Hermosos y malditos
El Brand Futures Group de la empresa Young & Rubicam ordenó durante el año 2003 un sondeo: las cifras mostraron que el aumento de solos y solas en la composición de la población global no sólo era notable sino que el porcentual crecería uno o dos puntos más por año: las consecuencias se están haciendo sentir en diversos campos, desde la planificación ambiental hasta la comida, la comida para mascotas, las finanzas y el diseño publicitario, que ya acuñó una sigla y un concepto para describir al nuevo grupo: generación S (solos, solteros y separados), compuesta por millones de singles (solos, solas, impares –así también se los nombra–); la serie de la televisión norteamericana Sex and the City –protagonizada por cuatro mujeres– representa este universo.
El concepto de single nació en los Estados Unidos. En ese país, los matrimonios en regla descendieron desde el 80% al 50% de los fifty’s del siglo que se terminó. En Nueva York, el 70% de los hogares son unipersonales. En la Unión Europea hay 46 millones de hogares unipersonales, y 158 millones de impares (así también se los nombra).
En Barcelona hay un Salón Singles que ha hecho de los impares su objetivo. La revista Impar es el buque-insignia: desde sus páginas, en la Península se han organizado salones de encuentro, y hasta una suerte de club con playa mediterránea (en Noches de cocaína, el escritor J. G. Ballard previó estos amontonamientos). ¿Servicios?: bufetes que ayudan en los momentos más complicados del divorcio; empresas que preparan mudanzas; asesorías jurídicas que cobran por minuto y viajes que incluyen habitaciones individuales.
Pero ¿cómo explicar esta novedad?
“¿Estabas segura de que entre todos los hombres del mundo, era precisamente ése con el que querías casarte?”, pregunta una hija a su madre en Una casa en el fin del mundo, la novela de Michael Cunningham. “Nunca te preocupó la posibilidad de estar cometiendo un error a largo plazo, salirte del camino que te habías trazado por ejemplo, y no sé, deslizarte por una pendiente de la que ya no pudieras volver jamás”. Pero la madre “esquivaba las preguntas como si se tratara de una mosca pesada”. “Nosotras no nos hacíamos ese tipo de preguntas”, dijo, y replicó: “¿No te resulta insoportable hacerte tantas preguntas y tenerlo todo tan planificado?”.
El single clásico suele ser un joven tardío, de entre 20 y 35 años, y de clase acomodada –a distancia de sus colegas de la generación X–, accede al mercado de bienes simbólicos (de lujo) antes que la franja etaria precedente (la de Jay, la de Woodstock, la del mayo francés: esa generación partida al medio por el terrorismo de Estado y la caída de los ideales de recambio, compuesta por cantidad de divorciados e incluso viudos).
El primer cambio que adoptan es respecto a la comida: las mujeres vuelven sin dudar al yogur y al café con leche; los hombres al queso, el pan, las salsas picantes y las hamburguesas: monotonía que redunda en trastornos gástricos y digestivos, y más tarde en falta de apetito y estreñimiento; el segundo cambio es en la vestimenta: los hombres vuelven a la ropa deportiva, y las mujeres a las cosas prácticas, útiles, uniformadas. El single (que nunca se casó) imagina que el casado tiene “una vida sexual satisfactoria”; la single, en cambio, imagina que la casada es más feliz por “el mayor apoyo emocional” que supone una relación estable; pero, notablemente, la mayoría de las impares (si estuvieron casadas) dicen disfrutar de una vida sexual más satisfactoria como divorciadas, con una complicación inesperada –para no caer en un lugar común: se aburren pronto–.
Así, el promedio de duración del matrimonio se redujo en los últimos años a menos de la mitad: de veinte años pasó a diez, como máximo. Incluso, muchos esperan hasta cumplir los tres años obligatorios que fija la ley para obtener el divorcio vincular. El promedio de edad –según el Club de Divorciadas, una ONG que presta asesoramiento legal y contención psicológica– va de los 35 a los 45 años.
Se repite un patrón: muchas de estas uniones se formalizan después de conseguir cierta seguridad profesional y económica. Pero las mujeres –a diferencia de las de generaciones anteriores– tienen hoy menos miedo a la soledad, porque trabajan y en muchos casos, hasta tienen mejores ingresos que sus ex esposos.
Los solitarios de alma tienen una agenda activa: “Desarrollan mecanismos de compensación, cuentan con espacios de comunicación variados”. Los célibes, rara vez son calificados de solterones. En ciertos casos, incluso su independencia está valorada. “Algunas de mis amigas, que viven en pareja, me ven como una heroína”.
Si se analiza el escenario latinoamericano, es difícil precisar –al contrario de los Estados Unidos, la Unión Europa y Japón– una primera y una segunda modernidad (en los términos del ensayista alemán Ulrich Beck, la posmodernidad es una reliquia); al traslado automático de paternidades teóricas acuñadas en los países centrales, no le interesa demasiado la pauperización casi general en esta zona del globo.
Si George Clooney representa al single próspero, esa prosperidad, exceptuando las variaciones de cartel, es uno de los rasgos que comparte con otros impares menos visibles.
Los nuevos solteros, reconvertidos a singles, representan un sector social más o menos acomodado, en el ojo de las industrias del ocio: cuentan con mayor tiempo disponible (y mayor disponibilidad); están dispuestos a que otros hagan las tareas domésticas; son los clientes ideales de las compañías de teléfonos celulares, de los despachos de comida rápida, de los servicios de Internet y también de los bancos; antes que quedarse en casa, prefieren los cafés y gimnasios. Allier Domecq, dueño de un pub en Londres, pidió en el año 2000 a sus clientas que presentaran ideas para construir el bar de sus sueños. El resultado fue W, donde la televisión está prohibida, los baños son amplios, casi amueblados, y las mesas tienen ganchos para colgar carteras.
El presente es un fragmento del capítulo 9 del libro Los otros. Una arqueología dela soledad, recientemente editado por Edhasa.



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