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La expulsión

DSCF1048Por Ana Camusso

Foto: RonG LeviZ

Afuera, 38 grados. Y a la sombra.

Hace semanas que aquí nos invade el infierno. Sabemos que un número importante de vecinos sudaneses, refugiados legales o no, que han cruzado fronteras para llegar a Israel y salvar sus vidas, y se han radicado aquí bajo la protección de convenios internacionales a los cuales este estado suscribió,  serán expulsados de esta ciudad, Arad, y del país. Una campaña de desprestigio y humillación a esta población africana ha invadido las portadas de los diarios más importantes y todos los medios de comunicación. Y por último, los barrios pobres de Tel Aviv, Shapira y Hatikvá, han sido protagonistas de manifestaciones expresamente racistas, de pogromos en donde se ha agredido verbal y físicamente a todo vecino negro y atacado comercios en donde estos eran empleados o concurrían a diario.  Los israelíes de estos barrios han definido a los refugiados como vecinos indeseados, y el propio ministro del interior Eli Yishai declaró que los africanos parecem no comprender que este es un país de blancos y que él  se  iba a abocar a limpiar el país de estos infiltrados, un eufemismo instaurado ya en la sociedad israelí para definir al refugiado o inmigrante africano.

Espantados, leemos y releemos las declaraciones de Eli Yishai. Y en la mañana siguiente escucho al ministro hablar por radio con la periodista Esti Peres, quien durante años me arruina el desayuno. Esti Peres, preocupada, no se conforma con las palabras del ministro, Esti Peres quiera más y lo azuza con nuevas preocupaciones, ¿sabe usted Señor Ministro, que aún siguen llegando a IsraeI sudaneses y eritreos? Señor Ministro, hablemos del muro que Israel piensa construir con participación de Jordania en la frontera entre ambos países. Cuéntenos, ¿es verdad que se les construirá a ellos (los infiltrados) una ciudad-campamento dentro de una carcel? Apago la radio, y salimos.

A menos de mil metros de nuestra casa se levanta el barrio El Patio, un conglomerado de edificios de cuatro pisos sin ascensor, comunicados entre sí por puentes estrechos y atravesado por la peatonal en Jen. Este pequeño barrio está a un paso de centro comercial de la ciudad y viven allí, además de los más pobres de esta ciudad, las familias africanas. Aún son horas tempranas de la tarde, el silencio en el Patio es casi total. Solo un grupo de niños sudaneses juega con una pelota que hacen rebotar contra una pared de cemento. Otros niños corren y ríen. Más allá se siente a un bebé llorar. Sus padres están trabajando casi todos en los hoteles del Mar Muerto, en puestos que los israelíes acusan de robárselos a ellos, pero que ni en sueño agarrarían: limpieza de baños y cuartos de hotel o en las cocinas como lavaplatos. También se los encuentra como repositores de mercadería en algunos supermercados y, alguna vez, como cajeros, pero es en el Mar Muerto en donde se concentra el empleo de africanos. Un ómnibus los transaporta al conglomerado turístico, situado a trecientos cincuenta metros bajo el nivel del mar, y luego los devuelve a Arad. Más tarde, cuando esta población de gente muy joven regrese de sus trabajos, el barrio cobrará una intensa vida. Las mujeres sacarán a pasear a sus bebés y saldrán de compras. Los esposos se reunirán a tomar café con sus amigos. Conversarán.

Por ahora, El Patio parece vivir otra vida, y no se deja distraer por las noticias nacionales. Aquí, todos son africanos, y sus vidas transcurren como si nada fuera a pasar.

Pero desde hace una semana empezamos a encontrarnos con una joven israelí, activista de derechos humanos, que ha fundado la organización Estudiantes de la Universidad Bengurión por los Refugiados y Solicitantes de Asilo Humanitario. Se llamá Morán Mekamel, tiene solo 27 años y una trayectoria que nos sorprende. Ella es el enlace para el sur de Israel entre las ONG que operan en Israel (Amnesty, A.S.A.F,), además de la A.C.N.U.R.,  y los refugiados.  Morán se confiesa confundida. Nunca pensó que esto sucedería tan rápido, nos repite una y otra vez. Una semana antes le habíamos explicado por e-mail que estábamos convencidos que en Arad las cosas marchaban más o menos bien, y que a pesar del racismo de la calle, los refugiados habían conquistado un espacio. Que no podíamos creer que necesitasen ayuda inmediata. Pero ella, o alguien de su grupo, nos envió un video filmado en Arad en donde la realidad caminaba por un rumbo opuesto. Una familia denunciaba discriminación. Sus hijos se preguntaban por qué los niños israelíes no los quieren. Por qué los insultan. Un joven sudanés, que llegó a Israel huyendo de la violencia de las fuerzas de seguridad de Egipto, que se jugó la vida (como todos los sudaneses) al cruzar la frontera (los egipcios, por un acuerdo con Israel, disparaban a matar), encara al pueblo de Israel: si no nos quieren aquí, ofrezcan otro lugar para vivir en paz.

