bodegón. Se reían, festejaban, se revoleaban mujeres e improvisaban poemas perfectos.

con otros interlocutores que a su vez comparten un pasado con otros, etc

sagrados

que es el rostro de todos los dioses,

de su pico, sus alas, sus incontables plumas

mi madre, de las brasas encendidas ocultas por otras brasas encendidas, de las cenizas dispersas y de la fuerza centrífuga del agua hirviendo;

es el ángel de la expansión, del estiramiento, incluso del engordamiento.

, aunque no discutiría mucho si alguien afirmara que no

¿Qué son las metáforas? Metáforas.

Y a la vez, no es irresoluble: esa enumeración sería precisamente la enumeración parcial de un conjunto infinito. El problema es querer que esa enumeración sea otra cosa. Por otra parte, ¿qué decir de la posibilidad del narcótico? ¿Debería acaso, para esta descripción, caer en el onirismo? Porque

tumbado en el sótano,

de escalera

: no quiero ser acusado de egoísta. Y aunque lo más sincero e inteligente sería optar por el silencio, accedo porque, aun así, sigue siendo mejor escribir.

, y entonces pensé: «Esto es simplemente una esfera

aunque

, como una bola de espejos fundida en plomo». Luego me distraje, un poco decepcionado, hasta que un fulgor mayor, violáceo, como un estallido detenido en el tiempo, me hizo volver a la esfera. Atrapado por la luz como un insecto, comencé a mirarla con fijeza hasta que ésta empezó a moverse sin salir de su lugar.

pensé que el que giraba era yo; finalmente

, quizá cuatro o hasta cinco, no más,

infinito

Así,

, por ejemplo

y como los puntos de vista son infinitos, cada objeto de los infinitos objetos del universo era en sí mismo infinito. A la vez, cada objeto está conformado por infinitos puntos… Y cada uno de los puntos es infinito en sí mismo… Eso, insisto, no se puede describir. Pero como toda descripción recorta sobre lo infinito un capricho, la lista siguiente es lo que la literatura me permite en este momento, por lo demás histórico. Así que

con sus barcos hundidos

en Budapest, vi un serrucho,

indígenas

sometidas a la explotación y el hambre

que no pude identificar

a martillazos

supe que

deformante y multiplicador, vi en un pozo los restos de la corbata favorita de Beatriz rodeados de miles de bolsas de basura negras, [vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó,]

casi esquina Coronel Díaz

vi mosquitos portadores de enfermedades cruzando el océano en el fondo de un barco,

de uva todavía verdes

manchada con petróleo

ron,

concentrándose en la tapa de una olla cerrada

la siguiente página del tratado De Humana Physiognomia de Giovanni Battista della Porta, vi el gasómetro al norte de Veracruz que Daneri describía en sus poemas y comprobé que la descripción era inexacta,

porque era increíblemente hermosa y exactamente coincidente con mi imagen interna de la felicidad

de una mujer duchándose

cuerpo de un hombre cazando patos

de un joven de no más de veinticinco años

donde antes hubo un árbol

venida debajo

comida por los insectos –¡temible anobium!– y el tiempo, vi a una pareja gritándose horriblemente, vi un manuscrito desconocido de Petrarca oculto en una caja enterrada debajo de un edificio de departamentos,

luego me asombré de que a veces lo hicieran), vi extraterrestres,

normalmente

vi muchas mujeres y muchos hombres desnudos,

, microbios saltando

un

pero que resultó ser también una sombrilla

afortunadamente

vi el nacimiento de cinco perros salchicha,

vi en un bosque a una jeune fille sauvage y junto a ella cuatro ardillas,

por la suciedad

y no me gustó, vi a un hombre comprando un alfajor,

gimiendo

mendigando, tomando vino,

mojada, vi los infinitos microbios de que estamos compuestos y vi microbios saltando de un cuerpo a otro, vi un crimen, vi supuestos tatuajes de prostitutas en una lámina de un libro de Lombroso editado en París en 1986, La femme criminalle et la prostituŽe,

