La amable fragilidad de lo universal
[Sobre Consecuencias de Penelope Lively, Trad. de Jaime Arrambide, Manantial, 2010, 344 págs.]
Por Omar Genovese
Representar una época en literatura es un arte de la evocación donde saber, experiencia y capacidad expresiva hacen una traza que supera el recuerdo colectivo. Si la novela resultante concreta un corte incisivo, el texto respira la historia con independencia del lector. Inmersa en la tradición novelística inglesa –y advertida del agotamiento de recursos en el tratamiento realista–, Penelope Lively ha fraccionado eventos en la existencia de tres personajes femeninos. Lorna, Molly y Ruth, madre, hija y nieta, quien cierra la historia recorriendo los lugares del pasado de las tres. Es recurrente el elogio a cómo –desde una perspectiva novedosa– el escritor sabe transportar al lector a través del tiempo. Lively demuestra conocer el triste rumbo de semejante supuesto, y para evitar el culebrón sentimental o el olvido en la lectura ocasional sin efecto estético, elabora con suma atención y cuidado los pasajes, las transiciones. Porque el común denominador, al desplegar una saga familiar, es el transcurrir glosado en el encadenamiento, ya de la acción, la memoria o el recuerdo de lo narrado. Con la primera persona omnisciente mantiene una afectuosa distancia, pero también construye sutiles herramientas a fin de lograr que esas transiciones para infancia, adolescencia, juventud, madurez y ocaso, configuren un flujo de tensión vital entre las tres mujeres y sus ámbitos de relación: introduce las primeras personas de cada una como un amalgama que activa y transfiere la marca genética de la expectativa humana hacia la vida.
La trama navega en la historia inglesa que va de los años previos a la Segunda Guerra Mundial hasta principios del siglo XXI. Las tres mujeres, despliegan sus acciones como un devenir de género contra la moral utilitaria, el determinismo machista, para plantear una independencia individual sólida, como muestra de carácter en cada una de ellas: hija de hija de hija… A partir de la renuncia a los roles y beneficios de clase de una familia con anclaje aristocrático, Lorna se lanza a una ruta que alberga el común denominador en la pérdida traumática del amor: Matt Faraday, arrancado por la guerra en la isla de Creta. Notable grabador en madera, su “tallar en el fondo del ojo” –como si fuera una platina donde lo real adquiere otra dimensión, más allá de nuestra visión periférica–, opera en las sensaciones, estados anímicos y reflexiones de las tres mujeres, enfocándolas desde el bies de su medida observación. En el dormitorio de la pequeña casa de campo, donde Molly fue concebida, quedará su testimonio y homenaje: un mural erótico bajo una capa de pintura a la cal. El friso es la clave, como testimonio humano sobreviviente a toda soberbia existencial de las civilizaciones. Será en las lecturas de Molly donde los referentes literarios hacen matriz y substancia intelectual: D. H. Lawrence y El amante de Lady Chatterley son más un fino telón de fondo para evocar a una Edith Warthon apaciguada, mientras que las menciones de Henry Green (Henry Vicent York) e Ivy Compton-Burnett dan meridiano a cuál es el cuerpo del estilo, cuál la densidad de voces en los diálogos. Con todo ello, Lively cultiva una forma de la amabilidad asombrosa. Sus personajes no necesitan de la envidia, odio o resentimiento; tampoco hay lugar para perversos, avaros o maledicentes. La omisión de personajes con tales rasgos, deja en escena la vivencia psicológica y anímica de las mujeres por delante de toda ruindad humana. Tal cortesía con el lector, entre otras tantas, implica un disfrute mayor en la lectura.
En el baricentro de la novela aflora el interrogante, ¿qué es la vida?: “…es un laberinto… hay un camino secreto que es el correcto, pero uno siempre elige los callejones sin salida.” Y luego, ¿qué materia sensible conforma lo femenino? ¿Qué sacrificios debe realizar una mujer para mantenerse íntegra ante toda adversidad? ¿Y el amor? Puede ser arrebatado por una tragedia, abandonado por decisión propia, o diluirse en el desgaste de la convivencia. También, la visión de estas mujeres desampara los fantasmas del hombre, como la ignorancia desde el egoísmo o el deseo de trascendencia ciego. El corte histórico es tan deliberado como armónico que resulta universal: las mismas tres mujeres pueden enfrentar problemas similares en Macedonia, China o Ruanda, en los siglos V, XII o XVII. Notable es la traducción de Jaime Arrambide, que transfiere los tonos expresivos de cada personaje, así como los giros del lenguaje, con una claridad superlativa, y que bien sirven de ejemplo a los editores españoles. Consecuencias inaugura la colección narrativa de Manantial, casa editora que anuncia la publicación del último libro de esta autora: Family Album.
Publicado en el suplemento Cultura de Perfil Diario, el 12 de diciembre de 2011.


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