Articulo

Blumberg y el grosor de los cabellos

Por Luis Menéndez
 
El rostro del ingeniero Blumberg es el rostro de alguien que no tiene sueños. El rostro de quien no tiene sueños es siempre reconocible. Fácilmente reconocible: es el rostro del lobo que pretende vestirse de abuelita.
Blumberg no tiene sueños pero es muy posible que tenga pesadillas (casi todos los lobos suelen tenerlas) y, sin duda alguna, es un hombre de fuertes alucinaciones. Recurrentes alucinaciones que lo inducen a prefigurar el ideal de una sociedad intimidante y orwelliana.
No lo ha dicho públicamente pero bien podríamos imaginar que aquellos quienes lo conocen saben que el ingeniero textil conserva sobre su escritorio la copia traducida de un discurso que Bismarck, canciller del Reich, pronunció el 1 de mayo de 1870, en el que apoyaba el mantenimiento de la pena de muerte para el imperio alemán.
Este discurso de Bismarck es en particular interesante por una razón que desveladamente preocupa a Blumberg: demuestra que el efecto de intimidación por el terror y la represión es posible, y que al ser así, su aplicación se vuelve necesaria y justificada.
“Si ustedes reconocen –les gritó entonces Bismarck a sus oponentes políticos en el Parlamento alemán– que con el mantenimiento de la pena de muerte se aumenta, aunque sólo sea en el grueso de un cabello, la protección del ciudadano pacífico, deben sentirse obligados a dar al ciudadano honrado esa protección máxima que el Código Penal puede garantizar contra ladrones y asesinos”.
Este tipo de discurso –como dice Kurt Rossa en un texto acerca de la pena de muerte– “opera con las cifras más pequeñas y saca consecuencias grandes”. Consecuencias que se basan en una cierta psicología de sentido común. Con ello convence a primera vista por un lado, y pone en difíciles bretes a supuestos opositores que no pretenden quebrar lanzas definitivas con los sistemas de penalización vigentes, por el otro.
El reclamo de mayor seguridad invocado en las marchas que encabeza el ingeniero no es otra cosa que la exigencia de implementación de un paquete de leyes represivas. En sus marchas anteriores Blumberg logró que el Congreso nacional en el año 2004 aprobara cambios en el Código Penal para endurecer penas por delitos violentos. Así, por ejemplo, las penas se agravaron hasta un máximo de cincuenta años de prisión, el doble de la cantidad de años que hasta entonces estaba vigente.
Sin embargo el aumento en la severidad de las penas no parece haber resultado en ninguna disminución efectiva de la llamada inseguridad. Esto aún cuando desde el gobierno argentino –como lo demuestra un reciente Informe de Situación elaborado por la Correpi– ha incrementado significativamente la implementación de la represión de control social mediante el gatillo fácil, torturas, muertes en cárceles y comisarías en los últimos tres años. En este período la población carcelaria, dice el Informe, aumentó de treinta mil personas a sesenta y tres mil personas en todo el país, lo que no se condice con el aumento del delito en el mismo período, que fue menor a un tercio.
Lo cual también viene a demostrar que lejos de ser un paladín de los derechos humanos como reiteradamente pretende presentarse –con el apoyo de diversas organizaciones sociales que incluyen a las Madres de Plaza de Mayo– el gobierno de Kirchner no está en las antípodas absolutas del ideario represivo blumbergiano, sino que, con sus diferencias y sus matices, discurre en un camino diferente pero paralelo de control social y dominación política.
En la imaginería de Blumberg casi se podría afirmar que el hombre se siente como si fuera egresado de alguna madrasa ortodoxa paquistaní. Dejando de lado la impiadosa destrucción de las históricas imágenes de los Budas en Afganistán, la imagen que primero nos llega a la mente cuando se recuerda al régimen talibán es la de un hombre condenado, puesto de rodillas en el centro de un estadio de fútbol, con los ojos vendados por una cinta negra y rodeado por algunos verdugos que pocos momentos después habrán de dispararle en la nuca. Todo el acontecimiento filmado minuciosamente para ejemplo de intimidación social. Un tardío y ecuménico proceso Damiens que no se resigna al olvido. La comparación con el ingeniero bonaerense parece una exageración y quizás lo sea, pero sólo hay que examinar con un poco de racionalidad y detenimiento el contenido de las propuestas que Blumberg pretende imponer y la distancia entre la realidad y la fantasmagoría se acorta decididamente.
