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Articulo

Comienzo de una novela que seguramente nunca será

Por Luis González Bruno

Todo comenzó cuando supe que mi vida había terminado. Seguramente. Fue una tarde. Un atardecer, más bien. ¿Importa el día? La fecha, quiero decir. ¿Si el cielo estaba transparente como puede estarlo en esta ciudad o si unos negros nubarrones prometían tormenta? Las circunstancias climáticas, ¿importan? Puedo describirlas. Ahora o más adelante. Sospecho que me sobra el tiempo, ahora sí. No sé a ustedes, pero eso no me concierne, por lo menos hoy no. Su problema. De ustedes, quiero decir. Decía que el asunto se presentó claro a esa hora de la tarde, del atardecer cercano a una noche inminente de cielo profundo y estrellado mientras caminaba por una calle curiosamente repleta de animales. Imaginen, graznidos, ladridos, mugidos, bramidos, chillidos. Insoportable. Imposible escuchar el sonido de mis pasos mientras avanzaba. No era que las bestias estuvieran por allí, sueltas, obstaculizando mi caminata, no. No podía verlos, pero estaban por los alrededores, atrás o arriba, a los costados. El olor a mierda lo atestiguaba. Estaban por todas partes pero no podía verlos. Caminé más rápido. Quería alejarme. Pero eso pareció excitarlos todavía más. Al fondo de la cuadra una jauría de perros enormes aullaba. Sobre las copas desnudas de los tilos los monos chillaban. No quise levantar la cabeza. Si lo hubiera hecho tal vez los habría visto y podría decirles cuántos eran, su color, especie, si se trataba de macacos o chimpancés o incluso gorilas. El suelo se estremeció. El pavimento a mis espaldas. Me detuve. Los que han viajado por Africa aconsejan la más extrema quietud cuando se está en medio de una estampida de elefantes. Dos metros me separaban de un tilo de tronco grueso detrás del que encontraría protección. Me resistí. Sabía que mi vida dependía de mantenerme inmóvil, de confundirme con el terreno, de desaparecer como una zebra entre los pastos altos de la sabana. El asfalto crujía y los árboles y los cristales de la vidrieras y la chapa de los autos aplastados. La piel justo por debajo de mi nuca se erizó. Siempre me pasa cuando estoy a punto de perder el control. Fue el único movimiento que me permití. Duró un segundo. Menos de un segundo. Logré controlarlo. Comenzaron los incendios. Los autos, o los cables de alta tensión que caían sobre las rejas de los jardines, o algún sistema de defensa implementado por los vecinos para salvar sus propiedades de la fuerza ilimitada de la manada en plena carrera, o un rayo sobre los tilos. Había comenzado a llover. El cielo se iluminaba. No lo veía directamente sino por los reflejos en los charcos que se formaban a mi alrededor. Chispazos. El pavimento se volvía plateado con cada descarga. Como un espejo. Parado, brazos colgando, cabeza recta, ojos abiertos, en medio de un espejo infinito. El temblor se detuvo. Los monos desparecieron. Igual los perros. Cesaron los bramidos, los aullidos, los graznidos. También las llamas. Persistía el impacto seco de las gotas sobre el cristal. La lluvia me había salvado. Escurrí las gotas que caían sobre mis párpados. Ví entonces el parque, del otro lado de la avenida. Ordenado, delineado por senderos de polvo de ladrillo. Supe de inmediato que debía cruzar, a pesar de los autos que bajaban a toda velocidad hacia el centro de la ciudad. Sentí que era un refugio. El parque, su organización, las azaleas de jardín tan lejanas de la fronda salvaje de la selva, el césped y los ligustros, tan tranquilizadoramente amaestrados por las podadoras. Era mi lugar. Seguro. Y debia alcanzarlo cuanto antes. Sobre todo antes que cayera la noche sobre mi cabeza empapada. Había dejado de llover, claro. Siempre ocurre cuando uno encuentra por fin el paraguas. Pero esos autos, esos rebaños de camiones lanzados hacia el bajo, no hacían que la tarea se presentara particularmente fácil. Recorrí la vereda buscando el punto estratégico desde el que impulsarme hacia el otro lado. Cada uno tenía sus ventajas e inconvenientes. Sobre mi derecha, el flujo del tránsito se aletargaba por algún motivo que no llegaba a comprender, pero era un hecho. Sin embargo, el parque, inclinado ligeramente a mi izquierda, se alejaba en una diagonal que me obligaría a correr una distancia mayor. A la inversa, si me colocaba diez o quince metros sobre mi izquierda, justo frente al camino principal del parque, el trayecto era proporcional a mis fuerzas y velocidad, pero en ese sector los vehículos transitaban con tal rapidez que hacía imposible intentar esquivarlos. Revisé mis bolsillos. Vacíos. Incluso el posterior derecho de mi pantalón en que siempre hay un pañuelo recién planchado y doblado en ocho. Me agaché para pensar. No porque agachado piense mejor sino porque así mi cuerpo ofrecía menor superficie de impacto ante el eventual desperfecto de un automóvil o descuido del conductor que haría que se desviase de la línea recta y arrasara con todo sobre la acera. Algo se clavó en mi muslo derecho. Metálico, no muy punzante, en dos o tres puntos separados por pocos centímetros. Entonces recordé la moneda de un cuarto de dólar que adorna mi llavero. Estaba allí, por suerte. La hice correr por la argolla doble hasta que cayó plana al piso. Podría haber decidido qué hacer en ese momento: fue águila. Pero no había resuelto de antemano qué valor asignar al animal y al rostro empelucado. Si lo hago ahora, pensé, ¿será azar o necesidad? Aguila panza arriba cruzo siguiendo el trayecto más corto. Pero así, ¿decidió la moneda o decidí yo? Y ahora mismo, si fijo los valores, por ejemplo águila-camino corto y peluca-camino largo, ¿decide la moneda o decido yo? Comencé a acalambrarme. Nunca fui bueno para permanecer en cuclillas por largos períodos. Y no podía levantarme hasta que resolviera el problema. No podía pensar de pie, no porque no pudiera pensar de pie sino por la cuestión de la vulnerabilidad. El último rayo de sol angosto entre las nubes dio de lleno en la moneda. El águila agitó sus alas. Una señal, ¿pero qué? ¿qué cosa? ¿camino corto o camino largo? La calzada húmeda se tiñó de rojo. El silencio, casi el silencio, sobre la calle, a mi alrededor, envolviendo todas las cosas, el parque, el cielo, la ciudad completa. Una nube vertical y oscura ocultó el último rayo de sol. El águila quedó inmóvil. Un segundo. Después el ruido, violento, de nuevo, junto a la avenida que se había vuelto verde. Ví el semáforo. Sin duda había perdido mi oportunidad.

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