Tras los pasos de Nadie VI
Crónica
Esto es New York, son las cinco de la madrugada de un insomnio cualquiera, y no veo razón para no aludir a lo que pude haber dejado en el tintero. En otras palabras: “El mausoleo de los iconoclastas y otras referencias in-obviables en la isla de Manhattan.”
Por Eduardo Montes-Bradley
The Riverside Church
No consigo explicarme como no reparé antes en semejante estructura. Y si la vi, si la tuve en frente, no me digné visitarla. Tuve un bisabuelo anarquista que no entraba en las iglesias. A mi las iglesias me gustan casi tanto como los cementerios y las sinagogas, y las mezquitas, y las trincheras de la Gran Guerra en Flandes y en Trieste. The Riverside Church tiene una base cuadra y se alza al menos 30 metros. Se destaca, sobresale, es eso que llaman landmark, como el ombú y puede verse desde la costa de New Jersey volviéndose evidente desde el Hudson una vez sorteado el Washington Bridge.
The Riverside Church no está consagrada a ningún santo. Así debió haberlo previsto su mentor, el filántropo detrás de su erección… (la de la iglesia, se entiende): don Nelson Rockefeller. Traspasar el umbral que separa al cemento del reconfortante pudor de esta curiosa estructura es precisamente eso. Arcos abovedados de piedra y columnas, sobre la escalera el vitreaux flamenco del XVI evocando escenas de la vida de Cristo. El detalle no basta para acabar de sentirse renacido, por momentos la impresión es la de haber caído en una trampa entre lo gótico y medieval: Welcome to The Riverside Church. Así no más, sin Peter, ni Paul al que rendirle cuentas; ni John The Baptist, ni virgen alguna. Lo que sigue en la agenda del visitante es una zambullida cruel en la nave principal donde lo que se perdió en Chartres se encuentra con lo que a medida fuera concebido en Boston, o en los talleres de algún ebanista noruego en Nueva York. Isn’t it Good, Norwegian Wood. Hay más, hay relatos labrados a cincel como en Francia en tiempos en que los relatos se esculpían, hay piedra sobre piedra, un Cristo con trompeta que ensordece, un órgano que no fue transplantado y dos capillas para los que no se atreven.
La tumba del otro general
Al salir de la iglesia que parece una catedral pero que no es una catedral, y que desde el Hudson puede verse, se encuentra uno frente a una plaza al otro lado de la calle. La plaza está poblada de plátanos como los de París y Buenos Aires. Alguna vez Maia, la viuda del pintaculos Kacere, me sorprendió diciendo que los árboles de Buenos Aires la envolvían y la hacían sentir muy bien, que ese era un detalle que distinguía a Buenos Aires. Hoy pienso lo mismo de esta ciudad, a la que no reconocía antes por sus infinitas sombras. New York tiene millones de árboles de numerosas especies de todas partes del mundo y nadie parece cuestionarse la legitimidad o la condición originaria de ninguna de ellas. También recuerdo al imbécil con botas, al semianalfabeto guarda-bosque de la isla Martín García que ante mi estupefacción al ver los troncos mochados de centenarios especímenes plantados por Sarmiento se dio el lujo de justificarlo diciendo que los eucaliptos no eran originarios de la zona y que tarde o temprano los irían a erradicar. ¡Bestia! Ciertos actos del progresismo deberían estar penados con la silla eléctrica, éste es uno.
Decía: Al salir de la catedral que no es, uno se encuentra frente a los plátanos, luego el Hudson. En la acera opuesta, mirando hacia el norte: un edificio curioso, un mausoleo que reúne una pizca de todo, una sinagoga del iconoclasta dedicada a Ulyses S. Grant, general de la Unión, y uno de los presidentes más desprestigiados de la historia hasta el arribo de Nixon primero, y George W. Bush más tarde. No es poca cosa. Según el Dr. Feinman (no la gorda filosófica), el fixture de presidentes suele ser complaciente con el paso de los años. Nixon habría reemplazado al general que tras los plátanos descansa convirtiéndose en el peor de todos hasta la llegada del sietemesino.