¿Qué reclama Blumberg? ¿Qué es lo que buscan imponer aquellos que lo acompañan con las velas encendidas en las manos, justo es decirlo, gran parte de ellos sin tener la menor idea de lo que verdaderamente asoma tras su reclamo? Una de las propuestas blumbergianas es la de establecer un registro de ADN para “delincuentes”. Teniendo en cuenta que en una sociedad criminalizada desde el sentido común todos somos “delincuentes” hasta que se demuestre lo contrario, la sola idea de este mecanismo alucinante de control objetiva algunas de las peores pesadillas de Philip K. Dick, aquel monumental escritor de sci-fi de algunas décadas pasadas.
Otra de las propuestas del ingeniero impulsa la reducción de la edad para la imputabilidad penal. Este es el gran deseo de Blumberg, según lo ha manifestado reiteradamente. Criminalizar a la minoridad quiere decir criminalizar fundamentalmente a los niños pobres, que son, como todo el mundo sabe desde las lejanas investigaciones de Lombroso –siempre útil para el ideario represivo–, mayoritariamente drogadictos, ladrones, asesinos y putos. Esto último, si alguno no lo fuera todavía al ser detenido, será el primer desajuste que habrá de corregirse en el menor apenas ingrese al sistema carcelario. En la cárcel el único macho es el director.
Una tercera propuesta: urbanizar las villas de emergencia. Eufemismo por erradicación de las villas miserias de las zonas que todavía son visibles o cercanas a los lugares por donde deben circular las personas respetables. Esta pretensión es una alucinación que peca de contrautopía extrema, baste recordar que ni el más obcecado Cacciatore, en épocas del mayor terrorismo estatal, pudo eliminar la miseria a fuerza de topadoras y cemento. Pero Blumberg tiene seguramente esperanzas con algún fundamento: se comenta que ha visto y apreciado en persona el accionar de los bulldozers israelíes en Palestina.
Hay que tomar en serio a Blumberg. En un país de larga trayectoria represiva y recurrencia histórica en el autoritarismo como la Argentina, las simpatías y apoyos despertados por el anhelo de mano dura, palo y leña que proclama el ingeniero textil de rostro macilento no debieran ser subestimados ni pensados como un mera respuesta refleja al supuesto aumento de la inseguridad cívica. Mucho menos como la legítima expresión de dolor por la muerte del hijo asesinado.
De eso se han dado cuenta los Macri y los López Murphy que acuden presurosos a apoyar con sus cuerpos la convocatoria y los proyectos. Ellos lo toman en serio. También el comisario Patti, que alucina con la corriente eléctrica traspasando testículos y vaginas, y se ubica de ladero. En serio lo toma el neuquino Sobisch, reconocido por criminalizar media provincia de Neuquén a consecuencia de la protesta social, al darle su apoyo irreductible. Nito Artaza, cansado de lloriquear en vano tras los escritorios bancarios y oficiales por sus varios miles de dólares encanutados hace un lustro agarra también la velita y se sube al carro de la mano dura, a la esperanza del garrote tras la sonrisa hueca y la comedia trivial. Y también Castells acompaña al ingeniero, porque el oportunismo es objetivo y tiene nombre. O tal vez peor, simplemente por el sencillo hecho de que existen personas que justifican su desquiciada existencia en ese espacio donde la estupidez está a un paso de convertirse en canallada.
Hay que tomar en serio a Blumberg. En los actos convocados por el ingeniero destellan las estrofas del himno nacional a garganta pelada y de inmediato un sacerdote católico, un rabino y un pastor evangélico le dan una bendición en el lenguaje de los diferentes credos. Blumberg expresa no sólo el interés económico o político de un sector de la clase social dominante, en él se reúnen también los acallados deseos orgiásticos de una sociedad reprimida e hipócrita. Sociedad que rechaza el aborto legalizado pero tolera y practica el clandestino sin hesitar; que banaliza la sexualidad masiva por la televisión pero encierra al erotismo en la oscuridad de su casa; que se babea por el culo de una modelo meciéndose en la pantalla pero es incapaz de mirar al de su mujer bajo la ducha.
Hay que tomarlo en serio. La cruzada de Blumberg comienza por imputar a los adolescentes y a los niños –tomando el ejemplo de los Estados Unidos– y continúa en la exaltación de la horca o la cámara de gas. Las llamitas temblequeantes de la infinidad de velas que vacilan en las manos de los concurrentes fácilmente pueden convertirse en el gigantesco fuego de futuros autos de fe en la misma Plaza de Mayo. No hay que perder de vista que la sociedad toda está siendo acusada de brujería.
Blumberg tiene una muletilla, cada dos o tres frases repite “¿me entiende?”. Entendámoslo, pues.

