Ingreso

Articulo

¡¡¡Gooolll!!! Somos el desmadre

0339967BPor Carlos Monsiváis*

I

La nueva identidad nacional y la toma de las calles

Ilumíname Elías Canetti, genial descifrador de las masas, teórico insomne de las multitudes, analista de las conductas gregarias. Guíame por senderos del bien exegético sin caer en la tentación del paternalismo, y aunque ande en trance de populismo, condúceme al puerto seguro de las hipótesis que no naufragan a medio camino, de las metáforas que no resbalan, de las teorías totalizadoras en cuyas redes nunca aletean los lugares comunes. ¡Ah, supremo entendedor del comportamiento del hombre que abandona a su individualidad y se disuelve en el seno de la especie! ¡ Ah, Casandra del best-seller, sálvame de las interpretaciones hechas en serie, líbrame de las andanadas freudianas y marxistas a domicilio, y si esto no te es posible, destruye por lo menos mis puntos de vista más obvios sobre las turbas felices cobijadas a gritos y sombrerazos bajo el augusto nombre del país donde viven!

BIENVENIDOS, BIENVENIDOS, MÉXICO RECIBE A SUS AMIGOS, MÉXICO LOS QUIERE POR IGUAL

¿Quién resiste la publicidad? ¿Quién ignora que la publicidad será el único idioma del siglo xxi, el genuino esperanto, la lingua franca de los billboards de la torre de Babel? Si la publicidad es la lectura más difundida, y si en decenas de países el futbol es necesidad vital como deporte, espectáculo, vía de ascenso social, y secreto de la identidad nacional, del matrimonio del futbol y la publicidad han de surgir y ya han surgido señales altas, maravillas, luceros, comerciales donde los dioses prehispánicos juegan al futbol, y las máscaras rituales se descomponen en goles, torsos heroicos, manos que diseminan estrellas… ¡Pueblo, escucha! El Niño de Oro Hugo Sánchez declara: “Yo quisiera ser un escape muy grande para que los mexicanos viertan en mí sus amarguras”. De la publicidad y del futbol nació la catarsis.

“EL JUEGO DE PELOTA SE REMONTA HACE TRES MIL AÑOS…”

El Estadio Azteca es el milusos de la simbología. Emblematiza el futbol/la empresa Televisa/ el uso moderno de las tierras ejidales/ la ilusión de los jóvenes que arriesgan la salud de los automóviles jugando en las calles/ el logro en la vida tal y como lo prueba la posesión de un palco, la ronda de los valores que le atañen a una sociedad ni espiritual (¿quién lee?) ni material (¿quién tiene dinero?). Arquitectónicamente (si ese criterio aún le atañe a alguien), el Estadio Azteca se construyó bajo criterios naturalmente funcionales, a saber: si caben más se gana más; si se perjudica la estética, caben más; si no hay concesiones al gusto visual, caben más; si caben más, cabrán todavía mucho más. ¿En qué momento comenzó la persuasión ostentosa del Mundial 86 que nos llevaría a añorar las astucias subliminales? Quizás cuando se decidió pedir la sede para México, o cuando la sede fue concedida, o cuando se supo que ésta era la última oportunidad de México en el siglo. Lo cierto es que a partir de tan sagrado instante no hemos tenido reposo. Si el mundo se une en torno a un balón, la realidad se futboliza, y ahora, luego de dos años de disponernos mágica y cabalísticamente al Momento de Oro, todo resulta de algún modo anticlimático. Fue larga la espera, demasiada la acumulación de imágenes y palabras en la conciencia de los espectadores, excesiva la creencia en la memoria del inconsciente colectivo. ¿En cuántos códigos genéticos ha quedado ya inscrito el igualamiento de futbol y sentimiento patriótico? Y en el instante codiciosamente anhelado, lo real es por desdicha inferior a lo soñado. No es culpa desde luego de los asistentes, de ojos continuamente arrasados por la emoción levitadora, de patriotismo no disminuido que reconstruye las gloriosas jornadas de 1968 (Las Olimpiadas) y de 1970 (el primer Mundial), cuando la gente aullaba MÉ-XI-CO/ MÉ-XI-CO/ MÉ-XI-CO, y en el desgarramiento vocal uno leía la historia entera del nacionalismo. (Así fue, las matracas como campanas de la libertad y las palmadas como el lenguaje de las generaciones, y la conciencia histórica —uno supone— como otro comercial prehispánico y futbolero, con sacerdotisas aztecas ofrendándole balones humeantes al corazón universal.) Aquí lo que falla, si esa es la palabra, es la imposibilidad individual de captar el acontecimiento mundial. Uno siempre, por razones que escapan a esta crónica, será inferior a las dimensiones del Universo. ¿Por qué el espectador será distinto a la multitud, y la multitud diferente a la Humanidad?

“Y A CONTINUACIÓN, POR CORTESÍA DE TELEVISA, DESFILA EL MUNDO ENTERO, SIN EXCLUSIÓN DEMOGRÁFICA ALGUNA”

El Feliz Poseedor de Boleto goza no tanto por saberse allí, sino por la piedad que le dedica a los ausentes. Benditos ellos, no tuvieron dinero, y no les quedó sino confiar en las bondades de la televisión, que todo lo reduce a las proporciones de una cajita. ¿Con eso se conforman, con un espectáculo de títeres? El Dueño del Ticket, orgulloso de los recursos que lo separan de la emergencia, sonríe sin altivez. ¿Para qué tenerla? Mejor encomendarle las vejaciones al proceso selectivo de clase, que al espectáculo popular por excelencia le hurtó los fanáticos más obligadamente populares. El Jugador Número Doce (como se le dice al público compensándolo por su amable pasividad, o incitándolo a intervenir guturalmente, conduciendo entre alaridos la pelota a la meta) se entretiene con el desfile del Calcio Florentino, el vestuario del siglo XV, el cañón que dispara nostalgias, los tambores, cuyo redoble es curiosamente rítmico, las trompetas de la fama, los doce abanderados que han perfeccionado el arte del cheerleader, y juegan con las banderas, las arrojan y recogen con gracia y agilidad apenas enturbiada por la monotonía. A la exhibición pre-renacentista la sucede el apogeo del pintoresquismo, uno más de los ballets folclóricos que adivinan los bailes aztecas. En tiempo de cohetes espaciales lo prehispánico es bien visto, es muy nacional y local, se presta a desnudeces atávicas, a nadie ofende la mitomanía coreográfica. That‘s all Folks y el afán de imaginarse las buenas vibras en las pirámides facilita el aprovechamiento de rutinas aprendidas en Estados Unidos. Se entretiene el público con el aztecshow, mientras Pedro de Alvarado se entrena para el salto de altura.

