Tras los pasos de nadie IV
Por Eduardo Montes Bradley
La ciudad viajó por mí, me supo en otras estaciones: fui esposado y liberado en New York; viudo, olvidado y secretamente evocado. La ciudad me vio llegar a pie, en una embarcación de morondanga, en tren, en auto y en Braniff, desprovisto en exilio. También escabullirme más o menos en las mismas condiciones en un vuelo de línea de un país que ya no existe. Hay más países hoy de los que había entonces. New York me supo eufórico y abatido. Domingos de riña y sol, sábados de speed y descontrol premeditado.
De todos los destinos posibles elegí éste, el de la ciudad que viajó por mí, para celebrar. Dice Wikipedia que nací el 9 de julio de 1960 en las sierras de Córdoba. Wikipdia se equivoca. De cualquier modo ayer cumplí los 50 con esa dudosa satisfacción de haber correspondido. No soy el primero, nada conlleva de especial haber cumplido los 50. The day after despierto al alba. ¿Para qué? Me temo que la cosa pueda llegar a ponerse peor. Madrugar es un síntoma de senilidad, dicen.
Decía que amanecí al alba, es decir: albanecí. Intrigado por aquello que el destino le tendría reservado a un hombre de mi edad me dispuse a caminar. No voy a permitir que se abran entrañas, ni que se arrojen caracoles en la arena. Dije que prefiero caminar desde la 50 al sur hasta donde de el aliento. Donde me sorprenda rendido sumo: 50 + N, siendo N el número que corresponde a las bocacalles cruzadas desde mi partida hasta el desaliento. La resultante de esa resta es el número de años que me quedan por vivir. El recurso es científico.
Es sábado, 10 de julio de 2010. Tengo cincuenta años y un día y estoy a punto de enterarme con cuántas fichas cuento para esta timba. Hubiera sido más fácil dirigirse al el norte aprovechando que las calles incrementan su valor nominal en ese sentido. En el supuesto de haber desfallecido en la 89 el cálculo arrojaría 39 fichas sobre la mesa. En tal caso 2049 sería mi fecha de vencimiento. De ser así estaría para celebrar el centenario de la Liberación de París, De Gaulle desfilando bajo los auspicios del Triunfo como si realmente hubiera tenido algo que ver en el asunto. Remontar Manhattan hacia el sur hubiera sido demasiado simple por un lado, por el otro: la muerte está en el sur.
Bajo por la Tercera, a contra mano. Los salmones Ford, y los salmones Chrysler van río arriba buscando las aguas más tibias del Harlem. Yo voy con la corriente. Las calles de doble mano son metas mínimas: la 42 huele a gente de paso. Pienso que me gustaba más cuando estaba llena de burdeles y boliches con maquinitas en las que uno metía monedas de a dólar para ver a las hijas de alguien contornearse al compás de una melodía cualquiera. Supongo que la 42 conserva su favor prostibulario. Cambian los clientes y la mercadería, pero el mecanismo viene a ser el mismo. Los turistas pagan. New York se exhibe en la calle 42, también en la 34. En Cooper Union evoco a Naranjo que anduvo por acá antes de viajar a Cuba donde retrató a Machado, también a Maceo. Supongo que eso es un mérito. Naranjo anduvo por Cooper Union enseñando pintura. Yo ya voy flameando por aquella que en los mapas fue alguna vez la calle Elm y que hoy homenajea al amigo de Washington. Por Lafayette llego hasta El cubo, esa expresión curiosa de Rosenthal que según mis recuerdos no siempre fue negro. La memoria me engaña. Pienso: todo esto fue invención de Astor, todo es resultado de la especulación inmobiliaria. Acabaremos durmiendo en una caja de zapatos.
Ayer escuchaba por radio un informe según el cuál la retracción en el consumo tendría consecuencias devastadoras en el tercer mundo. La lógica de Bloomberg dice que si los norteamericanos no compran, Bangladesh no vende. Yo no entiendo de economía, pero me gustan los mercados. Sobre todo el de Bermejo, en la frontera boliviana con la provincia de Salta. Según Bloomberg las esperanzas están depositadas en los nuevos grandes consumidores: los Chinos. En eso venía pensando cuando cursaba las últimas dos calles de la Little Italy para asomarme a China Town.
Canal Street, más allá: la inundación.
Se me ocurre curioso el que tantas comunidades en el exilio se definan pequeñas. Los orientales no andan con esas mezquindades. China Town no es la pequeña China, y tiene otras pretensiones. Los chinos no incluyen imponer su lenguaje, las chinas tampoco. Los chinos no blandean del “orgullo chino”. Hay hispanoamericanos que viven convencidos de incierta superioridad racial y el hecho pasa inadvertido. A mi me molesta, me toca los huevos cuando se habla de “La raza”. En una generación los chinos son americanos y compiten por un pedazo de la torta desde adentro, sin prerrogativas. Los hispanoamericanos se resisten pero se me ocurre que la historia los absorberá sin mayores miramientos igual que a los vietnamitas, igual que a los rusos. Decía: estoy en Chinatown.
Busco una plaza con olor a meo donde los viejos juegan juegos que no conozco, donde los jubilados cantan acompañados por la discordia del Erhu. Las piernas no me dan para mucho más. Un mexicano ahogado en alcohol baila semidesnudo bajo un plátano como los de Toulouse. Tengo hambre de dumplings a la plancha rellenos con carne de cangrejo. Creo escuchar una flauta. Una vieja me muestra un mazo de cartas y ninguna es un as. Todos fuman. Los chinos ejercen el control de la natalidad merced a los auspicios de Phillip Morris. Phillip Morris fue una señora acaudalada con una mansión que ya no recuerdo en algún lugar de Manhattan donde Washington celebró victoria. [NdA: Escribir sobre aquella casa en la colina.] Puedo moverme pero es solo el recuerdo de haberlo hecho alguna vez. El olor a orín me resulta familiar. Miro sobre el asfalto desde el asfalto, con las pestañas acariciando el césped. No tengo la menor idea de qué hora es. Debí haber comprado esas cuatro libras de leechee por nueve dólares en alguna esquina. ¿Dónde puede comprarse el leechee más barato que en China Town? Les voy a decir: en ninguna parte. Veo pies, sombras, hormigas. Me pregunto dónde habrán ido a parar la cucarachas de New York. En verano New York era un nido de roaches: grandes, jugosas. Hoy no se las ve. Tampoco se ven ratas. Hay chinos donde alguna vez hubieron cerdos. cuando Nueva York llegaba hasta por acá nomás, cuando aquel Bradley que no nombro no se había aventurado tan lejos y las piaras barrían la basura de la ciudad pestilente. Llegaron a ser más de dos mil cerdos. Luego prevaleció el sentido común y aparecieron los barrenderos. Imagino la lechonada piquetera reclamando su lugar de trabajo en la ciudad que apesta. Alguien se harta y se escapa hacia el norte en una embarcación a vela que remonta el East River. Dicen que en el Mount Vernon Hotel se respira buen aire y se pueden cazar unas liebres estupendas. Tal vez yo mismo cumpla con el rito si sobrevivo a la impronta.







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