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Al día siguiente, la gente se siente bien

Por David Wapner

Nos sentimos con en una aldea polaca, que tras la invasión alemana en 1939, se deshizo de sus vecinos judíos.

Hoy hubo que salir a hacer compras, todo parecía en orden, “cómo está, buenos días”, “qué calor, cómo no”, “¿doscientos gramos?”. Nada en la expresión de los vecinos de Arad alude a algo anormal que está sucediendo, que comenzó a suceder. Sonrísas, preparativos para las vacaciones, ofertas para el camping. Así sucedía en Polonia, en Austria, en Hungría, en Croacia, en Lituania. La vida seguía su curso. En apariencia, porque la guerra al fin les cobró su precio. En la España de la Inquisición, a judíos y musulmanes se les daba la oportunidad de convertirse, acá no. Se sabe hoy que docenas de familias africanas intentaron iniciar los trámites para convertirse al judaísmo. Las solicitudes fueron rechazadas de plano, bajo el argumento de que se trataría de conversiones de conveniencia, para evitar la expulsión. El recurso que permitió sobrevivir a marranos y mozárabes se les niega a lo africanos. En Israel, casi todas las conversiones son de conveniencia. Ex-soviéticos, peruanos de la Amazonia, hasta coyas de Bolivia, han sido hebraizados por conveniencia del Estado. Todas las puertas le han cerrado a los sudaneses.

Nos acabamos de enterar de que han detenido a una familia en el barrio El Patio, aquí, en Arad.

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