II

Intermedio para que el espectador vaya al refrigerador por unas cervezas

A partir de la revolución de 1910, el nacionalismo mexicano es, en todas las ocasiones, una proposición de ordenamiento de la vida cotidiana. Sin organización ideológica ni programas demasiado coherentes, del nacionalismo (o de los distintos nacionalismos que unificamos por comodidad) se nutren las explicaciones a posteriori de acontecimientos y conductas, y las relaciones inmejorables entre historia y fantasía, pasado y porvenir, solemnidad y relajo, revolución y revolución. El héroe aparente del nacionalismo es el Pueblo, típico, épico, apasionado en la batalla y en el amor, creativo, cruel y generoso, escéptico en el fondo de su apasionada creencia, peculiar en el desdén ante la muerte y en la sagrada ingestión de pulque y frijoles. Esto en la declamación. De hecho, el héroe verdadero del nacionalismo es su habitante anónimo, rencoroso en el amor y reacio a la épica, seguro de que su conducta se explica por su nacionalidad, y de que su nacionalidad es el otro nombre de su comportamiento. ¿Por qué me sucede todo esto? Porque soy mexicano. ¿Y cómo me entero de que soy mexicano? Porque me sucede todo esto. El nacionalismo es resultado orgánico del aislamiento cultural y el autoritarismo omnipresente en México, y es instrumento básico en la tarea de extraer conclusiones positivas del caos que se vive. Por eso, sus variantes siguen el ritmo de la política. Si en 1921 o 1925 el nacionalismo se nutre en buena medida de las repercusiones internacionales del movimiento artístico auspiciado por el Estado, en los cuarentas al nacionalismo lo circunscribe el regocijo por la identidad sentimental, mientras el Estado busca “reconciliar” a burguesía y proletariado. Con mucho mayor eficacia de la que se acepta, la Unidad Nacional promulgada por el presidente Manuel Ávila Camacho convence a las masas y no molesta a las élites, solidificando una influencia aún visible en 1968. Desde el gobierno se declara : no somos radicales, somos —tómenlo o váyanse— mexicanos, partícipes de una entidad que es casi doctrina autónoma. Antes se era mexicano de un modo más disperso, pero la mexicanidad que instala la Unidad Nacional no viene de los registros plurales de la historia y las vivencias personales, sino de la homogeneización del cine, de la radio, de la historieta, de los deportes, del mundo de las celebridades.

UNA FICCIÓN NACIONAL

Al nacionalismo como propuesta monolítica lo desgastan internamente su autoritarismo y sus pretensiones omnímodas. Su ficción mayor, el Mexicano, con su arreglo en forma de hemiciclo, tiene el leve defecto de reducir a millones de personas (vivas, muertas y engendrables) a un solo molde, un gesto imperativo o una canción revanchista. ¿Quién da más por una psicología sólidamente atávica? Las condiciones económicas (la penuria de la mayoría) y el férreo control político vuelven al nacionalismo una esperanza inerme y pasiva, cuya razón de ser es el horizonte de la movilidad social. Se ahoga el impulso crítico y se disculpan las actitudes mortíferas. Yo soy mexicano: por tanto me corresponde ser irresponsable, suicida, desobligado, macho hasta la multiplicación de mis mujeres, tan valeroso como mi vocación de impunidad. De modo costosísimo, este nacionalismo suprime la participación femenina, cambia la solidaridad por la complicidad, endiosa al paternalismo, reduce a manoteos el antimperialismo no dirigido por el Estado, declara inamovible la tradición (que nunca define), incluye entre sus fetiches a la propiedad privada, se da vuelo con la “complejidad” de filosofemas y psicologismos. Vamos a jugar a hallar a Lo Mexicano. El día de hoy buscaremos “la entraña del alma nacional”.

En lo externo, al nacionalismo lo doblega la fuerza de la “americanización”, el fenómeno mundial que arrasa con muchísimas tradiciones y muchísimas pretensiones de singularidad. Es mejor ser contemporáneo que ser mexicano. Es mejor estar al día que regodearse con el anacronismo. Pronto, una parte esencial de la vida nacional en su conjunto se ha “americanizado” sin remedio posible.

LA DEMOCRATIZACIÓN BÁRBARA

La mayor limitación del nacionalismo “institucional” es su carencia de sentido democrático, y el canje que propone: ustedes, mexicanos, acepten la eliminación de la vida democrática y obtendrán el aprovisionamiento (caprichoso y parcial) de sus necesidades elementales. Si el nacionalismo revolucionario ha sido factor importantísimo en el equilibrio de clases, el nacionalismo cotidiano se limita a derivar de la pertenencia a un país noticias fatalistas sobre conducta y destino, y compensaciones emotivas. Sin que se le advierta en demasía, se va adueñando de la escena un nacionalismo determinado ya, casi de modo exclusivo, por las apetencias y exigencias de las mayorías. Un término preside la sustitución: sociedad de masas. Y otro término afianza la metamorfosis: crisis económica. Se quebrantan los métodos de control, los paliativos, el aprendizaje del ascenso. Se ponen en cuestión las respuestas adquiridas. Esto afecta incluso al paternalismo, la jerarquización obligada de la vida social, el sometimiento inducido a la Autoridad. ¿Qué quiere decir ahora el paternalismo en ciudades de tres o de catorce millones de habitantes, y qué significará en pocos años incluso en pueblos pequeños? Los días del Padre Terrible a lo Fernando Soler en La oveja negra han terminado. AI ampliarse brutalmente, la sociedad se fragmenta al infinito y abandona sus técnicas de credibilidad, multiplica a los responsables de sus estilos de vida, no asume las pretensiones de eternidad de las reglas de su moral cotidiana.