amarronados

vi en una línea de montaje a un obrero dejando pasar una cuchara deforme,

blancos,

lápices

langostas, vi un sapo aplastado por un jeep,

vi inmediatamente después miles de ejemplares distintos de escarabajos y recordé a J.B.S. Haldane,

en un museo

robado en una guerra

vi luego cartas de Beatriz, aun más obscenas, dirigidas al doctor Zunni, vi bananas,

y me sorprendí al notar que llevaba puesta una pulsera de plata que yo le había regalado, vi un levantamiento popular en Oriente,

vi a Carlos Argentino alegre, hablando por teléfono,

y en la tierra,

[y]

algunos de

de todos esos

mirado con la paz que desearía

Y yo lo había visto, pero también Daneri… Y en ese sentido, ¿qué podía tener eso de especial? ¿Ver qué? ¿Qué había visto realmente?

también

; luego, una sensación extraña en la cabeza.

ceceante, apenas engordada

color guinda

un poco mareado

Sí, sí.

realmente

¿Viste mujeres, palacios, caminos, cucharas?

, oyendo las preguntas, recobré la lucidez y

, una venganza tal vez mediocre y mezquina

, critiqué con una ironía amable la suciedad

me negué, también, a discutir su reciente charlatelefónica con Zunni;

Eso lo hizo reaccionar; repentinamente muy hinchado, Daneri gritó:

—¡Pero yo no estoy enfermo!

Volví a sonreír con benevolencia. Le dije que no, que por supuesto que no, peroque de todos modos convenía curarse, ya que no podía saberse qué enfermedades estaban en nuestros cuerpos escondidas, al acecho, esperando un momento de debilidad.

—¡No estoy enfermo!— volvió a decir con una pronunciación no del todo comprensible y los ojos ya un poco cubiertos por los párpados; yo le sonreí y le hice un gesto a la sirvienta para que me escoltara hasta la puerta. Desde el marco agité la mano para despedirme; por algún motivo, la sirvienta me sonrió con gesto cómplice.

a la vez, me parecieron todas iguales, o al menos clasificables en tres o cuatro tipos generales. Varias veces creí ver a la mujer de Inverness y me apené por su imposibilidad.

nauseosa

, girar y repetir

, aunque no del todo

las mil y una [1001 Noches] noches

Notas

1) blanda

, guirnaldas.

y mandan

EXTRAÑA

la duda sobre la cacofónica rima final y

eron [ó]

2)

Aclaración: El texto original de El Aleph Engordado utilizado para la presente comparación, estuvo disponible en la edición digital de Revista Tónica Nº 2, que ha discontinuado su difusión libre y gratuita para los lectores. El texto original de El Aleph –utilizado para el cotejo– es el que pertenece a Obras Completas, edición papel, Tomo 5, Obras Completas, Editorial Sudamericana, 2011, página 311 y sucesivas.

Nota al Talón de Aquiles: De solicitar autorización para intervenir el texto original de El Aleph (y que fuera concedida), al estilo katchadjiano anterior (ordenar alfabéticamente, por ejemplo, como lo hiciera con el Martín Fierro de José Hernández), sería por demás vacuo, inútil, y ocioso: 1) realizar un nuevo texto tomando, e intercalando, la primera oración del texto original de Borges, seguida de la última, seguida de la segunda del comienzo, seguida de la alteúltima, hasta que la última –respetando la secuencia– sea la meridiana absoluta; 2) realizar una versión “barajada” donde, aleatoriamente, a capricho del azar, se mezclen las oraciones sin fin alguno más que la mezcla; 3) bajo algún binomio o trinomio, agitar el texto original por clasificación original (puede ser numérica o alfabética), y accionar en consecuencia. Y entonces, cuando semejante proeza dé un continuo por resultado, ¿a quién le importa? Buenas noches.

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[...] Aproximadamente 5496 palabras es la cantidad decantada –o lo que queda- una vez extraídas todas l… [...]

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