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Articulo

Sobre la recurrencia del pasado

Por Omar Genovese 

[Algunas observaciones respecto al artículo Günter Grass y la utopía nazi, de Nicolás González Varela]

De nada vale ponerse agresivo respecto a una reinterpretación de la historia, o intento de ubicar en tiempo y espacio a un escritor, aún sin quedar claro el propósito: su condena o vindicación definitiva. 
La exposición de González Varela deja flotando una omisión y, lo que creo que es peor, la sensación de cierta posibilidad: el perdón intelectual ante las circunstancias. Vayamos a lo primero. 
Evocar al nazismo como una serie de errores y oportunismos casuales, es denigrar el análisis que merece un fenómeno político-social del que debemos estar alerta para que sea irrepetible. No digo ya tomar el bastón policíaco para señalarlo y perseguirlo (eso es del orden de los Estados, mal que nos pese el término), sino a tener un cierto nivel de atención para detectar su aparición sombría.
Por su metodología, el nazismo es de una sutileza programática efectiva, como padre de la infiltración ideológica y unificación de un pensamiento único de masas, como ejemplo del vaciamiento absoluto de los significados del discurso individual (más efectivo aún que en la URSS de Trotzky-Lenin-Stalin). Su herrumbre ha dejado abierta la cascada de la ignominia, larvándose, día a día, momento a momento, entre las mentes más simples, plagadas de ansias y faltas absolutas; cosa que no lo justifica, ni un ápice. Pero también recorre el mecanismo de mentes lúcidas, educadas, que generalmente se las denomina desde el mercado de valores como “formadores de opinión”. Algo tan fantasmal como la generación de ideales en un mundo donde lo que se vacía es el bolsillo, junto con la cabeza: miseria sobre miseria. G. Varela omitió un dato importante: de dónde surge el poder en el que se monta Hitler para ascender políticamente. Y eso tiene que ver con varios cruces en la tradición germano militar, me refiero a los Freikorps, o paramilitares voluntarios que fueron utilizados en la Guerra de los Siete Años por Federico II de Prusia, más tarde contra Napoleón, y durante y después de la Primera Guerra Mundial. Costumbre que seguiría en la efectiva ayuda que brindaron para aplastar la Revolución de Noviembre y así establecer la República de Weimar, endeble aglutinamiento estatal que caería en manos de Hitler para formar el definitivo estado nazi. Los paramilitares o Freikorps (siempre a la sombra del ejército de tradición prusiana) fueron disueltos formalmente alrededor de 1920, pero su función ya estaba instituída y se autoconvocaron bajo la forma de Sturmabteilung (SA), dirigidas por Ernst Röhm, ex militar, socialista y nacionalista, quien apoyara el intento de golpe de Hitler desde Munich. Esa fuerza irregular, derechista, “socialista” por osada adaptación prosaica, fue la base popular en la que el nazismo cimentó su construcción de poder. Es de conocimiento vulgar que Röhm acumuló una verdadera fuerza de choque que ponía en conjetura el orden que esperaban tanto el ejército alemán tradicional y los industriales con ambición imperialista. La masacre de Röhm y su círculo íntimo dejó una organización paramilitar obediente en manos de Himmler y el proyecto del nuevo estado agresor; un pase de manos que unía el poder popular, la tradición bélica del pueblo guerrero, y esa determinación casera por la que una vida fuera de orden debía ser eliminada, el germen mismo del terror absoluto. Más allá del desmadre de la guerra hitleriana, el proyecto nazi siguió su curso en función de una cruzada interna por la mejora absoluta de las condiciones de vida de una raza sumida en siglos calamitosos, como cuestión sanguínea, interna, incuestionable. Algo así como la comunión del cuerpo alemán con el ideal de sus entrañas: el cuerpo puro emitía filosofía, ideales, creación. Algo tan absurdo como esperar que una simple piedra se convierta en oro por el solo hecho de contemplarla. Pero el aparato ideológico, el sistema motor de la propaganda, los resultados inmediatos de una política económica militarista y consumista, lograron justificar lo injustificable: el sacrificio y la lealtad de un pueblo. Máquinas de matar, efectivas, correctas, ubicuas, ordenadas, obedientes, indispensables para una expansión rápida y ocupación meticulosa de territorios. Semejante aparato depredador implantó la matanza metódica de la población civil como recurso primario: eso que hoy se aplica en las guerras de “baja intensidad” del siglo XXI. No olvidemos esa imagen invertida del nazismo tras las fronteras del socialismo soviético: la “otra” masacre –de la que Hitler tenía conocimiento detallado– llevada a cabo por el Ejército Rojo de Trotzky contra toda expresión disidente. De alguna forma, los criminales se agazapaban para tomar impulso hacia las fronteras, ensayaban internamente los procedimientos futuros.
Un pueblo (el alemán) fue prisionero de una tradición salvaje convertida en ilusión, siendo él mismo su primera víctima. Así parece que la cuestión queda en el límite del castigo de la derrota, la ocupación, sumisión y renacer, como un pueblo que aprendió de su pasado y nunca volverá a desmadrarse. Pero la cuestión está lejos de ser zanjada en esos términos. Hoy, el estado alemán unificado muestra rebrotes nazis en su juventud (la sangre, digamos, tira de la cuerda de los más débiles y maleables), y hasta lo muestra en su política exterior respecto a estados como Turquía, Irán, Siria, con los que el comercio se convirtió en un intercambio de otro orden (tengamos en cuenta que el Bundesbank es el más solvente del planeta). En ese contexto, la confesión de Grass suena más a desafío que a un mea culpa responsable. Su picardía (ocultar esa porción de pasado) le ha hecho merecedor –por propio mérito en el oficio de escritor– del Premio Nobel de Literatura, un símbolo, una cumbre intelectual que lo eterniza. El guiño cómplice (a esos otros cuerpos en los que palpita la sangre capaz de emitir sabiduría aria), resulta lamentable, indigna, lapidadora del propio esfuerzo como escritor, como artista del hambre. Lo burlesco de la actitud (como decir: “y pese a todo, yo me formé ahí, soy de ese riñón mismo…”), no hace más que ensombrecer definitivamente la consideración por la obra de Grass. Ser hijo del germen es todo un símbolo de renacimiento y reconocimiento. Comulgar con ese pasado es dejar abierto el abismo del descontento nazi. Es, meramente, un acto de propaganda política. La falta de prurito (ah, la intimidad, la intimidad como algo sagrado para llevar a la tumba, dignamente) resulta inadmisible e insultante, no hacia un pueblo en particular (los sionistas no son depositarios de la memoria del pueblo judío, más cuando hoy están ocupados en pergreñar otras masacres) sino hacia la humanidad toda. Nunca me canso de repetir que Fritz Lang consideraba al nazismo como un asesino, que está entre nosotros. Ojos atentos, mentes lúcidas, hacen que las celadas intelectuales queden al descubierto. La advertencia está hecha. El perdón podrá buscarlo en el rezo de la agonía, pero para mí Günter Grass ha muerto antes de morir, en un gesto patético.