La censura cede bajo presión. En el ámbito de millones de seres, ¿quién vigilará el lenguaje, el estilo sexual, el sentido de la jerarquía, la relación estricta con la propiedad privada? Ante el caos urbano, la solución administrativa es la anarquía vigilada, y ante la “crisis de valores” (sobre-nombre del debilitamiento de la tradición), conviene renunciar a las barreras del comportamiento concentradas en la antigua decencia. Útil todavía como estrategia política, el paternalismo es fórmula cada vez más inerte de control social. Adviene una democratización, forzada pero innegable. Se deterioran sin mucha resistencia numerosas estructuras de sumisión; se filtra una conciencia de derechos (insólita si se recuerda al nacionalismo anterior, compuesto casi exclusivamente de deberes). En las escuelas, en la vida laboral, en las relaciones íntimas y públicas, tal democratización niega algunos fatalismos de clase y país, arrastra revelaciones sobre el “genio” y la “inteligencia” de la clase gobernante, disuelve estereotipos de femineidad y masculinidad, abate nociones grandilocuentes: la Honra, la Dignidad, la Caballerosidad, el Respeto Inmanente. Esta democratización desde abajo, todavía incierta y lastrada por el primitivismo o el sectarismo, no es muy tomada en cuenta, pero es una de las explicaciones útiles ante la multiplicidad de fenómenos que van de la toma de alcaldías a Rigo Tovar, del “igualitarismo” juvenil a Juan Gabriel, de la influencia del feminismo a los millones de discos que el cantante José José vende cada año, de los movimientos urbanos populares al millón y medio de abortos anuales, del grado altísimo de abstencionismo electoral al voto a favor de la derecha en el norte del país, del futbol a la telenovela. Y la ausencia o la debilidad de organizaciones partidistas le confiere a esta democratización su torpeza, su espontaneísmo y —ni modo— su vitalidad desesperada.

III

En próximas fechas venderemos calendarios aztecas de plástico y columnas de la independencia de peluche

En la calzada de Tlalpan, se instala entre los automóviles, un inmenso mercado ambulante. Cómprate en este instante una trompeta de plástico, un sombrero gigantesco como los que llevaba Emiliano Zapata a los juegos, banderas que pongas a tremolar (con tal de darle oportunidades a tan gallardo verbo), colecciones de tarjetas postales donde esplende la belleza del smog, matracas que le dan toda la vuelta a su alborozo, baloncitos a modo de casco guerrero…

De las muchas ciudades erigidas en torno al Mundial de Futbol, las dos más extendidas, con sus prosperidades respectivas, son la de Televisa y la del subempleo. Televisa, la ciudad del presente (la tecnología como sed de venta, la compra como hambre de ascenso social), insiste en un hecho simple: el futbol es la etapa superior de la humanidad, la causa que refresca. Con algo más de modestia, los habitantes del populoso subempleo, la urbe del mañana, sólo quieren irla pasando, cinco mazapanes a cien pesos, camisetas a mil pesos, cintas apaches a doscientos pesos. Y la ciudad del subempleo crece a sesenta minutos por segundo, hace de cada objeto en el universo una oferta, no consiente milímetro desocupado en la explanada del Azteca. Los numerosos policías vigilan y revisan sin ganas. ¿Qué libio, por fanatizado que esté, osaría interrumpir nuestra Fiesta? El humor de la gente es magnífico, tan brillante y original como el estribillo que entonan estos jóvenes: “Mueve, mueve la colita/ Si no la mueves se pone malita”. En las tribunas, mantas conminatorias: “Selección Mexicana: ¡a ganar!”, o jactancias económicas que en su origen fueron desplantes machistas: “En Bulgaria se desayuna con leche búlgara. En México ¡con huevos! “. El fervor patriótico es tan auténtico en esta sede (no necesariamente temporal) de la nacionalidad, que en acto masivo de disciplina cromática, la mayoría vino ataviada de verde, blanco y rojo. El espectáculo es deslumbrante: 114 mil espectadores (tránsfugas más, extranjeros menos) ostentan las mil y una variedades imaginables de los colores básicos del amanecer de la Patria. Sudaderas blancas, pantalones verdes, camisas rojas, y así hasta el infinito de las combinaciones. De modo complementario —el punk de Aztlán— se esparce el maquillaje cívico, las mejillas de muchas y muchos son trigarantes o el rostro se divide en tres porciones (la industria del nacionalismo admite la concientización de los cosméticos).

HACIA UNA FENOMENOLOGÍA DEL GOL (SUBTÍTULO APÓCRIFO)

Fundidos en una sola voluntad, los fanáticos (que, por serlo, resultan los patriotas) apoyan al equipo con trofeos de la garganta, ademanes nerviosos, monólogos de intensidad variable, chiflidos, olas, porras, órdenes fulminantes (“¡Mete gol, pendejo!”). Cada espectador (que, por serlo, es un experto), prodiga y niega reconocimientos, se queja del nivel del juego y lo juzga maravilloso, levanta en señal de triunfo el pulgar como mentarle la madre al infinito. En los segundos muertos adoctrina partidistamente a su vecino, a su compadre, a su mujer, a sus hijos, a la multitud. “¡Te lo dije! ¡Vamos ganando! ¡Ya la hicimos!” Todo en plural, la Selección Nacional es México y nosotros somos la Selección y México —por intermediación de un equipo— vuelve a ser nuestro.

—DURO/DURO/DURO/DURO En un campeonato la reacción del público ante un gol es lo que gusten, manden y demanden la legión de psicoanalistas y sociólogos, posados sobre cada partido: rendición inesperada del himen colectivo, asalto al vientre materno, trauma solucionado de un solo tiro, hazaña que comentar sin término a lo largo de esa vida longeva que es la próxima semana. En el Azteca, un gol de la Selección es la oportunidad de enfrentar a las banderas con el viento, de ondear los ánimos como si fueran banderas, de agitar las comparaciones haciendo de la ocasión pasto de la poesía instantánea. El enemigo se acerca a nuestra meta y está en peligro la Patria, no diré que literalmente, no diré que alegóricamente. Los nuestros se aproximan a la meta enemiga y la Patria avanza, sin constituciones pero con locutores, sin tradiciones muy antiguas pero seguida de un consenso abrumador. GOOOOOOL!! y los espectadores, emitan o no el vocablo guillotinador, lo encumbran anímicamente exprimiéndole a cada letra sus emanaciones triunfalistas. Desde hace años todo locutor, si quiere seguir siéndolo, dirá GOOOOOOL!!!, y prolongará la exclamación con tal de darle tiempo a quien lo ve y oye de alzar en vilo sus emociones, un solo vocablo equivale al galope de un toro por una cristalería, al festín de los bárbaros que arrasan Disney World. Quizás sin proponérselo, cada locutor es el pedagogo vocal de millones, y ahora los asistentes al estadio reproducen las entonaciones hertzianas y hacen de la vociferación una óptica espiritual. GOOOOOOOL!!! Oh triunfo, te amaré toda la eternidad y aún después.

