Articulo

La guerra, una epopeya imposible

Por Claudio Magris

Traducción de Guillermo Piro

Francisco José I, escribe Roth en La marcha de Radetsky, no amaba las guerras, porque sabía que éstas “se pierden”, o sea, que no importa como terminen, las partes en conflicto siempre terminan derrotadas, tan alto es el costo y tan imprevisibles son las consecuencias de un enfrentamiento. Francisco José I, en cambio, amaba los desfiles militares, porque esos regimientos perfectamente en formación, en medio del ruido de los tambores, del agitarse de las banderas y del colorido de los uniformes, le parecían una tranquilizadora imagen del orden, de esa simetría y esa regularidad que dan a la vida la certeza de una casa familiar, y que la verdadera guerra desbarata, ensucia y destruye en un caos y en una mezcla de barro y sangre.
En un reciente artículo aparecido en Il Corriere della Sera, Giorgo Pressburger observa que uno de los temas principales de la literatura, desde hace tres mil años, es la guerra, y se pregunta si y cómo la literatura –que él cree que hoy calla al respecto– reaccionará ante la guerra que, nunca adormecida y a menudo furiosa en distintos países de la Tierra, hoy ha vuelto a mutilar a Europa. Hasta hace pocas semanas en general existía cierta resistencia –incluso ante las evidencias más claras– a usar la palabra “guerra”. Por ejemplo, resultaba grotesco leer los diarios que anunciaban el retiro del embajador italiano de Belgrado: desde hacía semanas la OTAN bombardeaba Belgrado y Serbia, destruyendo y matando, mientras tenían lugar los atentados en Kosovo, y los diarios expresaban la preocupación de que dicha medida diplomática pudiera perjudicar gravemente las relaciones entre Italia y Serbia, deteriorar las relaciones entre ambos países, como si se tratase de una controversia sobre la exportación o la importación de naranjas.
Durante años se ha fingido que la guerra pertenecía al pasado, sobrevolando los conflictos que ensangrentaban la Tierra; hoy está presente, constituye una amenaza real del próximo futuro. Que se encuentre o no una adecuada expresión literaria es poco relevante porque ante los sufrimientos y las muertes atroces la diferencia entre una obra maestra y una composición escolar no es mucha. De cualquier forma, al igual que cualquier otra experiencia, también la guerra se vuelve inevitablemente relato; la de Bosnia, tanto para dar un ejemplo, ha encontrado una intensa representación en el libro Marlboro de Sarajevo de Miljenko Jergovich. La literatura sobre la guerra, como han recordado Giorgio Pressburger y Giovanni Raboni, elaborando un amplio catálogo, es increiblemente rica en grandes obras. Pero desde hace casi dos siglos los escritores se preguntan cómo representar la guerra; parafraseando a Kafka, en “Descripción de una lucha”, es un gran capítulo de la literatura moderna que progresivamente se ha vuelto cada vez más problemático. En un espléndido ensayo, Stefano Jacomuzzi afrontó a fondo este tema analizando y confrontando el relato de la batalla de Waterloo en distintos textos literarios, de Los Miserables de Victor Hugo a La Cartuja de Parma de Sthendal, de La feria de las vanidades de Thackeray (recordado en este contexto también por Giovanni Raboni) a Los cien días de Joseph Roth.
El ensayo de Jacomuzzi se titula “Waterloo: ¿la epopeya imposible?”. La guerra es épica por excelencia; no porque narre gestas heroicas, sino porque, al menos en sus representaciones clásicas, se basa en el sentido de una totalidad que incluye y trasciende al individuo y sugiere el sentido de la vida como unidad en la que los daños individuales se unen, así como se unen los naufragios y las tempestades con la totalidad del mar. Aunque estén furiosos, los ejércitos aqueos o troyanos, en La Ilíada, no destruyen el orden y el sentido del mundo. En las páginas de Hugo –y, en clave completamente distinta, también en las de Roth– el narrador puede descubrir en la agitación de la batalla, a pesar de todo, un orden y un diseño, puede dominar con la mirada las cargas y las retiradas, percibiendo, en la inexactitud y en los errores, una dirección y una racionalidad; el individuo puede morir en la desolación y en la miseria, pero no sin grandeza, y vive, a veces sin saberlo, épicamente al unísono con el fluir de la vida y de la historia. En la novela de Stendhal, en cambio, la batalla no parece obedecer a planes estratégicos justos o errados, no parece conocer orden o racionalidad; todo es caótico, disperso, casual, los soldados corren en una dirección para también podrían correr en dirección opuesta, no hay una perspectiva desde lo alto que tome el plano general y se eleve más allá de la perspectiva del soldado que, extendido sobre la tierra para huir de las balas, ve ante sí sólo el barro y las columnas de humo. En la obra de Tackeray el caos está todavía más acentuado, a causa de la confusión temporal con que las noticias llegan y se deshebran yendo del frente a la retaguardia.