En estos casos, el Estado de Israel escucha lo que le conviene y actúa en forma veloz, para que el espacio a la duda y reflexión no existan. Obsesionado, sigue su campaña propagandística. La imagen del refugiado, ese hombre negro, que en la ciudad de Tel-Aviv duerme en plazas y parques  porque no tiene otro lugar, se repite una y otra vez. O, por ejemplo, el mismo hombre, durmiendo dentro de cajas de cartón, cubriéndose la cara con sus manos, en posición fetal. Otras veces, el mismo hombre junto a otros hombres como él, sentados en la plaza, sencillamente hablando. Nada de esto, invita a una reflexión o a un compadecerse. Todo lo contrario. No es bien visto que un barrio israelí cobije a gente pobre. El pobre es sinónimo de narcotraficante, ladrón y, tal vez, terrorista. Hay que sacarlos de aquí. Además están enfermos. El mismo ministro del interior, Eli Yishai, ha dicho que muchas mujeres israelíes han sido violadas por sudaneses pero temen hacer la denuncia por miedo a que ya hayan sido contagiadas de sida.

Morán Mekamel nos intima sobre qué es lo que siente en estos casos un israelí que profese valores éticos universales. Nos cuenta anécdotas personales que la llevaron a tomar la decisión de dedicar su vida a las familias de refugiados. Mientras caminamos juntas hacia un bar en donde, junto a David le haremos una entrevista que durará horas, los inmigrantes y refugiados africanos se acercan a ella, la saludan como a una amiga, la abrazan, le cuentan cosas. La quieren. Morán les sonríe constantemente, es un momento de mucha felicidad. Los chicos la rodean y Morán los levanta. Conoce a cada uno por su nombre.  Está pendiente de cada situación, no soportaría que ninguno de ellos sufra violencia en las calle de esta ciudad. Y nos lo hace saber.

Mañana, domingo (a estas horas, 1 y 49 de la madrugada), primer día laboral en Israel, esta ciudad, como muchas otras, será testigo del mayor castigo que pueda recibir un refugiado:  que un país signatario infrinja La Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951, que definió el concepto de refugiado y estableció el tratamiento que debe recibir, y el Protocolo de 1967, que unificó varias resoluciones adicionales para ampliar el marco de actuación de ACNUR y los países adheridos. En el día de hoy partirá el primer avión con destino a la capital de S del S, con 200 pasajeros, algunos de los cuales son los niños y la mujer que posan junto a Morán Mekamel en la foto. Israel pretende, con esta metodología, expulsar a todos los refugiados africanos que residen en su territorio, previo arresto, encarcelamiento y humillación, salvo que firmen un papel en donde declaran que se irán en forma voluntaria, lo que los priva del derecho de iniciar trámites para solicitar asilo individual. Israel, se ampara en que los sudaneses del sur poseen ahora un país propio. Estos viajes de regreso se realizan con la cooperación del propio gobierno del nuevo país. La propia ministra de agricultura de la república de Sudán del Sur, de visita por aquí, declaró que si bien gobierno invita a todos sus ciudadanos a volver y ayudar a construir el nuevo país, de ninguna manera puede garantizarles la vida. Sudán del Norte bombardea a diario sus fronteras. No hay infraestructura hospitalaria. Hay escasez de agua.

Le pregunto a una niña cómo se llama. Jaifa, me responde desde abajo, me llamo Jaifa. Le pregunto si nació allí, en Jaifa.  Me sonríe, y su mamá, una hermosa joven sudanesa, me dice que sí, y que además de la más pequeña, Esther, tiene otros dos niños, ambos nacidos en Egipto.

Haifa alza a Esther y la sostiene en sus brazos… Esther la mira, y la besa.

Comentarios (un comentario)

Es tristísimo, es terrible. Lo que está sucediendo es algo que averguenza, llena de impotencia. No se puede enviar a estas familias a la muerte así como si nada…
Más allá de la convención de refugiados o de la cuestión legal, hay un tema humanitario, no me entra en la cabeza ni el el corazón que esté sucediendo esta injusticia. Somos un pueblo que ha pasado el holocausto, no podemos permitir que nadie sufra lo que hemos sufrido.
Cuántos judíos murieron porque les cerraron una puerta en la cara?
Cuántos judíos se salvaron porque hubo alguien que se jugó la vida por ayudarlos?
Es inmoral negar ayuda a quien la necesita. Mandar esta gente a la muerte, en qué nos convierte?

Marina Landau / Junio 20th, 2012, 3:52 pm / #

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