CORTE PARA ADMIRAR POR TERCERA VEZ EL VIDEOTAPE

Los patrocinadores oficiales del Mundial están de plácemes. Bata, Canon, Coca-cola, Gillete, Philips, Camel, Cinzano, Fuji Film, JVC y Seiko sonríen. Las ofertas visuales son colourful y exciting. He aquí, a beneficio de dos o tres mil millones de seres, en medio del desencanto de fin de siglo, un pueblo fotogénico y telegénico, amante de sus colores, celoso de la infalibilidad de su equipo, desglosable en tomas de conjunto y en docilidades individuales ante la avidez de los turistas: ¿No se mueve un poquito a la derecha? Agite la bandera por favor. Así. Lindo. Ahora bese el balón. Así. Al final del partido, el arrebato (que describo como indescriptible) sigue al jugador que enarbola la inmensa Bandera y sojuzga la cancha. Ante el espectáculo —la bandera infinita, el público de pie, la porra interminable— no sé si Emilio Azcárraga Milmo tuvo razón al ver en México a “un pueblo católico y futbolero”. Los elementos sí son los mismos, pero ¿por qué en ese orden? El estadio matraquero, porrista, soberbio y pendenciero, es un desquite formidable por las ausencias del optimismo histórico. No festejamos en Tenochtitlan el gimoteo de los españoles en la Noche Triste. Andábamos fuera de Puebla cuando mi general Zaragoza y sus zacopoaxtlas pusieron en su sitio a los invasores. No presenciamos la toma de Torreón, ni la entrada de Zapata y Villa a la capital. La mayoría no habíamos nacido cuando Cárdenas expropió el petróleo. Y ahora por fin nos toca algo sólido, tangible, registrable con exactitud: México 2, Bulgaria 0. La algarabía es, hay que admitirlo, espontánea, con la espontaneidad de lo apenas construido en dos años enteros (y dos décadas previas) de diaria publicidad sin dudas ni fatigas: la certeza de la extrema realidad de este certamen, las naciones representan a sus selecciones de futbol y no a la inversa, del triunfo o del fracaso de los equipos depende el lugar de los países en el concierto universal. Este dulce adoctrinamiento no lo explica todo por supuesto, faltan la vocación deportiva y el orgullo nacional, que como Televisa bien sabe, jamás se prestan a manipulación.

LA CAMISETA DEL HOMBRE FELIZ

A las dos de la tarde, a más tardar a las 2:11, una exhortación subterránea prende en la capital de la república mexicana: salgamos a festejar. Al unísono, todos abandonan sus casas con precipitación, sin asegurarlas con doble y triple llave, confiando no en la solidaridad sino en el patriotismo de los ladrones, que también habrán dejado sus puertas abiertas. Al empezar el jolgorio, familias y grupos vecinales salen al encuentro de los automóviles de aquellos lo suficientemente felices y lo suficientemente desdichados como para instalarse en un estadio al modo antiguo, cuando se ignoraba que el futbol es esencialmente un show televisivo y que ver el juego en vivo es apenas intuirlo. Las madres y los niños se alborozan y un profesionista de respeto o un estudiante ambicioso dirigen el vitoreo. Ánimo equipo (enhorabuena sociedad), si ya lo sabe Dios que lo sepa el mundo, fijos aquí sus ojos: apoyamos a México, ya no solamente la Selección Nacional, ni el país que ostenta ese nombre (aun llamándose oficialmente Estados Unidos Mexicanos), sino algo distinto, lo que al ora encarnamos, el festín que rehace la apariencia urbana, el desmadre menor que no deja ver el Gran Desmadre de todos los días, la toma de la calle que es la revancha por el despojo de las economías. En las esquinas grupos de estruendo. Por el Periférico, por el Viaducto, por Tlalpan, Insurgentes, Río Churubusco, Revolución, Patriotismo, Nuevo León, Canal de Miramontes, por el centro histórico y los ejes viales, ríos de personas, en su mayoría adolescentes, se adueñan del tránsito e insisten: si el triunfo es nuestro la ciudad es nuestra, festejar es territorializar. Contemplo largo rato a los grupos en la calzada de Tlalpan (y luego me entero: gracias a la intuición conjunta de las fechas memorables, o al aprendizaje rápido del ritual de las dos ocasiones anteriores, la conducta fue exactamente la misma en todas partes). Los chavos se acumulan sobre un punto, apresan y sueltan automóviles a su antojo, bailan sobre los toldos y zarandean a los atrapados, y antes de conceder el paso demandan porras, éxtasis vocales a los pies de la nueva institución del triunfalismo. Nadie se enoja o, mejor, nadie pierde su tiempo enojándose. Así son las celebraciones de un pueblo, nómadas y sedentarias, ámbito de muchedumbres que colman la plaza y de solitarios en pos de experiencias de soledad, se parecen a las revoluciones en su cacería de poses escultóricas, originan sobre la marcha sus cárceles y sus liberaciones, su calendario heroico, y sus gabinetes de Estado (en esta cuadra, en esta colonia). Vean por ejemplo a esta síntesis del origen de las instituciones y de las guerras civiles, de las constituciones y los motines, este centenar de chavos. Van y vienen, se aceleran y se aquietan, lanzan y deponen jefes minuto a minuto, se notan imbuidos de un propósito sacro, persiguen objetivos inmediatos no muy comprensibles para los observadores, son tribu marcial a ratos y a momentos rito de iniciación y a ratos tribu recolectora. Dueños de la calle en los días del terremoto, hoy la recuperan sin dramatismo. Mientras los de clase media (léase, aquellos para quienes el subempleo no es amenaza inminente) le confieren a sus automóviles la función de tanques en la liberación de Europa, los de clases populares le dan a su aspecto el estilo de una banda apocalíptica en algún descanso del rodaje.

