Álgebra de la necesidad: adicción y tecnología
Por Gabriel Muro
“La droga es cuantitativa y mensurable con gran precisión.
Cuanta más droga consumas menos tienes
y cuanta más tengas más usas”.
William Burroughs.
Declaración: testimonio sobre una enfermedad
Masajes de texto
Hacia mediados de los sesentas, Marshall Mc Luhan se preguntaba qué sería de la ciudad de Nueva York si el gran apagón de 1965 se hubiese extendido durante medio año, qué clase de síndrome de abstinencia colectiva generaría: “no hubiera quedado duda de cómo la tecnología eléctrica modela, altera, modifica –masajea- cada instante de nuestras vidas”. La pregunta vuelve en la era digital. Las consecuencias de la caída de los grandes servidores o del colapso del cableado subacuático de banda ancha serían de una magnitud incalculable, una catástrofe de las comunicaciones que dejaría aislados a los individuos y a las grandes ciudades. Los cimientos técnicos de la globalización (de las finanzas, de los mercados, de los vínculos, del control militar) quedarían hechos trizas.
Para el visionario canadiense, la técnica es una extensión de los sentidos humanos. Las herramientas son “servoconductos”. La rueda es una extensión del pie y el libro una extensión del ojo. Toda tecnología es y ha sido prótesis, es decir la acción de agregarle algo al cuerpo humano, cuerpo frágil y al mismo tiempo infinitamente capaz de prolongarse en objetos y útiles, en hacerse mundo, en trascender sus limitaciones biológicas. El hombre es siempre un Prometeo, aquél que engañaba a los dioses, es decir a su propia naturaleza, a lo ya dado, creando herramientas según su propia diferenciación.
En esta anatomía de los medios técnicos, Mc Luhan proponía ver a la computadora, al artefacto electrónico, como una extensión de nuestro sistema nervioso central en tanto sistema circulatorio de información. Los bits y datos numéricos que constituyen el entramado rizomático de la red global pueden equipararse a las células que recorren al sistema nervioso desde la sustancia gris hasta la sustancia blanca. La máquina está hecha a imagen y semejanza del hombre. La técnica es también… demasiado humana.
Adicciones
La adicción es la exasperación de la necesidad. El contacto entre el organismo humano y una sustancia psicoactiva produce, en el mejor de los casos, un éxtasis, un salirse de sí. La tecnología digital, en su ubicuidad actual, presenta todos los síntomas y rasgos de una adicción sobria. Dispositivos celulares, computadoras portátiles, GPSes, cirugías estéticas, fármacos de diseño sin contraindicaciones… sustancias técnicas adictivas que entran en contacto con el organismo humano y lo prolongan sin propiciarle malestar alguno, a no ser el de su falta.
Las drogas psicoactivas han sido desde los principios de la modernidad y de la industrialización un asunto fuertemente problematizado por todas las instituciones sociales preocupadas por resguardar el bien común. El proceso de expansión capitalista alrededor de la tierra a través de aventureros comerciantes, exploradores y conquistadores, ha resultado en el encuentro con una gran diversidad de culturas que habían sido ignoradas por Occidente. Estos encuentros dieron pie a una nueva relación con sustancias antes desconocidas: el opio, el tabaco, el mezcal, la coca.
Sin embargo, el propio proceso de consolidación capitalista debía poner en marcha, para sí, y para los otros, un fuete control sobre la ingesta de sustancias psicoactivas, evitando así desvíos e infracciones con respecto a la norma social que venía a regular la ley del valor mercantil, demostrando un interés creciente sobre la aptitud, la docilidad y la sanidad de los trabajadores que salían a vender su fuerza de trabajo, su cuerpo, su organismo, sus tejidos nerviosos, al servicio de una máquina que le era hostil. Esa máquina se ablandará con la llegada de la era digital.
En la era del irreparable desencantamiento del mundo, las drogas ya no podían suponer una apertura metafísica, como sucedía con el uso ritual que una gran variedad de culturas le daban en la antigüedad. El fetichismo de las sustancias sagradas, demasiado costoso desde el punto de vista del disciplinamiento de la fuerza de trabajo, trasmutaba, poco a poco, en un fetichismo de la mercancía.
Nace la figura del adicto. Figura médico-legal, pero también figura fáctica, producto del proceso de urbanización moderna. No había “adictos” en la antigüedad, porque no existía un régimen de disciplinamiento físico, temporal y moral como el que movilizó el proceso de industrialización. Por otro lado, el uso de drogas estaba siempre enmarcado y contenido en un ritual de pasaje, en una ceremonia colectiva, política, mística, donde se trataba de traspasar los límites del principio de individuación para acceder a una visión de la multiplicidad en su unidad. Pero para que esto fuese posible y efectivo debían ponerse límites al uso visionario de las drogas, límites referidos a los ciclos de la naturaleza y del calendario, límites jerárquicos, toda una organización social para evitar el desmoronamiento de los iniciados.