Comentarios (8 comentarios)

A propósito del “¿me entiende?”, justo ayer me mandaron esto:

http://www.voiceinchains.com/lecter/

Estos muchachos no se lo tomaron muy en serio, Luis. Tal vez eso sea lo mejor, condenarlo a ser una caricatura rapera.

silvia / Septiembre 1st, 2006, 2:22 pm / #

justamente el jueves, cruzando la marcha por Alem, en el momento de la desconcentración, llamó mi atención el alto porcentaje de “adultos mayores” y gente de cuarentaytantos. la mayoría cruzando urbanamente en los cambios de semáforo, sin dejar de hablar por el celular.
no ví rostros jóvenes allí.
no ví amas de casa.
tampoco sé bien qué ví. pero esto no me preocupa. sí dónde estan las caras de mi generación y qué sitio debería ocupar la mía.
mi cara mira al sur, pero necio es darle la espalda al enemigo.
un abrazo, luis.

aydesa / Septiembre 1st, 2006, 5:34 pm / #

Bertolt Brecht escribió que cuando uno quiere saber qué va a hacer el conductor del auto que va a delante, tiene que mirar lo que hace el que va delante de ese, y el que va delante del que va delante. Y también, que los ladrones (usado como metáfora de los políticos) actúan en banda, y que como grupo pueden variar, pero que cuando uno los observa individualmente, descubre que a este lo vio en un asalto, y al otro en otro, y al fin, que son siempre los mismos.
La recurrencia del recurso es lo que debe preocupar de esto: así como se usó el miedo al terrorismo para justificar el terrorismo de estado, y con ese objetivo el primero fue fogoneado desde las sombras para dar paso al segundo, ahora se alimenta el miedo a los delincuentes criminalizando a una parte de la sociedad, para después dejarnos a todos con las manos atadas, las libertades enajenadas y los derechos perdidos.
Un abrazo

lunanueva / Septiembre 2nd, 2006, 10:26 am / #

De Philip A. Dick, está la reciente versión cinematográfica dirigida por el sorprendente Spielberg (que es capaz de saltar de un bodrio a una obra maestra): Minority Report. Donde, entre otras cosas, hace “trabajar de actor” al inconsistente Cruise, logro más que meritorio. Bien, allí, Lamar Burgess, es un delicioso anciano, de modales señoriales, centrado, intelectual, que ha concebido y llevado a cabo un sistema de control social del crimen antes de que ocurra, con el siguiente costo: su empresa pudo desarrollarse a partir de dos crímenes que él mismo diseñó. Uno de ellos lo ejecutó personalmente, engañando al mismo sistema para quedar protegido de una justicia que se hace ineludible. La situación lo llena de poder y agradecimiento por parte de la acorralada sociedad ante la cual, al quedar al descubierto (el pasado, es ineludible y siempre nos termina por acorralar) no le queda otro camino que el suicidio. Blumberg es un Lamar Burguess del subdesarrollo caníbal que nos caracteriza, pero lejos está de pegarse un tiro (bah, todo es posible, y no sería un mal menor, justamente), todo lo contrario: si fuera por él, el tiro de gracia sería la mejor manera de templar el espíritu de nuestros niños, así se harán fuertes, ejecutando condenados por el solo hecho de portar un pasado delicitivo, o contener la intención misma de cometer un delito. Desde luego, hay que tomarlo en serio, y además, tenerle miedo.
Conocí a un sujeto parecido que no decía ¿me entiende?, sino que se lucía con maestría en eso, pronunciaba: ¿me explico? Menos soberbio, daba al interlocutor la amabilidad de su propia incapacidad para expresarse, pero lo que decía era tanto o peor que lo que lanza Blumberg. Son recursos, métodos de captación ideológica.
Ahora, Barda, ¿no da más asco verlo llorar todo, todo, todo el tiempo? ¿No da la pauta de un cagón enfurecido? Y eso sí que hay que tomarlo en serio, el tipo, es capaz de cualquier cosa…