El clan a cargo de la vialidad le ajusta cuentas ahorita mismo a una combi de la ruta Taxqueña-lzazaga. El chofer amagado por la danza zulú sobre el toldo, tributa un “¡Viva México!” y lo repite mientras casi alzan su vehículo. La banda se cansa de inspeccionar patriotismos y da media vuelta danzando al son de la amenaza judeo-cristiana de las rumbas callejeras: “El que no baile es puto”, y luego cambia y adopta el desplante voluntarioso, tomado de la izquierda y dejado flotar en libertad, como el despeje fuera de banda de los estribillos: “Que sí, que no, que como chingados no”. La energía de las chavas es por lo menos semejante, ya no las inhibe su falta de inhibición, las diferencias entre ellos y ellas ya no son de vocabulario o de actitud sino de derechos de antigüedad en el vocabulario y en la actitud. El claxon es el idioma del gozo y la depredación, es a un tiempo las murallas de Jericó y el instrumento metafórico que las derribará. Desde cada automóvil, siete u ocho jóvenes o familias enteras, o asociaciones de veteranos de la falta de causas, corroboran sin cesar su estado de ánimo y desdeñan las reglas. ¿Para qué pensar en ellas? Hoy es día libre, nadie los molestará, tienen derecho a hacer lo que quieran porque en la cancha recién se consagraron todos ellos. ¡Ay, las alegorías del ruido! El silencio ofende, el silencio es antipatriótico, y hay que pulverizarlo con el claxon, con los chiflidos, con las porras, con las matracas, con el voceo interminable del vocablo canonizado: MÉ-XI-CO/ MÉ-XI-CO / MÉ-XI-CO. A la demanda del ruido, la corona el hecho primordial: la búsqueda de la felicidad, el hallazgo de las ocasiones propicias, no de catarsis como tanto se dice, sino de lo contrario, de la depuración a través de la dicha, de la limpieza del alma a través del relajo. La felicidad vuelve a raudales y hay que asirla a como dé lugar, ensalcemos a México durante las horas que hagan falta para madurar la gana de estar contentos, que retorne el sentimiento confiscado por la crisis, por el monstruo urbano, por la falta de atractivos personales, por el tedio de ser siempre uno mismo. La alegría es programa y proyecto de estas multitudes, tal vez no muy complejo pero muy altamente valorado.

“VAMOS A OFRECERLE AL TRIUNFO EL HOMENAJE DE LA GASOLINA”

Que nadie se desnacionalice quedándose en su casa. A reconocer en la calle y desde el automóvil, que sabemos el mérito de la Selección, el poema del gol de Negrete, la traición al sentimiento de hospitalidad para con Bulgaria. Al auto, al pickup, al camión de carga, a la camioneta los que quepan. La jornada será prolongada y conocerá del alborozo de avanzar lentamente mientras se perfeccionan los gritos, quedarse varado en el estruendo donde sólo fluye el aturdimiento de las trompetas de plástico. Observo la metamorfosis de las amas de casa y su agresividad militante. Compruebo la apacibilidad de los jefes de familia ante los riesgos que corren sus vástagos, instalados en el marco de las ventanillas o en los cofres. Admiro la ansiedad de mi entrañable burguesía (en esta hora, uno no nada más recupera la nación, también se olvida del rencor social) que naufraga ardorosamente en los embotellamientos. ¡Qué maravilla, de aquí no saldremos ni en tres horas! ¡El universo de las avenidas a disposición de nuestro claxon! En la mañana, ese gran desconocido, Hugo Sánchez, advirtió: “Vamos a dejar toda nuestra vida en la cancha para dar felicidad a todos los mexicanos…” Quizás a todos no, castiguen a algunos confinándolos en la excepción, y que esos desdichados se pierdan los fulgores de esa existencia derramada en la cancha con tal de transformar el alma de 80 millones.

¿Y QUÉ ES NACIÓN? ¡Y TÚ ME LO PREGUNTAS!

— ¡México, campeón! ¡México, campeón!

En el tramo del Paseo de la Reforma que va de la glorieta del Ángel de la Independencia a la glorieta de Niza, las autoridades del Departamento Central han instalado un reventódromo o jubilódromo o fiestódromo. Desde cuatro templetes se difunden canciones rancheras, boleros, rumbas, rock, cumbias, salsa. Todo en español, como antes de que la urgencia trilingüe desplazara al conformismo bilingüe. En la fiesta que durará hasta la madrugada, un gentío se espesa y se renueva, adorando a México, no en estos instantes la palabra que apresa un país, sino algo igual y distinto, el concepto donde se extienden la esperanza liberada por el relajo, la alegría que prescinde de la esperanza, el entusiasmo que ve en las emociones a las únicas tradiciones válidas. Las preguntas se distribuyen mentalmente con la impaciencia de un reportero carente de temas: ¿es el futbol la nueva identidad nacional de México? ¿Es esto el esplendor del nacionalismo especializado? ¿Qué otro motivo congregaría tales multitudes? En cualquier caso, no todo empezó hoy. Algo queda, digamos, de las atmósferas de las ferias de pueblo, aquellos recordatorios de santos del calendario eclesiástico y de santos del calendario cívico que permitían el primer capítulo de las novelas y la última secuencia de las películas. El uso del alcohol, por ejemplo, las ceremonias cerveceras y el bacardí eufónicamente báquico, son saludos a la costumbre que exige miradas turbias que sustituyan a los fuegos de artificio. Pero seamos justos, aquí no se consiente la añoranza, nada más las profecías sobre el México novedoso que se inicia en la euforia y en el trato familiar con los símbolos. Así, la bandera nacional deja de ser el objeto lejano, aislado en mástiles de reverencia, y para millones de personas se torna algo íntimo, el rebozo o la cobija, el paño compartible, la manta bajo la cual transitan los grupos. En torno al Lábaro Patrio, se multiplican las escenas de apropiación hogareña:

Un joven en patines lleva una bandera en cada tenis.

Decenas de jóvenes de torso desnudo adoptan la bandera como la camisa óptima o como el equivalente de la banda presidencial.

Decenas de señoras clavan una banderita en su chongo.

Una tribu lanza al aire y recoge a uno de los suyos, y la manta elegida es una enorme bandera. La alegría inspira confianza y la confianza otorga proximidad.

