Ingreso

Articulo

Las lágrimas no sirven para lavar la muerte

Por León Rozitchner

Denver, 9 de enero de 2012

Llevo días recorriendo los mismos pasos que me llevaron a rajar de este lugar, una madrugada, hace catorce años. No es grave: todos los lugares son sitios de paso, Denver también lo fue y volverá a serlo cuando me marche en un par de días. Queda poco en pie del Denver que conocí, esto es otra ciudad. Durante el día hago lo que puedo con la cámara, conjuro un documental con Adriana Lisboa. Por las noches subo y bajo fotos a la estantería de los discos rígidos las fotos y los movies, respondo a la correspondencia, como lechuga con camarones y veo nevar. Cada tanto, como ahora, aprovecho para borrar aquello que pude salvar en otros discos “haciendo” espacio para almacenar las imágenes de las fotos y los movies de mañana. En eso andaba esta noche helada al pie de las rocallosas: borrado y borrando, cuando por azar dí con esta carta de León. Una carta que vuelvo a leer, una carta de cuando, dice, empezaba a morir.

Eduardo Montes-Bradley

Asunto: Los propios muertos

Fecha: miércoles, 16 abril 2003 14:17

Para: Eduardo Montes-Bradley

De: ROZITCHNER LEON <leib@…>

Querido Eduardo:

Estaba muy inquieto por lo que está pasando, pensaba escribirte, pero por suerte llegó tu mensaje como si hubieras sabido la necesidad de leerte, y leer  a un Ismael que no había leído, tan ocupado como lo viví siempre por salvar a los otros en el campo político. Si las lágrimas no servían para lavar la muerte, había que lavarse las lágrimas y pasar al acto. Y eso tampoco sirve: la URSS y ahora Cuba con los tres fusilados.

“Las lágrimas no sirven para lavar la muerte”, dice Ismael en un libro antiguo, de la época en que éramos amigos, pero que yo no había leído. Quizás porque entre nosotros no nos leíamos sino que nos comprendíamos en la participación cotidiana de una realidad comun que era más directa y no necesita de escritos sino de palabras dichas y de gestos dibujados en las caras. Por eso, el leer que las lágrimas no sirven para lavar la muerte es como si desde un Ismael distante en el tiempo y en el espacio me llegaran las palabras justas, como si hubieran sido escritas para escucharlas ahora, ahora que yo estuve todos estos días llorando sobrecogido por imágenes de la hecatombe, una de ellas sobre todo, que vuelve una y otra vez y no puedo distanciarla del todo: un niño en un hospital sin ningún miembro, carcasa viva amputada, sin volver a llorar sobrecogido por un dolor insoportable y al mismo tiempo impotente. Yo mismo soy en algún sentido esa carcasa viva abandonada a la que no me resigno. Esa muerte en vida, que es también la de uno, no la lava las lágrimas. Porque Isamel se refiere no al que ya está muerto -ese ya no siente nada- sino a los que quedamos con la muerte adentro. Y a ese llorar que es ahora también por uno mismo donde el horror humano nos metió la muerte para que no sintamos nada. Yo lloro no por los muertos solamente, sino por ese modo nuevo de no matar del todo, por ese muerto vivo, mi prójimo, mi más cercano, esa carcasa dolorosa que simboliza nuestra cultura cristiana y hoy, con Sharon y con vergüenza, debo decir tambien judía.

Entonces lloro porque no me lo aguanto, y cada vez que lloro siento que yo mismo me muero un poco, y tengo que hacerlo solo y distante para no irrumpir en la vida de quienes ni siquiera quieren tener las imagenes del horror para no ser carcomidos en vida por la muerte. Siempre me extrañó que se llamaran <aguas vivas> a esas gelatinas transparentes. Ese niño es un agua viva muerta, su cuerpo flota sin asisrse a nada, se disuelve inmóvil, para siempre inmóvil, un solo grito mudo sin padre ni madre que puedan volver a albergarlo, darle la oportunidad de regresar al origen para ser contenido nuevamente como agua viva en el mar materno. Ese niño ya ni puede lavar con las lágrimas su propia muerte en vida. Ese es el problema: las lágrimas no resuelven el enigma de James: si lloro porque estoy triste o estoy triste porque lloro. Enigma de la cultura yanki, que no quiere saber ni de dolor ni de la muerte. Estoy un poco loco y se me van la lágrimas cuando te escribo.

Pero no creas que solo me conmueve Irak. Ayer, atravesando la placita de Belgrano, ámbito sagrado dominado por la iglesia, vi a familias dormir con el frío sobre el pasto, y entre ellos vi la mirada de un niño insome, perplejo, erguido como una flor nocturna, asombrado de su propia vida en medio de gente que pasa y los miran sin que pase nada. Y yo volvía a mi casa, en la otra cuadra, y a mis dos hijas…

Te abraza, Leibe

Comentarios (no hay comentarios)

no hay comentarios para este post.

Dejar un comentario