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El regreso

Por Ana Camusso

1.
A los cinco de la mañana llegaba David de España, y aunque nadie me lo aconsejaba, decidí tomar un taxi e irlo a buscar.
Ese día, Israel había bombardeado una vez más el aeropuerto de Beirut, y creo que también había bombardeado Beirut, aunque no recuerdo en qué punto estábamos de esta asquerosa guerra.
Pero en Israel sólo se sentía la guerra en el norte. Aunque la incertidumbre invadía todas las casas, la sensación era Israel se disponía a propinar una lección a los otros.
¿Quiénes eran los otros?
Hizbalá, claro, y el resto de los libaneses también, por no haber hecho las cosas bien.

2.
Me daba pena que David llegase solo al aeropuerto. Su estadía en España no había sido fácil.  Había ido a trabajar pero traía poca plata, y en casa plata casi no había. Para colmo nuestro mejor amigo, el perrito Chiflón había fallecido dos semanas atrás.
Y ahora, la guerra.

3.
Pero  esa noche me atreví, y decidí viajar al aeropuerto.
Dos días antes había acordado con un taximetrero que una vez había lleva a nuestro perrito al hospital veterinario de Beer Sheva.
La noche anterior llamé para confirmar:
“Su esposo llegará, tomará un taxi, y listo. Mejor quédese en su casa.”
Me convenció.

4.
Pero al día siguiente, el de la llegada, me arrepentí y lo llamé a Dudu, un amigo del primo de David; un tipo de unos cincuenta años que vive de changas y que, además, es israelí nativo. 
Dudu aceptó llevarme y Acordamos que me vendría a buscar alrededor de las tres de la mañana. Me pidió que lo despierte veinte minutos antes. Y así lo hice.

5.
Lo esperé en la esquina de casa.
Tras intercambiar saludos, Dudu me aseguró que el aeropuerto de Ben Gurión no está lejos de casa y que en media hora llegaríamos.
Yo me había propuesto a priori no hablar de la guerra, evitar la confrontación con esta persona.
Pero apenas ingresados a la autopista que conduce al Ben Gurión le pregunté:
—¿Conoces el Líbano?
La pregunta salió de repente, abrí la boca y la dije. La pregunta había estado allí, preparándose.
Dudu entornó la vista y me dijo:
—¿Sabías que fui paracaidista en la guerra del Líbano?
Yo sólo sabía de Dudu nada más que algunas cosas que nos cuenta el primo de David, pero ésta no era una pregunta, era más que nada una información que lo llenaba de orgullo.
—Mira, la verdad es que hicimos mal en salir del Líbano, en la forma en que lo hicimos, al menos. Debimos salir de a poco, muy de a poco, y quedarnos un buen tiempo controlando la frontera desde adentro. Porque ellos –el Hizbalá– son una guerrilla, y entones es muy difícil saber de dónde salen. Salen de aquí, de allá, de cualquier lado. Contra un ejército podíamos pelear, contra la guerrilla es diferente…
Opté por hacerme la tonta, y le pregunté si los de Hizbalá eran libaneses.
—Claro que no, los de Hizbalá son palestinos, refugiados, muchos nacieron aquí.
Ahí Dudu abrió bien grande sus ojos, al tiempo que soltaba una mano  del volante y resaltaba con su dedo índice qué quería decir aquí.
Tomé aliento:
—¿Y Siniora, quién es Siniora? –pregunté.
—Una bubá, una verdadera títere: él no es nadie, alguien más lo maneja. A Siniora lo maneja Siria.
Y agregó:
—Cuando nosotros estuvimos allí, les pusimos un primer ministro a los libaneses, pero los libaneses lo tiraron, no sirvió de nada.
Estábamos llegando.
—Pero Dudu, y los libaneses, ¿quiénes son los libaneses?
—¿Los libaneses?
Esbozó una sonrisa.
—Los libaneses… ellos son…
Se detuvo un poco. Continuó:
—Ellos, después de todo, son unos pobrecitos.
Ya nos faltaba apenas una curva, pero abrí nuevamente la boca:
—Dudu, ¿el Líbano es lindo?
Dudu bajo los ojos, y en voz baja me dijo:
—Precioso, más lindo que Suiza y, ¿conoces los duvdevánim, las cerezas? Bueno, ¡ah! Esos que ves aquí chiquitos y casi sin gusto, allí, en el Líbano, son enormes, un manjar.

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