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La crisis en el partido de Alem / Recuerdos de un no radical

Por Mempo Giardinelli

Los cruces, cada vez más fuertes, entre los llamados radicales K (pro-oficialistas) y los dizque opositores (pro-lavagnistas), amenaza duramente a la democracia argentina. 
El rudo lenguaje que está ganando a la UCR no es en la política argentina. Pero sí pone al borde de la ruptura a un instituto político centenario cuya premisa moral fue, durante décadas, el mandato de Leandro N. Alem: “Que se rompa, pero que no se doble”. 
Hoy tampoco queda claro qué va a pasar, si división o componenda. Pero lo que se ve desde afuera, de hecho, es que el legendario partido hoy no debate ideas sino candidaturas, y ninguna de ellas radical.
En el entrevero resuenan las voces de Storani, Iglesias, Rozas, Zamora, Posse, García, Cobos, Katz, Eseverri, Stolbizer, Terragno y el mismísimo y eterno Alfonsín. Y como mirando desde un palco, el polifuncional Lavagna y hasta el macrizado López Murphy. Todos, cual coreutas sordos, componen un canon inacabable que sólo delata –como se decía en mi casa– el mayor pecado para un radical: ausencia de rumbo y falta de una conducción ética irreprochable.
Ante esta tragedia política –que alguien explicará algún día, seguro, pero que hoy no debería alegrar a nadie– vienen a la memoria circunstancias parecidas. El ‘57, por caso, cuando el cisma entre Balbín y Frondizi, quien tenía detrás al mismísimo Juan Perón. O el 73, cuando Mor Roig se alineó con el general Lanusse en el desplazamiento de Onganía y Levingston. Episodios de la vida nacional que cada uno recordará a su manera, pero que en mi caso fueron, diría, confesando intimidades, constitutivos de un estilo de moralidad política. Porque nací y me crié en un hogar provinciano en el que todos, o casi todos, eran radicales.
Mi madre, de cepa conservadora bonaerense, y mi padre, único varón de una familia de inmigrantes socialistas amigos de Juan B. Justo, sintetizaron en el Chaco en un furioso radicalismo antiperonista. Allá tejieron lazos de amistad, vecindad y confianza con quien fuera líder del radicalismo chaqueño por décadas: Luis Agustín (“El Bicho”) León. Un padrino para mí, como lo fue su ladero más fiel y más decente, el Buby Leonelli.
Disculparán los lectores si esta nota se torna personal, incluso íntima, pero la verdad es que esta crisis sólo convoca, en mi caso, fantasmas del pasado. Los mismos que jamás lograron que yo fuera radical, pero sembraron en mí y en muchos chaqueños las mejores enseñanzas cívicas, llamadas convicción democrática, tolerancia y respeto por el pensamiento diferente.
El sentimiento que abrigo en estos días, ante estas disputas solapadamente feroces en el partido de Don Hipólito y Don Ricardo (como se llamaba en mi familia, confianzudamente, a Yrigoyen y a Balbín), es un enorme desasosiego, acaso motivado por el recuerdo contrastante de aquellas lecciones a las que asistí de niño, incluso con la presencia de Balbín en el comedor de mi casa, aconsejando con su grave voz de bajo a los apasionados jóvenes dirigentes que eran León, Leonelli, Coco Carrió (el padre de Lilita, claro) y alguno más, todos fieles al “Chino”, todos desesperados y virulentos antifrondizistas.
Eran tiempos en los que el “Tribunal de Conducta del Partido”, como se le decía, era un organismo vivo, y temible. Y tiempos en los que esa conducta se valoraba tanto que luego brilló, desde la Presidencia de la República, en el ascetismo y sobriedad de Don Arturo Illia.
Desde aquel niño fascinado con esas primeras lecciones de civismo es que miro ahora esta crisis lamentable de la UCR. Que ya veremos si esta vez se rompe o se dobla. Se rompió en el ‘57. Se dobló en el ‘94, cuando Alfonsín negoció el Pacto de Olivos con Menem; y en 2002 cuando no se sancionó a De la Rúa.
Esta vigilia moral –en el fondo, para mí, lo es– me da pena y me da rabia, porque el radicalismo es un partido que la democracia argentina necesita fuerte y vigoroso, para que haga lo que siempre hizo mejor y ahora ha olvidado: ser contrapeso en el desborde; fiscalizar en bien de la decencia; inculcar docencias republicanas como las que caracterizaron a Alem, a Sabattini, a Nudelman, al inefable Crisólogo Larralde.
Qué pena este partido que ya no se rompe por principios y conductas, y en cambio se deshilacha a la vista de todos, modernizado y pragmatizado en el peor de los sentidos, y con liderazgos viscosos, insustanciales, pequeñitos.
Esta crisis del radicalismo es, para mí, una crisis de la democracia. Sólo puedo abordarla mediante esta evocación. Como un blues melancólico que los lectores sabrán excusar.

Publicado en Debate # 179 el 17 de Agosto de 2006.

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