La tumba de Grant merece el rigor de la crítica. Veamos: cuando el eclecticismo coquetea con la nostalgia imperial pierde su impronta-fusión y se arrima al mamarracho. Hablé del sepulcro del general Lee, comenté la simpleza que caracteriza la talla de aquel mármol, los pies cruzados, la imagen yerta. En el mausoleo de Grant no hay likeness que se le parezca. Su tumba es un espantoso recuerdo del Dome de Invalides, de Adriano, de la tumba de Mausolus en Halicarnassus. Se me ocurre que todo es perdonable menos la inquietud de parecerse al cretino de Napoleón. Los yanquis no son pomposos, la tumba de Grant es pomposa. El engendro diabólico es producto de la perversión de John Duncan, un arquitecto neoyorquino. Digo: todos los arquitectos deberían ser purificados en hoguera. El adefesio alberga algún que otro recuerdo del paso de Grant por suelo mexicano, alguna que otra bandera: su mujer, por ejemplo.
The Morris-Jumel Mansion
Dicen que se trata de la residencia más antigua en Manhattan, y que sirviera de cuartel a Washington y su comando mayor entre setiembre y octubre de 1776. De ser así, la presencia del troesma habría coincidido con el momento en que las revolucionarias enfrentaron a los ingleses en la batalla de Harlem Heights. Aunque habría que ver… Los historiadores tienen la virtud de apersonar al general en tantas partes como al mismo Garibaldi, y la Historia es un campo en el que todos meten la cuchara. Ya no hay aficionados: hoy son todos Historiadores. Me gustaban las aficiones, los hobbies, las inquietudes. Las inseguridades del hombre de clase media lo han echado a perder. Dicen que el general durmió acá. Pienso que no es posible que Garibaldi hubiera dormido en tanto lugar a menos que contara con una suerte de tiempo compartido de la reunificación italiana. Con Washington sucede tres cuartos de lo mismo. Sin embargo a mi me gusta pensar que los aficionados tienen razón, que es así, que Garibaldi durmió en aquel balcón de Verona y también en aquel otro de La Habana, y que Washington condujo a sus tropas desde aquella mansión que hoy llaman The Morris-Jumel Mansion, una pinturita en estilo paladino, y pórtico frontal de dos plantas sostenido por columnas clásicas. Dato a tener en cuenta: en 1776 esto es Culismundi, y en 1765 que es cuando fue construida aún un poco más apartada. Otro dato desalentador: Justo frente a la mansión hay una calle empedrada en la que sobrevive una línea de edificación en línea, del estilo town, aunque se refiere a estas edificaciones como row houses. La calle en cuestión suele prestarse como escenario a varios films independientes y es un extraordinario backdrop para fotógrafos.
Un hotel y una sinagoga
Se me ocurre oportuno mencionar otros dos lugares que por su falta de afinidad he querido vincular en esta curiosa taxonomía de lugares prescindibles: el hotel de día en la calle 61, y la sinagoga ortodoxa de la calle Elridge en el Lower Manhattan.
El telo: Digamos que New York terminaba a la altura de donde yo caí muerto en el barrio chino. Tal vez un poco más allá, en el extremo occidental del Brookling Bridge, por detrás del City Hall. Digamos que la ciudad es una joyita que la piara de 2000 cerdos mantiene limpia de basura pero llena de estiércol. Digamos que no hay agua corriente, que la gente se baña una vez cada muerte de obispo en una comunidad en la que no había ninguno, o tal vez uno. New York era ya entonces una de las metrópolis más pujantes e insoportables del planeta. Para aliviar las penas, quien pudiera, remontaba en sulky, diligencia, pingo o vaporcito las cuatro millas que separaban los city limits del Mount Vernon Hotel (421 East 61st St.). En realidad se trató de un spa. La idea no era pernoctar, sino pasarla bien. Tirar unos cuantos tiros, cazar una liebre, comer bien, bañarse en el East River, hacerse ver. El lugar, que suele pasar desapercibido, es único representante de un estilo de vida que fue furor en la primera mitad del XIX.
La sinagoga: Viví muy cerca de jovenazo. Entonces me fue tan desapercibida como hoy. Lo que cambió las cosas fue que hoy, buscando refugio del calor, entre sin más al ver la puerta abierta. Oi vei!
