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Articulo

Biatatà

Por Ariel Dilon 

[Este cuento fue escrito para un concurso que ostentaba el equívoco lema de “El Brasil de los sueños”, discernido por una ignota asociación de cultura brasileña en Bogotá. Que Dilon no ganó. Por lo tanto no se fue con su chica a Río una semana con 2.000 dólares para gastar alegremente. Pero le queda el consuelo de haber descubierto que el relato ganador era mucho peor que el suyo. Había un límite de longitud: 1000 palabras. Dilon se tomó la libertad de excederse en una: el título. 1001 palabras es más que 1000, a lo que alude la última línea. Dilon propone crear en Nación Apache una sección de derrotas concurseriles: para esos textos escritos especialmente para un concurso y que al perder pierden también su razón de ser y su único destino posible. Crearles un destino alternativo, gesto compasivo si los hay, aunque no necesariamente lo sea para el lector.]

Tuve un sueño cultivado y erudito, como sólo los sueños de un tonto pueden serlo. Era un baile de máscaras donde cada quien fungía de sí mismo. Me incliné por ejemplo hacia un adusto dignatario, que contemplaba a los danzantes con enconada melancolía; le adiviné al oído: “Ya sé que es usted Getúlio Vargas”. El dictador, descubierto, ensayó un circunloquio –“Só Deus sabe das minhas amarguras e sofrimentos. Que o sangue de um inocente sirva para aplacar a ira dos fariseus…”–, y se retiró a buscar la solemnidad del último disparo. El doctor Simão Bracamarte, famoso alienista de Itaguaí, que un día dio el alta a todos sus pacientes, se autodiagnosticó locura y se internó en su casa de orates, departía amablemente con el refugiado Stephan Zweig, desuicidado para la ocasión. Pero el hombre de la rosa do povo los interpelaba: “¿Cómo posso acreditar em Greta Garbo, nas peles que elegeu, sem nunca se oferecer de todo para mim?”. Vadinho coqueteaba con una belleza de ojos ebrios, semidesnuda, que canturreaba: “¡índia, índia!”, y de atrás de un Cavalcanti salía Oiticica vestido de espectro: “¡¡Parangolé!!”, gritaba. El Aleijadinho se alejaba impasible; del brazo con Lévi-Strauss iban charlando de tristes tópicos: la fe, el amor, la muerte. En mi sueño hasta los mancos se daban la mano: era esperado aquel manco de la gran guerra que encontró su nombre entre la brasa y la ceniza (“Blaise, Braise, Brésil: Brésil Cendré”). Con su mano que no tenía estrechaba la del pintor Portinari, que había ido a recibirlo a la aduana antigua de Santos. De isla en isla el belga había recogido caracolas que envolvía en aromadas Feuilles de route: “islas islas islas en las que nunca tocaremos tierra islas en las que nunca descenderemos”, salmodiaba en tres patas por la playa. En un restaurante de Guarujá se dejó hacer “de las líneas de la mano gramófono”, y oyó su fortuna hecha cascabeles de macumbeiro. Yo estaba en su paquebote, ahora goleta de 1557 crujiendo entre las olas: vientres que al ondular incuban sombras. En el castillo de popa, el viajero Jean de Lévy escribía con pluma de ganso: que los tupís están en guerra permanente, que sólo se comen a sus enemigos tras introducirlos en la intimidad de la tribu. Con aquella página de bitácora arrancada yo corría a ver cómo Cendrars aplaudía con su sola mano los disfraces, pero el poeta me la quitaba. “Merci –me decía–: para mis hojas de ruta”, y mordisqueaba las letras como granos de milho. Oswald de Andrade acotaba, excusándolo: “tupí or not tupí: that is the question”. Cendrars en mi sueño se daba con sus amigos un gran banquete: se los comía, y ellos a él. Eran caníbales delicados: antropofagia sublimada como la de los doce apóstoles, que se comieron, pan y vino, a su maestro. Así que el buen Blaise, y Tarsila, Oswald y Mário, Le Corbusier, o fazendeiro Paulo Prada y Orson Welles que dijo: It’s all true, se comían entre mutuas cortesías, alzando copas a la salud de todos, maestros unos de los otros. Y una muchacha entonces ni nacida invitaba voluptuosa: “vamos comer Caetano”. Y Jean Cocteau, que en mi sueño estaba allí (¿habría emprendido una cura de desintoxicación con Bracamarte?), comentaba que sin el opio los proyectos le parecían “tan dementes como si alguien que se cae por la ventana –dijo– deseara vincularse con los ocupantes de las habitaciones ante las que pasa”. Y saltaba, para ilustrarnos, por la ventana; pero a mitad de camino (si el vacío puede llamarse así) se transfiguraba en albañil cayendo del costillar de acero y viento de una construção, y el metafísico albañil iba tratando de hablarles a los ocupantes de los sucesivos pisos sin paredes. En uno el muñeco Tom Zé, ventrílocuo de sí mismo, repetía: “O dia en que a bossa nova inventou o Brasil”. En otro piso el náufrago Ungaretti, uomo di pena, rostro tallado en piedra y humo, lloraba al hijito muerto en Sâo Paulo: “Novi anni cui né giorni, né minuti/ Mai più s’aggiungeranno”. Y más abajo otros niños, para consolarlo, cantaban a coro (dirigidos por el bêbado do sol de Itapuã): “era uma casa muito ingraçada, não tinha teto não tinha nada”. Y el albañil cayendo pasaba ante el banquete, donde aquellos golosos se saboreaban entre vino, torresmo y pastel de camarão. Y otra muchacha dijo, airadamente: “a gente não quer só comer, a gente quer prazer pra aliviar a dor”. Y el albañil vacilaba, suspenso en el espacio, como se fosse tímido, y aguardientemente dijo: “Traga-me um copo d’ãgua, tenho a sede, e esta sede pode me matar”. Y yo estaba con Cendrars en la cubierta del paquebote, bordeábamos Ilha Rasa. Con su única mano señalaba la costa: “una luz resplandeciente inunda la atmósfera, una luz tan coloreada y fluida que los objetos que ella toca parecen liquidificados”. ¿Pero quién inventó el Brasil?, le pregunté. Y él absorto: “Resulta que yo sé los nombres de las montañas que rodean esta bahía: el Gigante acostado, la Gávea, el bico do Papagaio, el Corcovado, el pan de Azúcar que los compañeros de Jean de Lévy llamaban el Pote de Manteca, y las agujas extrañas de la cadena de los Orgãos”. Y vi allá lejos la mano mancada de Cendrars alzar sus dedos de roca entre la bruma: “Buenos días a todos”, dijo. Después desapareció: ya surgía sobre las olas Biatatà, espíritu del mar, se alzaba en pavorosa sombra cósmica. Tarde o temprano, pensé, a todos nos devorará. Allí mismo me encontré servido en plato enorme, sobre el mantel azul del agua. Pero antes de que la sombra me tragara el plato alzaba vuelo: Os mutantes habían venido a rescatarme en su objeto soñador no identificado. Abajo los mares, morros, selvas y ciudades; arriba el trío electrogaláctico cantaba: “El Justiciero cha cha cha, qué otra cosa puedo dar…” Me desperté sabiendo que toda brasa es luz pero también carbón, noche concentrada, y que un sueño vale más que mil palabras.

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