Días de transición
Leyendo noticias sobre la situación en Cuba, aparecen todo el tiempo una serie de frases hechas, el campeonato mundial de lugares comunes: “El fin de una era”, “Situación incierta”, “Horas claves”. Algunos medios televisivos incluso se aventuran con “El final del tirano”. Es curioso, son los mismos medios que en lugar de llamar dictador a Videla, lo nombran con un modesto “Presidente del gobierno de facto”, y a la última dictadura la llaman “Proceso”, nombre con el que la propia dictadura se publicitaba a sí misma. En fin, las palabras son así, polisémicas.
Volviendo a Cuba, el análisis político comienza a imponer un término: transición. Es una palabra que conocemos muy bien. Importada de la España post-franquista, en Argentina fue el último grito de la moda de la ciencia política alfonsinista. La transición de la dictadura a la democracia estuvo llena de llamamientos que, vistos a la distancia, suenan muy bizarros: “el enano fascista que llevamos adentro”, “la ética de la solidaridad”, “La patota cultural”. Pero por debajo del fracaso trágico de la promesa democrática, y de su transición a la nada, en ese paquete discursivo se esconde un sentido del humor oculto, que sería bien interesante volver a poner de manifiesto.
Transición, sin embargo, es una palabra que tiene su alcurnia, su densidad cultural, su lugar en la historia. El estudio sobre la transición del modo de producción feudal al capitalista es un tópico clásico del pensamiento marxista. Una biblioteca entera se ha escrito sobre el tema. ¿Servirá esa biblioteca para entender el pasaje del modo de producción comunista al capitalista? Es archiconocida la frase en la que Marx, corrigiendo a Hegel, afirma que la historia se repite dos veces, “una vez como tragedia, y otra vez como farsa”. En el ciclo Batista/Fidel, Fidel/Transición, ¿cuál es la tragedia y cuál la farsa? Quizás sea cierto y la historia se repita dos veces: la primera como tragicomedia. Y la segunda, también.
La correspondencia entre Lezama Lima y José Rodríguez Feo, nos informa de ese paso de comedia, bien cubano. Entre 1944 y 1956, ambos dirigieron Orígenes, la más importante revista cultural y literaria de la historia de Cuba. Muchas veces, por su influencia, fue comparada con Sur. Rodríguez Feo, por su dinero y su cholulismo, sería una suerte de Victoria Ocampo tropical, y Lezama Lima, por su talento sibilino, una especia de Borges sedentario. Mientras que Rodríguez Feo viajaba por el mundo, entre cócteles y encuentros con escritores célebres; Lezama permaneció inmóvil en Cuba, como lo hizo hasta su muerte, más de 15 años después de la revolución (en la tensión entre la figura del viajero y del inmóvil se juega mucho del destino trágico de la isla). Las cartas de Lezama son de una lucidez, una ironía, un sentido crítico inigualables; categorías que hoy parecen estar ausentes cada vez que se habla de la transición y del futuro de Cuba. En una carta de enero de 1948, escribe: “Atravesamos unos días egipcios, lo que está muerto se embalsama y los familiares siguen llevando comida y perfumes para seguir creyendo en una existencia petrificada. Salas hipóstilas, cámaras, urnas incendiarias, son parte de las cosas, libros y personas que nos rodean. Conservar lo muerto, embalsamándolo y perfumándolo, es el primer obstáculo para la resurrección. Ante el asalto de todos los días, nos damos cuenta que estamos en una armería, pero absolutamente desarmados. Y el perro ladra y la luna enfría.”
Es posible que la transición termine convirtiendo nuevamente a Cuba en un gran casino flotante. Muchos jugadores empedernidos ya están haciendo sus apuestas. Ojalá pierdan y la transición desemboque en otra cosa. En verdad, hay en la extraordinaria tradición de la literatura cubana (de Julián del Casal al genial Lezama, pasando por Virgilio Piñera y llegando a Antonio José Ponte) un reservorio de mirada crítica, sentido trágico, ironía y lucidez, del que el futuro pensamiento de la transición debería nutrirse, si no quiere volver a naufragar.



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