Omar / Septiembre 2nd, 2006, 3:00 pm / #

Es un problema complejo. Y la complejidad pasa por el hecho de que un problema particular (el del Ingeniero Blumberg) ser tornó un síndrome de identificación social donde la familia tipo responde al hecho de que a Blumberg le asesinaron a un hijo, y que ese hijo podría haber sido el de ellos, y en consecuencia, responden a la visión del mártir activo, aquel que decidió emprender una cruzada para hacer algo al respecto. Este hecho no es para tomarlo a la ligera, en una sociedad como la nuestra en la que todos esperamos que un tercero haga algo para salir detrás de él, una suerte de abulia que explota ante una primera acción con cierto peso de autoridad. La exigencia de más penas no parte del hecho de que a partir de ello el delito mermará para que todos quedemos tranquilo, en este caso supongo que se reparte entre dos opciones:

1. Venganza. “El que las hace las paga”, es decir, nada de perdones ni de 2×1, ni de leyes que faciliten la vida del reo.

2. La creencia de que una persona presa por más tiempo, protege a la sociedad del delito por más tiempo.

La primera opción ni siquiera es una falacia, si no un sentir popular de que el reo debe ser ajusticiado como una ejemplificación para el resto, como si el carácter de la delincuencia pudiese pasar por la ejemplificación correctiva del que ya está formado como criminal; esta ejemplificación acepta a los criminales como son (es decir, el planteo es que no va a delinquir por miedo, no por que no quiera hacerlo, lo que no significa que no continúe, aquel aleccionado, con ganas de robar, matar, violar, etc., simplemente no lo hará porque “la sociedad lo castigará”).

La segunda opción es una falacia (aunque no menos convincente para el herido) en la que se plantea la delincuencia en términos cuantitativos, cuando nuestra sociedad es un criadero de delincuentes donde desde la infancia de las personas de las clases más desprotegidas, se instiga a la criminalidad desde el propio poder.

El planteo falaz surge desde el momento del pensamiento de “castigo” para los incautos, y no de una erradicación de la pobreza, erradicación de los mecanismos corruptos de poder (la policía es una entidad corrupta por autonomasia, ni hablar de los mecanismos político-financieros), erradicación del analfabetismo y de una serie de factores que incrementan los riesgos de criminalidad en una sociedad ante la desventaja y desigualdad entre sus miembros. Hay un estudio muy interesante hecho en Canadá al respecto en donde se afirmaron los trabajos sociales entre personas consideradas “de riesgo”, es decir latentes para entrar en la criminalidad y que tuvo muy buenos resultados en el momento en el que se les brindó asistencia educativa, de salud, de inserción laboral (y social, en cierta manera). Inclusive a través de estas asistencias se logró disminuir significativamente el índice de criminalidad en ciertas zonas “clave”. Si bien el estudio es canadiense, se practicó en los EEUU en lugares que eran más sensibles para este tipo de deterioro.

Para cerrar este comentario, la sociedad argentina reacciona “a las patadas” ante problemáticas que deberían ser llevadas de la mano de una concientización general de que en aquel lugar donde hay mucha desigualdad, la criminalidad es un factor de riesgo latente y efectivo. Llevado este postulado a la simpleza con que fue expresado, supongo que está a la vista de cualquier incauto.

Un abrazo, Bardamu, excelente texto.

drádego / Septiembre 4th, 2006, 11:09 pm / #

En qué Facultad se recibió Blumberg de ingeniero?
Qué empresa posee?
Cuáles son sus medios de vida?
Quién financia su campaña?

Gambito / Octubre 28th, 2006, 5:05 pm / #

La personalidad, el método y los mensajes de Blumberg son semejantes a los de Hitler en la antesala del poder, abogando por \”seguridad\”.

Laura / Octubre 28th, 2006, 5:10 pm / #

Lo que se sabe hoy es que: no es ingeniero, no habló con el Papa, no sabe alemán, no tiene una empresa. Puede ser que tenga algún tipo de personalidad delirante o querellante o simplemente sea un tipo que capitaliza situaciones que le otorguen el prestigio que nunca logró obtener por medio de su capacidad. Deberíamos pedir un psicodiagnóstico a las personas que pretenden cargos públicos que requieran sentido común para la toma de decisiones.

vivina / Junio 17th, 2007, 11:23 am / #

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