“PATRIA, TE DOY DE TU DICHA LA CLAVE: 2-0

¿Cómo se define el nuevo entusiasmo nacionalista? Por el uso incesante de la primera persona del plural, por el salto de la tecnología al grito primigenio y por el carácter necesariamente  apolítico. No, no me olvido de la utilización del futbol por las dictaduras brasileña y argentina, ni incluyo en mi amnesia la rechifla al presidente Miguel de la Madrid el día de la inauguración. Pero hasta donde mi hipótesis alcanza, la situación de México es distinta (entre otras cosas, porque esta huida psicológica de la represión económica no tiene beneficiarios a la vista), y además, y sobre todo, la rechifla expulsión del Estadio Azteca a la política y su gana de capitalización instantánea. Por lo menos, se les dijo entre silbidos a Havelange, a Guillermo Cañedo y al Gobierno de la República, con esta pasión no se metan, el México aquí representado es sólo nuestro. (Si, lo reconozco, era un público con posibilidades adquisitivas, pero no es fácil vaticinar un abucheo menor con un público menesteroso.)

Si eso no fuera así, de cualquier manera el proceso es inequívoco: en cincuenta años el Estado de la revolución hecha sexenio desgastó el nacionalismo, le exprimió la credibilidad popular, lo redujo demostrativamente a un jolgorio anual, y los medios masivos comercializaron el fervor por las tradiciones al grado de que el montaje sustituyó al consenso. El hambre de modernización hizo lo demás, y el nacionalismo, alguna vez el sentimiento más vigoroso, devino reacción íntima, aquello que sí era de veras profundo casi no admitía su expresión pública. ¿Cómo decir que se ama a la patria sin ser considerado demagogo? ¿De qué manera conseguir, fuera del 15 de septiembre, y eso parcialmente, que todos confiesen su pasión por México? Y luego, el espíritu nacionalista se deslindó de la economía, y cambiar pesos a dólares se convirtió en pasión típicamente mexicana. Por razones internacionales, comerciales, tecnológicas, el futbol ha sido la respuesta unificadora, y las victorias de la Selección Nacional son aprovechadas por la necesidad compulsiva de vitorear a México sin riesgos psicológicos. Aquí perdiste, modernidad. Aquí fallaste, espíritu clasista. Aquí no entras, conciencia de culpa cívica. En materia de futbol las clases se borran y no da vergüenza, al contrario, ser abiertamente nacionalista. La blasfemia que era rito de expiación deviene vanagloria indispensable. El miércoles 11 de junio México le ganó a Iraq 1 a 0, y lo más agresivo de este nacionalismo alcanzó el clímax en torno a la columna de la Independencia, y habló a través del vandalismo, de la mutilación de estatuas, del ataque a los bomberos que rescataban falsos niños héroes, de los saltos al vacío de chovinistas inconscientes (y que así quedaban), de los sarapes y bigotes que adornaban y desolemnizaban a las estatuas del Paseo de la Reforma, de la manta ansiosamente obscena : “México es la verga”. Allí se estableció la Nación del Reventón, cuya única regla es el libre juego para el gozo, y cuya única exigencia es la impunidad. Cinco días y muchos artículos reflexivos después no han infundido serenidad en la rijosa alma colectiva. El nuevo nacionalismo se despliega bajo una sola condición: es intransferible, no se repetirá a beneficio de la política, es sólo válido en ocasión de victorias en una Copa Mundial, nació para desaparecer de inmediato y su consecuencia más temible será la negativa a entenderlo.

“FÍJATE EN MÍ, CAMARÓGRAFO. NO TE HAGAS BUEY. AQUÍ ESTOY PENDEJO”

— CU-LE-RO/ CU-LE-RO

¿A quién se lo dicen? ¿Y por qué se lo dicen? Por lo común, a nadie, a la gente la anima “el aroma del estreno” de esta consigna que fue deportiva, que se hizo rápidamente “grosera”, y que coreada por masas pierde su atrevimiento y resulta simplemente chistosa las primeras diez mil veces… De pronto, la multitud se aglomera y en su fogosidad límite se reconoce el motivo: alli están las cámaras de televisión, la sola prueba, fuera de los apretujones del metro, de la existencia real y espiritual de las masas.

—¡Me gustas Aída, con todo y novio!

—¡A mi! ¡Tómame a mí, no seas cabrón!

—¡Báilenle a la pantalla, hijos!

—¡Muévanse, que para eso los traje!

Un señor levanta en brazos a su hijo, que registre la cámara a este objeto preciado, un niño que se inaugura como mexicano, véanlo nomás. Todos se menean, levantan el puño, elevan el pulgar, alzan los brazos como maniobras partidistas, se estremecen en cada a la bío, a la bao… Dales audio y video, televisión, rescata sus figuras del pantano de lo invisible. No son nadie, hazlos imágenes efímeras.

POSDATA LUCTUOSA I

¿Cómo se construye un sentimiento triunfalista? En 1986, aquí y en cualquier parte, se acude primero a la magna ambición individual y colectiva; ingresar, como héroe o como masa heroica, a la televisión, ese sólido remplazo de la Historia. (¿A quién se le antoja ya pasar a la Historia pudiendo tener un programa semanal en la tele?). Al industrializarse la urgencia de representación (“En la hora del éxtasis comunitario, yo soy ese que aplauden, yo soy la hazaña”), se inician las ventajas de atribuirle convulsamente a un equipo las ventajas de la fe. La mayor ganancia: la metamorfosis: eres espectador sumiso y te convertirás en nación vencedora; eres ama de casa y —durante algunas horas de algunos días— abandonarás tu marginalidad para añadirte a la insurrección gozosa; eres niño y de golpe se olvidarán de tu condición inferior y protegible y podrás fundirte en el seno de una emoción ni infantil ni madura; eres joven sin futuro previsible y gracias a tu fanatismo ingresarás a una sociedad creada especialmente para la ocasión; eres medio masivo de difusión y durante un mes concentrarás en ti todas las miradas, adquirirás el poder absoluto de lo indispensable y serás sitio de encuentro de clases, edades, avideces comerciales, seguridades nacionales. Para izar el sentimiento triunfalista cada quien aportó su cuota de pasión y fibra nacionalista virgen. Las ilusiones trigarantes. No hubo instantes desperdiciados. En Monterrey por ejemplo, y como en cada comercial de la tele, los comerciantes futbolizan su cosmovisión y Joyerías FG anuncia: “¡Selección de Oro! El equipo tricolor es mucho kilataje… Si de joyas se trata… ¡Somos su mejor selección!”, y Pinturas la Sultana proclama: “¿EL MEJOR GOL! Usted lo hace”, y la casa Sólo Salas advierte con más oportunismo que sexismo: “Deje a su marido ver el futbol, y venga a comprar una sala, nuestros decoradores la aconsejarán”. La pasión inventa a la comunidad, y la televisión alienta el nuevo Contrato Social sin palabras: Creo en el futbol que es la esencia de la Nación deseable; considero al partidario de la Selección al ciudadano perfecto. Aun las diatribas de los opositores contribuyen a un fervor futbolero similar al de cualquier país, cuyo rasgo más conspicuo es la explosión de un nacionalismo al margen de la Nación oficial, efímero y reacio a las interpretaciones.

