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Vivre sa vie

Por Marina Califano

La marquesina anuncia la película pero omite la pasión y el proceso. Rostros intermitentes se recortan sobre la oscuridad; del abrazo que la mujer acepta obligada y complaciente sólo se distingue la mano al posarse. El hombre se acerca, engrandecido por el hábito, alzada la mirada hacia un punto indeterminado. Por detrás, otro hombre y una viga que señala el vértice, de otra forma imperceptible, en la juntura de los muros blancos. La mujer eleva la mirada, el pelo cortado al ras, el lunar bajo el ojo izquierdo y la huella de una lágrima que amontona las pestañas, intensifican la sombra bajo los ojos, las cejas tupidas casi tan pálidas como el rostro desnudo, los pómulos altos, labios prominentes que apenas se estremecen en el eco de un rictus al oír el veredicto: una voluntad tendida en perpetuidad para los más simples gestos, la renuncia al gesto simple, una fatiga sorprendente y central, una suerte de fatiga aspirante. El pelo negro que cae sobre la frente enmarca aún más los ojos llenos de lágrimas que amenazan con arruinar el maquillaje[1], y se oye, como venida desde otro lugar, entrecortada, sorprendida, veloz, la palabra “Falconetti”. El rostro del hombre prolonga la angustia sin retenerla, en los rasgos angulosos nada parecería trazado para expresar compasión y sin embargo en el gesto reaparecen otros anteriores perpetuando la piedad en un último intento por arrancar de la mujer la confesión que la salve de la hoguera. La victoria sólo podrá sobrevenir en la forma del martirio, la insistencia languidece ante la fe y el anhelo de liberación de un cuerpo y un pueblo cifrado en una única y ampulosa sentencia; para algunos un castigo, para otros una ofrenda.

Vivre sa vie

Un rostro, luego otro. Otro diferente y el mismo. Independientes de los cuerpos, aquellos reflejan sobre éste luz y lágrimas que nadie seca.


[1] La mujer está en su derecho, e incluso cumple una especie de deber aplicándose en parecer mágica y sobrenatural; tiene que asombrar, encantar; ídolo, tiene que adorarse para ser adorada. Importa poco que los ardides y el artificio sean conocidos por todos si el éxito es seguro y el efecto siempre irresistible. En cuanto al negro artificial que contornea el ojo y al rojo que marca la parte superior de la mejilla, aunque la costumbre proceda de la necesidad de sobrepasar a la naturaleza, el resultado tiene por fin satisfacer una necesidad completamente opuesta. El rojo y el negro representan la vida, una vida sobrenatural y excesiva; ese marco negro hace la mirada más profunda y más singular, da al ojo una apariencia más decidida de ventana abierta hacia el infinito; el rojo, que inflama el pómulo, aumenta más la claridad de la pupila y añade a un bello rostro femenino la pasión misteriosa de la sacerdotisa.

Comentarios (2 comentarios)

Maru, que magnetismo de los valores supremos.Pienso que la libertad humana sigue siendo enigmática ,el pensamiento no ha logrado nunca deshacerse de este problema.
Te felicito, me gusta la voz de la creación de tus letras.
Nellie.

Nelida / Mayo 17th, 2012, 5:40 pm / #

Maru,que magnetismo de los valores supremos.
Pienso que la libertad humana sigue siendo enigmática ,el pensamiento no ha logrado nunca deshacerse de este problema.
Te felicito, me gusta la voz de la creación en tus letras.
Nellie

Nelida / Mayo 17th, 2012, 5:49 pm / #

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