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No hay modo de hacer la paz, si no es con el enemigo

Por Alejandro Horowicz

Cuando uno somete cualquier problema a la naturaleza de los respaldos de cada posición no tiene en verdad modo de optar. Salvo que se trate de una suerte de coartada moral: puesto que Fulano apoya tal cosa, y yo no puedo estar con el, entonces yo no tengo mas remedio que sostener muy desagradado lo que sostengo. En realidad, el problema me parece que es otro. Uno decide solo.
Para situarnos en Medio Oriente: ¿cual es el problema de seguridad que argumenta del Estado de Israel?
Vamos despacio: hay creo dos razonamientos de máxima. En el primero el armamento de la guerrilla palestina es el problema. Por tanto, la seguridad consiste en desarmarla. El viejo Clausewicz sostenía que el objetivo de la guerra es desarmar al enemigo. En buen romance: vencerlos militarmente. Las almas nobles partidarias de este punto de vista añaden: “y ahí, entonces, negociaremos”. Los cínicos, sonríen y piensan: “una vez vencidos, ¿para qué vamos a negociar?” No hay que ser un genio militar para saber quien va a prevalecer desde ese abordaje. Rabin y Arafat ilustran con sus respectivas muertes las consecuencias de ese punto de vista.
En el segundo razonamiento, que es el que sostengo, la seguridad no depende del armamento de la guerrilla palestina. Suena loco, pero avancemos: ¿el gobierno egipcio tiene o no tiene armas superiores a las que se le adjudica a la guerrilla? Nadie duda, pero supongamos que nuestro desconfiado amigo si lo hace. Sumemos, el ejército egipcio, mas el jordano, mas el sirio, mas el libanés, todos juntos tienen mas muchísimo mas que la guerrilla árabe. Pero nadie cree que Egipto marche a la guerra, ni que lo haga Líbano, ni Jordania ni siquiera Siria.
Dicho sintéticamente: el objetivo militar israelí, la existencia del estado, ha sido asegurada por la paz. Es decir, la aceptación de las partes de la inevitabilidad de la existencia del otro, la coexistencia con el otro. No se trata que no exista Egipto, ni los demás estados fronterizos, sino de normalizar las relaciones bilaterales. Es cierto que tanto Egipto como los demás estados árabes debieron modificar su postura, no menos que efectivamente lo hicieron. Por eso hoy no se debate sobre la existencia del Estado Israelí, sino sobre las condiciones de su existencia.
No defiendo los métodos de la guerrilla palestina, (voladura de la Amia, terrorismo contra civiles) ni los argumentos teológicos con que intenta legitimarse. Sí reconozco el derecho a la existencia de un estado palestino. Ese es el verdadero debate. No se me escapa que los argumentos teológicos también suenan en otros campamentos, y que la guerra santa tiene defensores en ambos bandos. Esa guerra solo puede sostenerse en nombre de un derecho absoluto: Israel sin estado palestino, Palestina sin estado judío. No estoy dispuesto a sostener que una solución es menos dramática, injusta, y suicida que la otra.
No aceptar la paz implica en última instancia avenirse a esta lógica. Esa lógica ataca nuestra tradición hasta volverla irreconocible. De oprimidos pasamos mutatis mutandis a opresores. La libertad de ningún pueblo puede sostenerse al precio del exterminio del otro. Eso no es autodeterminación judía es autodestrucción. Y es preciso admitirlo: hoy la discusión es sobre la destrucción o la autodeterminación del pueblo palestino.
Israel y la guerrilla palestina están en guerra. Solo los que están en guerra pueden hacer la paz. La paz es un largo camino para resolver un problema que no tiene solución militar. La paz se hace con el enemigo. Temo que sin esa dosis de realismo apoyado en valores, no solo se destruyen los valores sino se pierde el principio de realidad.

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