POSDATA LUCTUOSA II

“LOS REGIOMONTANOS APOYAN EL VERDE A MORIR”

¿Cómo se construye un sentimiento triunfalista? En esta ocasión, a través de la ronda de la victoria múltiple: del espectáculo sobre el deporte, de la apropiación vicaria de la tecnología sobre la terquedad individualista de ver el juego en vivo, del chovinismo sobre el nacionalismo, del nacionalismo sobre el criterio de realidad, del desmadre sobre la solemnidad, de la solemnidad sobre la ironía, del comercial de TV sobre el punto de vista, de la historia sobre la indiferencia. Y el lazo de unión será el pensamiento obsesivo, que sólo exista un tema, que incluso chistes o alusiones casuales destaquen lo Real Maravilloso de este torneo (lo más importante del futbol será la importancia del futbol para nosotros). Y tan se exige el acatamiento universal de esta orden que las celebridades, de Presidente de la República para abajo, ensalzan al equipo, al campeonato, al mundo unido por un balón. En Monterrey, declarar es amar a la Tierra del Sol. El periódico El Norte lanza una campaña: “TODOS DE VERDE”. La Ola Verde en las gradas saluda a la Avalancha Tricolor. El grupo Las Fuentes (Jugo de Naranja y naranjadas) publica un aviso: “¡MÉXICO! ¡MÉXICO! ¡MÉXICO! Que el entusiasmo se desborde… que el amor a nuestros colores les inspire… y que la disciplina deportiva les lleve al triunfo”. En las encuestas, también las frases de estímulo vienen teñidas de verde. El ingeniero Gregorio Farías, rector de la Universidad Autónoma de Nuevo León, es lúcido y solidario: “El público debe ofrecer un fuerte aplauso al tricolor, porque no debe olvidar que tanto jugadores como técnicos son seres humanos”. El arzobispo Adolfo Suárez Rivera (camisa y gorra verdes sobre sus ropas talares) espera que el Abuelo Cruz deje la banca, y aplaude la idea de la Ola Verde ya que además “el color verde en la liturgia simboliza la esperanza”. El alcalde Luis M. Farías irá al encuentro de verde y blanco con calcetines rojos y poseídos por la democracia: “Por unas horas dejaré de ser el alcalde de Monterrey para convertirme en un aficionado más que apoya a su equipo favorito, porque ahí todos somos iguales”. El empresario Fernando Canales Clariond, excandidato del PAN a la gubernatura de Nuevo León, anuncia: “Cargaré hasta con la suegra” y aguarda un marcador 2-0, “ya que se necesita de un gran aliciente que aliviane la situación nacional”. (A este respecto, el más animoso es un señor entrevistado por la radio: “Si Dios quiere, ganaremos 3 a 0. Si Dios no quiere, 2 a 0″.)

PROLEGÓMENOS DE LA TRISTEZA

En esta hora de masificación de los símbolos, el único inconveniente es la falta de espacio prestigioso para las consignas, y eso provoca en multitud de banderas la sustitución del escudo ancestral por un “Viva México”, un “Saltillo con la Selección”, un “Pique”, un “Mundial 86″. Paciencia, animales consagratorios, ya volverán a su sitio. . —Esta vez nos va a salir todo con mucha fuerza. Esta vez nos va a salir con mucha fe. En pancartas y mantas, la única gratitud noble: la que se da por adelantado: “Gracias Bora”/ “Alemania : la Ola Verde te ahogará”/ “Arriba Selección”. Y ya presagiado por un anuncio luminoso en la calle (“Sacaremos al Abuelo de la banca/ Enviaremos a Alemania a la barranca”) la compulsión: “Abuelo: el que persevera alcanza. La mejor afición te apoya”/ “Bora: con el Abuelo el TRI será campeón”/ ABUELO/ “Abuelo para Presidente”. Francisco Javier Cruz, el Abuelo, es el personaje mexicano de la Copa, o tal arguyen las interminables porras, y las expresiones mesiánicas que provoca la mención o la vista del jugador.

¿Quién que es no sabe quién es? Un joven de 20 años, nacido en San Luis Potosí y crecido en Monterrey, en el seno de una familia de diez hijos, cristiano ferviente (suele orar al final de los partidos), de “origen humilde” como se afirmaba cuando ignorábamos que el origen de todos es humilde, excelente goleador, arrojado y agresivo, carismático como vulgarmente se dice. En grado sumo, 61 representa la gran promesa del futbol: la movilidad social a través de la habilidad deportiva, el incentivo en la vida para los millones de adolescentes que entrenan y juegan el día entero en la calle, sobre las aceras, en las inmensidades de esos llanos que mañana invadirán los precaristas. Ser adolescente en México es jugar futbol en busca de las recompensas: cultivo de la camaradería, uso gozoso del tiempo libre, ejercicio sano, y, ¿por qué no?, la gloria. Si en este paisaje del esfuerzo y la emoción agónica, el célebre Hugo Sánchez es desde hace tiempo la imagen formativa (quien anota gol en todos los comerciales, quien la hace en el extranjero), en los meses y días recientes el elegido por los aficionados como modelo es el Abuelo Cruz.