Incluso si Josep Roth escribe su libro en 1936 y Agosto 1914 de Solzhenitsin revela gran fuerza épica y monumental, la descripción de la batalla que desde el siglo pasado es vencedora o parece casi la única literatura posible es la de Stendhal; la epopeya, escribe Jacomuzzi, es imposible. La guerra ya no es el rostro de una totalidad articulada según una lógica propia, como en el gran libro de Clausewitz, que hace de ella el espejo un mundo racionalmente aferrable. El perfecto orden de los desfiles se desarrolla en las batallas y vuelve a componerse, escribe Gregor Von Rezzori, en la simetría de las tumbas y de las cruces alineadas en los cementerios.
La guerra se vuelve la imagen más radical de la vida entendida como desorden, accidente fortuito, casualidad. En los Relatos de Sebastopol de Tolstoi o en La insignia roja del valor de Stephen Crane, no se comprende nada de los movimientos de las tropas y de los planes que éstas deberían obedecer; soldados y oficiales van y vienen, se detienen en el camino, interrumpen el combate para comer, avanzan o huyen sin saber dónde y por qué, y lo mismo sucede en el magistral relato de la batalla de Little Big Horn en la que murió el general Custer en manos de Alce Negro.
En estos textos –y en muchos otros similares– la batalla asemeja a un cortejo, en el cual uno puede introducirse, del que se puede salir para tomar un café o volver a casa, o que se abandona para volver a alcanzarlo en otra parte después de haber recorrido un atajo, así, como quien no quiere la cosa. La guerra ya no es dominable en su completud, se deshace en una nube de polvo. También los escritores que analizan sus causas sociales y las manipulaciones ideológicas, o sea, que aferran racionalmente su origen y su mecanismo, no pueden representarla si no como un indescifrable zafarrancho indeterminado, porque ofrecer un cuadro épico y monumental, compacto y unitario, sería una falsedad, no haría justicia al desorden y a la confusión con que los hombres hoy viven –y no pueden no vivir– la guerra. Una de las imágenes más fuertes y verdaderas de ésta última la ha dado el cine, con las escenas de los alucinados encuentros en un río vietnamita en Apocalypse Now.
No parece entonces que sea posible mostrar el rostro entero de la guerra, sino sólo un fragmento. Incluso los escritores que afrontaron esa tarea con firme y cuidadoso empeño moral, como Gadda y Stuparich, por honestidad, evitan los detalles; quien la vive como una iniciación mística, como una ebriedad dionisíaca-tecnológica, como Jünger, no representa la totalidad, sino sólo astillas lacerantes. El libro Sargento en la nieve, de Mario Rigoni Stern, es una de las pocas obras épicas –capaz de condenar el horrible mal de la guerra, rindiendo al mismo tiempo homenaje a las virtudes del coraje y la solidaridad que sin embargo viven en ella–, pero no por casualidad es más una Odisea que una Ilíada.
La dificultad de representar la guerra se ha vuelto casi imposibilidad con la segunda guerra mundial, de la que falta, a pesar de muchos notables intentos –por ejemplo el de Thomas Pynchon– una narración adecuada a su realidad. Para muchos escritores este escollo ha sido un auténtico tormento creativo, vivido como una derrota. Esperamos de los escritores una condena y una desmitificación de la guerra; espera sacrosanta pero hasta ahora ilusoria, porque hubo escritores, incluso importantes –por ejemplo Jünger, pero no es el único– que han celebrado y amado la guerra, por más incomprensible o monstruoso que eso pueda parecer.
Para acabar con las guerras y combatirlas la literatura no tiene que hacer prédicas ideológicas, porque los sermones, aunque sean nobles, no son su oficio; debe mostrar y relatar los hechos, hacer que puedan ser tocados con la mano, permitiendo que pueda sentirse el horror. Subestimar la tremenda fuerza de la guerra y de aquello que impulsa a hacerla, creyendo que para impedirla bastan un poco de buenos sentimientos y alguna canción acompañada con la guitarra, significa allanarle el camino, no detener a tiempo su mecanismo. En la obra mestra del cine La gran ilusión, la guerra aparece como algo tan ineludible e irresistible como la vida, casi inseparable de ella. Sólo quien, como Renoir, sabe mostrar este insinuante poder de hacerse pasar por una necesidad vital ayuda a disolver su seducción y a no volvernos, sin saberlo, sus cómplices.
Durante el conflicto de Vietnam un anciano leader norvietnamita, hablando una vez con firme y afable melancolía en la televisión francesa, dijo que para los hombres de su edad, en aquellas regiones, la vida casi se había identificado con la guerra, combatida durante tantas décadas; es éste, agregaba, el peligro más insidioso del que debemos cuidarnos: el hábito a considerar la guerra tan necesaria e inevitable como la vida, como la respiración.

Corriere della Sera (1999)

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