Comentarios (3 comentarios)

Gracias Omar por tus precisiones, espero contestarte y seguir esta discusión tan rica. Un saludo…

Nicolás González Varela / Agosto 18th, 2006, 6:29 am / #

[...] La entrevista a Günter Grass publicada por La Nación (televisiva, breve, condescendiente), confirma ciertas dudas lógicas. Una, la más compasiva, es que el genial escritor chochea con su culpa. Cuando leemos que estuvo en un pozo, jugando a los dados, con el futuro papa alemán, bueno, ahí, ya no cabe otra sospecha sobre su delirante estado. Es llamativo que afirme la posibilidad de haber sido un criminal: “Pero no podría responder por mí mismo si hubiera nacido dos o tres años antes.” Es la pulsión de la sangre aria, ésa que genera un saber siniestro… ¿O acaso el marketing editorial pudo con su conducta? [...]

el fantasma » Blog Archive » Peligro de estafa / Agosto 18th, 2006, 9:37 am / #

[...] no podría responder por mí mismo si hubiera nacido dos o tres años antes.” Es la pulsión de la sangre aria, ésa que genera un saber siniestro… ¿O acaso el marketing editorial pudo con su [...]

Phantom Circus » Blog Archive » Peligro de estafa / Enero 26th, 2012, 12:00 am / #

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