Éxito son del tiempo, y no del hombre. En el siglo XIX, uno podía ser Benito Juárez, y seguir cuidando ovejas a los 12 años, o Porfirio Díaz, indígena y soldado que en un descuido terminaba de dictador. Luego, aprovechándose de la confusión que causan las efemérides, los días 20 de noviembre se multiplicaron los modelos del ascenso: Obregón, el agricultor a quien la prematura muerte de otros caudillos elevó al primer rango; Miguel Alemán, un abogado a quien favoreció la necesidad de gobernantes civiles; Adolfo López Mateos, un joven orador de Toluca, sin lustroso apellido ni notaría que heredar; Fidel Velázquez, un lechero del estado de México; Manuel Espinosa Iglesias, un ayudante del negocio de cines. El país crecía y ellos ascendieron. México, el país de las oportunidades. Pero ahora la crisis destruye el horizonte de la movilidad, y para quien no es Hijo de Alguien, sólo quedan abiertas tres vías de ascenso: los espectáculos, los deportes, y las ganancias que la sociedad santifica a escondidas. Y si antes triunfaron Pedro Infante, un carpintero de Guamúchil y Javier Solís, un mariachi de la Plaza Garibaldi, ahora la hacen, encarnando confiablemente para millones las rutas de ascenso en el universo del desempleo, José José, cantante de bares de segunda; Juan Gabriel, criado en un orfelinato de Ciudad Juárez; Hugo Sánchez, el hijo del muy popular rumbo de Jamaica; el Abuelo Cruz, el plebe de Monterrey; Fernando Valenzuela, el fenómeno que creció en un pueblito ignorado de Sonora… y, ni modo, el narcotraficante Rafael Caro Quintero. Todos esos millones de dólares a los 28 años.

“QUE NO QUIERO VERLA”

A un desconocedor del futbol, y yo presumo de serlo, no le es fácil seguir los vuelcos anímicos de una multitud deseosa de una victoria rápida, segura de que su equipo pelea hasta el límite, hambriento de espectacularidad, del colorido que vocea el idioma trepidatorio de los locutores; pases áureos, coreografías en el césped, juego por alto, atrapadones y olés del museo del ejercicio físico. El partido Alemania-México transcurre, y la mística se va apagando, mientras el arrebato deviene programa de estímulos psicológicos:

ya lo sabes, mano, los chiflidos inhiben al enemigo, los teutones están en territorio enemigo, las porras avivan la casta de los nuestros, si uno ve a su alrededor sólo colores nacionales se le incrementa la fibra y el coraje.

La victoria no llega, y el suspense policiaco desplaza a la manía de conquista. Cada segundo es de angustia, y cada minuto de frustración. De los rostros se borra el fulgor de las horas previas, y el ánimo se enlaza a la petición del hecho inesperado. Luego, el país y cada uno de sus habitantes lo sabe, en medio de esta agonía a pausas, resurge el entusiasmo triunfalista y se ensaya el recurso de última hora: el palmeo frenético, el aliento a los jugadores, el exorcismo que aleje las horrendas vibraciones de la derrota. Clap-clap-clap, el ánimo se enciende, se apaga, quiere encenderse, se transforma en la zozobra de los dos tiempos extras, y se extingue al ganar Alemania en los penales. ¡Cuán presto se va el placer! En un instante, lo anticlimático es la norma, se esfuman las esperanzas, y para defender el buen nombre del país, ya sólo quedan el gobierno y la sociedad. En el estadio de Monterrey se enrollan las banderas, el público (que era hace unos minutos la “Nación) descubre con dolor que esta íntima tristeza no es dolorosa, y la furia se resuelve en un encogimiento de hombros. ¿Qué se le va a hacer? La emoción dio hasta donde se pudo, y ya que se termina uno recupera su gusto por todos los colores. Qué bonito es el anaranjado.

En el pasillo, alguien (si no es psicólogo no vuelvo a jugar a Adivine mi chamba) insiste en el “complejo de inferioridad” del mexicano. ¿No se han fijado que retrocede siempre a las puertas de la victoria. Hidalgo en el Monte de las Cruces, el Chango Casanova en el último round, la Selección ante la portería enemiga? Algunas mujeres lloran. Parejas de jóvenes se abrazan desconsolados. Un adolescente gime sin subterfugios. Un señor lo alienta: “¡Animo! El país no se ha acabado”. (¿Cómo sabe?) Un vendedor desesperado comenta en voz alta: —Díganme qué carajos hago. Le aposté a la victoria y compré todo esto, camisetas, banderas, piques, cornetas. ¿A quién se las vendo? La demanda para el 15 de septiembre es muy baja. Ya sólo me queda esperar una revolución o la invasión de los gringos. Y chance ni siquiera así salgo de esta mercancía.

La frustración es, sobre todo, ocasión de silencio, y de conversaciones circulares en voz baja: ¿Qué habría pasado si México gana? ¿Cómo encauzar tanta energía juvenil? ¿Cómo encausar tanta energía juvenil? En lo que falta del siglo ya no habrá en México multitudes así de candorosas y abnegadas, porque el prerrequisito de este nacionalismo “en estado puro” (sin política, sin historia, sólo armado de símbolos y de explosiones del resentimiento económico), es la sensación de ser el-centro-del-mundo; la concentración universal de cámaras y micrófonos. Y de aquí al año 2000 ya no habrá en estas tierras otra Olimpiada, otro Mundial.

El impulso adquirido da todavía para algo: a las once de la noche y a la una y a las tres de la madrugada pasan los aficionados en sus autos, y gritan, alaban al país que ostenta tan bendito nombre, le transfieren su rencor al claxon, le dan un uso postrero a las trompetas de plástico. Abatidos porque no logran personalizar la desdicha, dos chavos aprovechan los altos, se bajan del volkswagen, bailan un frenético jarabe tapatío (cantando) y se alejan con su caravana dancística hasta el próximo semáforo. La tensión y la fe disminuyen, al punto de que ya se maneja con astucia la sensación de pérdida y se huye de la primera persona del plural (Ya no se dice “Perdimos”, sino “Perdió la Selección”). Sólo una convicción permanece: el futbol es el adelanto de una época en donde los hechos, para serlo de veras, deberán ocurrir en la televisión. En el hotel, la borrachera festeja la falta de motivo de festejo. A las tres de la mañana, un grupo de cincuentones baila aplastadamente la rumba insurgente que un comercial entronizó : “Siquitibum, a la bin, bon, ba…”. Ante la suspensión de la credulidad y el tamaño (negociable) de la pesadumbre, me imagino un anuncio en los periódicos: “Quien encuentre a la Patria que haga favor de devolverla”. A la bío, a la bao, a la bin, bon, ba.

Publicado originalmente en: Cuadernos Políticos, número 47, México, D.F., editorial Era, julio-septiembre de 1986, pp. 57-73.

(*) Carlos Monsiváis Aceves (Ciudad de México, 4 de mayo de 1938 – Ciudad de México, 19 de junio de 2010) fue uno de los escritores más importantes del México contemporáneo.

Comentarios (2 comentarios)

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