Lo que antes fuera un hervidero de inmigrantes barbudos del Besarabia and beyond, es hoy un hervidero de chinos. Primero habían sido los irlandeses por esos censos… No hay con que darle al tema ese de los originarios. En tiempos de los judíos llegaron a ser 3000 nomás en aquella sola calle en la que hacia 1887 se construye la que hoy me refugia del calor. Otra vez el eclecticismo. Como en aquella otra sinagoga del XVIII en Savannah los arquitectos no sabían cómo imaginar un templo para las escrituras del Viejo Testamento y la hicieron moro-palatina, propia, romanesca, curiosa, neoyorquina: American. A diferencia de la tumba de Grant, el eclecticismo de ésta honra la fusión con todos los méritos que se le acuerdan. Cuando los nietos de los primeros pudieron, se compraron un piso en Park Avenue y de a poco la congregación fue menguando hasta llegar a ser una de escasos. Todavía se los ve: traje gris, sombrero. Son nietos de inmigrantes que siguen siendo inmigrantes, o pareciéndose a los inmigrantes. Son carne de cañón cinematográfico, esterotipos, characters. Después llegaron los chinos y ya nadie, o casi nadie asistía al templo al que por ortodoxo había que llegar andando. Park Avenue queda lejos. La burguesía de los nietos no roza frecuentación del recién llegado, y ahora son las sinagogas del Midtown las que ganan auspicios, colaboraciones, contribuciones, favores. Curiosamente, hubo quien se interesó por rescatar ésta de la calle Eldrige que hoy luce tal y como fue. No es fácil llegar, pero vale la pena. Digo: al menos para entender aspectos de la transición cultural entre uno y otro escenario que de otra manera no pueden apreciarse. Me refiero a la conversión del sin-tierra, al proceso de americanización de los judíos llegados de Rusia con posterioridad a la derrota de Lee. Ya esta tierra los había visto llegar de Curazao en tiempos de la colonia. Muy cerca de aquí hay un cementerio escondido que lo atestigua. De repente me viene en mente una imagen:
Recorro el cementerio Moravian en Staten Island en busca de pruebas para una dudosa investigación. Aunque pensándolo bien, todas las investigaciones son dudosas, de otro modo no se justifican. En eso andaba cuando doy con la tumba del señor Nickel. El hallazgo se presta para el chiste fácil: “Si encuentro la del señor Penny me trago un Dime”. Dicho esto sucede lo inexplicable. Justo frente a la del primero aparece la del segundo. No es una ironía, es un hecho documental.
Digo: busco el cementerio de judíos llegados de Curazao y no lo encuentro. Lo frecuenté de pequeño y no lo encuentro. Mi padre dice que busca a su padre y no lo encuentra. Yo busco a mi padre y tampoco lo encuentro porque él está buscando al suyo. Hace calor, más de cuarenta grados a la sombra y no hablo chino, ni hay sombra que valga. Llamo a mi padre, al que busca al suyo y no lo encuentra y le confieso que estoy perdido, que tengo sed, que no encuentro el cementerio de patriotas judíos muertos por la causa de la libertad de América. Recibo las señas de Google que mi padre ensaya por teléfono. Me pierdo. Pierdo el Norte. Hubiera querido ver el cementerio, hubiera querido ver el cementerio, hubiera querido ver el cementerio. Al regresar a casa me encuentro con un email de mi padre aclarando el entuerto. Transcribo por si alguien decide llegar sin perderse:
“Chatham Square, New York, NY. En el centro de la imagen está la iniciación del puente. Justo en el ángulo, hacia la derecha nace East B´way. Sobre la calle que continúa hacia abajo (como proyección de Canal St.), en diagonal, paralela al puente desde East B´way, sobre St.John y St.John’s Place, hay un cuadradito amarillo con un pequeño pino verde al lado que marca el cementerio. Si clickeas sobre el cuadradito aparece una ventana con la foto y la descripción del lugar.” Me pregunto si acaso Penny y Nickel fueran amigos, o vecinos. Imagino los comentarios, la novia irlandesa que dejó al primero por el segundo porque valía al menos cinco veces más. Supongo que de todo esto quedan fotos. Tal vez algo más.














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