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Articulo

En tiempo real

Por Eduardo Montes-Bradley

La naturaleza de los hechos que vengo a narrar, me obligan a cambiar los nombres de sus protagonistas. No tanto por preservarlos a ellos de mi indiscreción, sino por resguardarme de las represalias en caso de que esta pudiera ser entendida como delación. Los hechos:

El pasado lunes 11 de julio, poco antes del medio día, recibí un llamado por Skype. Del otro lado del aparato estaba el Conde Andrea San Giovanni de quien no he tenido noticias desde que, a propósito del bautismo de su primogénito, fuéramos muchos de sus amigos invitados a pasar una semana en el austero enclave alpino de Liechtenstein. Desde entonces y hasta la fecha, sólo he recibido postales del pequeño Alain montado en un elefante en la India, nadando con delfines en algún lugar del Pacífico, o jugando al polo en un caballito de titanio en alguna feria de milagros electrónicos en Singapur. Las notas que acompañaban la vista podían resumirse en tres palabras: “Plein de bisous!”. A pesar de la prolongada ausencia, pude reconocer al conde por su voz antes que la imagen corroborase el resultado de mi presunción.

—“Te llamo como amigo, pero requiero de tus servicios profesionales”, dijo. Tras estas pocas palabras se abrió la pantalla de video en el monitor de veintisiete pulgadas del que he aprendido a depender como de una madre. Andrea lucía desmejorado, algo cano. Mordía de uno de los extremos de un tubo de plástico que pudo haber servido para beber. Por lo que pude observar el hombre no estaba en algún lugar reconocible. En el fondo del recuadro habían cajas de cartón, paredes vacías y una cama deshecha.

—“Sofie se atrincheró en la casa con el heredero y cambió la cerradura”, dijo. La casa a la que Andrea se refiere es un palacete en Vaduz de mucho cuidado. Se me ocurre que con cambiar la cerradura de una puerta no hubiera impedido el acceso de Andrea por cualquiera de las otras, por las innumerables ventanas y balcones.

—“Sé lo que estás pensando. Pero si fuera tan fácil no estaría acorralado en un departamento de dos ambientes en Viena”.

—“¿En Viena?”

—“Así como te lo digo. La muy hija de mil putas presentó una denuncia por abuso previniendo a las autoridades sobre la posibilidad de que yo anduviera armado y no sé cuántas mentiras más, de modo que al llegar después de un día de pesca en Bodensee fui sorprendido por agentes de seguridad del principado que antes de que pudiera descender de la voituré me inmovilizan, encapuchan, esposan, y encanutan en la parte de atrás del vehículo con el que me tiraron en Innsbruck”.

—“¿Me estás jodiendo?”

—“¿Tengo cara de estar jodiendo?”

Responder a una pregunta con otra pregunta es un atributo de mi madre, no de Andrea. La verdad es que no tenía cara de estar bromeando.

—“¿Qué puedo hacer?”

—“Tais-toi et écoute!”

—“Escucho”.

—“Hace años me propusiste hacer un documental para que mi hijo supiera quiénes eran sus abuelos. En aquel momento te dije que no hacía falta recurrir a un filme para que Alain supiese quiénes fueron sus antepasados, creo haberte dicho algo así como que los San Giovanni no andamos buscando nuestras raíces porque somos precisamente eso. Disculpame si fui grosero. Pero creo que algún día Alain pueda verse interesado en cómo fue que planeé y ejecuté la muerte de su madre”.

Por un momento el silencio fue suficiente para que sacara algunas cuentas. Él hablaba en pretérito de una acción que todavía no había acontecido. La idea de un crimen me parecía poco estimulante frente a la posibilidad de jugar con el tiempo. La imagen de Andrea había quedado congelada en la pantalla de Skype”.

—“Voy a matarla Eduardo, y quiero que vos hagas un documental con esta historia a medida que se desenvuelve. Es posible incluso, que después de liquidar a Sofie te regale un final elegante al rajarme un tiro en la sien”.

—“Crime always pays…”, dije.

—“Y por partida doble. Estamos hablando de dos crímenes y ambos quedan saldados antes de los créditos del rodaje final”.

—“Me gusta la idea. Pero si te pegás un tiro antes de que yo termine la película a quién le mando la factura. ¿No podés esperar hasta el estreno?” Supuse que si agregaba una pizca de humor al diálogo conseguiría hacer que Andrea deje de morder ese canuto, que se relaje, que vuelva a sus cabales.

—“Pensé en todo Eduardo, también en eso. Mandame tu número de cuenta y antes del viernes tenés el 50% de lo que me pidas. El otro 50% queda depositado en el bufete de Fischer & Panther en Zurich. Cuando termines la película te ponés en contacto con Panther, él ya tiene instrucciones para que percibas el saldo más un bono considerable por tu compromiso, y lealtad”. Empezaba a pensar que todo esto venía en serio cuando Andrea se aproximó a cámara, y en un primerísimo plano-pathetique agregó: “Yo sé que esto no debe ser fácil para vos…”

Andrea se equivocaba, pero no iba a ser yo el que se lo diga. Lo que me estaba proponiendo era infinitamente más fácil que pedirle un crédito al Incaa, y no había que coimear a nadie. Pero había algo en todo esto que no me terminaba de cerrar. Como fuera, la idea de hacer un documental en tiempo real, sobre un hecho concreto terminaba por convertirse en un desafío difícil de eludir. Era como rodar noticias sabiendo qué es lo que iba a pasar un día antes del Tsunami, una semana antes de la entrada de los barbudos a La Habana, en las horas previas a la erupción del Shinmoe en Kagoshima o la muerte de Néstor Kirchner. Pero había otra posibilidad: que Andrea se hubiera vuelto loco y que al día siguiente recibiera un llamado de Sofie preguntando si sabíamos algo del conde desaparecido. Lo cierto es que el lunes 18 de julio, una semana después de aquel llamado, recibía confirmación bancaria del ingreso a cuenta de un giro proveniente de Zurich por un monto de ciento veinticinco mil euros. Et violà!, fin de la historia, al menos por ahora. Supongo que en el transcurso de las próximas semanas tendré novedades. Por el momento me conformo sabiendo que tengo una película por delante y, en caso de que suceda algo imprevisto, testigos entre los lectores de Nación Apache.

Comentarios (un comentario)

Por ahora, soy tu testigo. ¿Querés que, además, te haga de camarógrafo? Un abrazo.

Gus Nielsen / Julio 20th, 2011, 9:18 pm / #

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