El adicto moderno, en cambio, es el hermano del alienado fabril, de la borrachera después del trabajo. Se mueve de manera nocturna, por los márgenes de la ciudad moderna, junto a las prostitutas y los criminales. Es el espacio al que el adicto debe acceder para poder conseguir una nueva dosis, es el espacio del mercado negro, de lo prohibido en la vigilia, de lo perseguido por el poder de policía. Todo ese espacio temible y misterioso que la ciudad moderna marginaliza y al mismo tiempo hace posible, y hasta en cierto punto organiza.
Así, la figura del adicto es ofrecida, en los tiempos del capitalismo industrial, como una de las formas de la conducta desviada, enferma, anormal, una figura a la que hay que aislar y perseguir para evitar que cunda la epidemia.
La paradoja de la lógica prohibicionista es que ha sido la principal responsable de la expansión cada vez a una escala mayor del negocio marginal y mafioso de las drogas, con toda su crueldad y derramamiento de sangre.
La droga, despojada de su uso ritual o místico, es, como plantea Sloterdijk, un sustitutivo de experiencias auténticamente vitales. En el mundo técnico del “homo mercator” la droga será un sustitutivo de la falta de dinero, de éxito, de “aptitud”, aunque los exitosos también busquen en la droga un sustitutivo cuando la droga del éxito muestre su cara fiera.
La tecnología en tanto fenómeno de consumo masivo permanentemente actualizado es en este sentido también un sustitutivo de la intemperie colectiva a la que somos una y otra vez arrojados.
Estados tecnológicamente alterados
El mercado tecnológico, con dedos de silicio, fundamenta su negocio sobre la tecnificación creciente de la vida cotidiana. No necesita ni de sangre, ni de ametralladoras. Está al servicio de cualquier organización, estatal, empresarial o criminal. Es un mercado aséptico, sofisticado, veloz. El caso de Singapur: ciudad-estado hipermoderna que aplica la pena de muerte a los traficantes de droga. Limpieza y salud son sus estandartes, pena de muerte para aquél que no los respete. Persecución de la venta de drogas a la par que un irrefrenable impulso al consumo de bienes tecnológicos. Burroughs decía que la droga era la mercancía definitiva. Lo propio de la mercancía es su incapacidad de cerrarse sobre sí, nunca alcanza un grado de perfección definitivo, siempre deja una rendija abierta para lo próximo. En todo caso, se está cada vez más cerca del consumidor definitivo. El artefacto tecnológico portátil se vuelve mucho más apto que la droga en tanto servoconducto de la ansiedad cotidiana. No hay riesgo de sobredosis letal, es inocuo, prácticamente carece de efectos secundarios.
El número favorito en el desfile incesante de dispositivos digitales es sin lugar a dudas el teléfono celular, nuevo compañero de vida, personaje multifacético, siempre presente, conector continuo, personalizable y portátil.
Antiquísimo resulta ya el celular como objeto de consumo de ricos y poderosos, grandes aparatos en el asiento de acompañante de un descapotable. El rápido abaratamiento de sus costos de producción y de funcionamiento dio ligar a una expansión ilimitada, estando pronto a disposición de una enorme masa de usuarios. Es la época del reinado de las empresas de telefonía. Sin embargo, sigue siendo modo de distinción social, pero ya no desde el poseer o no, sino en relación al tipo y modelo de celular al que se pueda acceder.
Padres e hijos comparten el uso del aparato. Por este medio, los jefes controlan a los padres y los padres controlan a sus hijos. Sin embargo, también es un importante medio de entretenimiento y de pasatiempos: escuchar música, revisar mails, utilizar sus juegos, compartir fotos, aparato fantástico donde caben cada vez más usos y a través de los cuales es posible ganar dinero no solo a través de su venta y uso en tanto comunicación telefónica, sino también a través de la descarga de contenido exclusivos como ringtones, wallpapers, tests, chismes del espectáculo, e infinidad de posibles. El celular, como cualquier computadora que se precie, es un objeto nunca igual a sí mismo, nunca lleno, con cada vez mayor capacidad de almacenamiento, permanentemente actualizable, un objeto nómada que pide a gritos nueva información. Pero también objeto de compulsión. Se lo interroga recurrentemente para ver la hora, para ver si llego algún tipo de mensaje, texto o foto, o tan solo para apreciar el nuevo wallpaper.
Ha corrido mucha agua entre las tribus beatniks y las tribus floggers, dos tribus adictas, jóvenes, nómades, unas al margen, monstruos para el mundo que las circundaba, otras enteramente integradas, modelos del consumidor definitivo.
Por su parte, la adicción a las cirugías estéticas es hoy comidilla diaria. El cuerpo mutante de esos seres llamados “famosos” se vuelve objeto de parodia pero también modelo de conducta. La cirugía estética genera una suerte de euforia que hace repetir la intervención a un nivel cada vez más absurdo. En todos los órdenes se trata de combatir lo más propio de la condición humana: el paso del tiempo, expresado en el cuerpo humano como una especie de hecho vergonzante. Lo que molesta, lo que más pesa, es el tiempo. El organismo humano es concebido como hardware abierto a la instalación de programas de silicona.
Tecnología doméstica
La condición humana es desvalida. Vivir es crearse en el mundo frágiles y efímeros refugios, esferas según Sloterdijk, espacios de contención. El adicto a las drogas conoce bien acerca de aquél goce cálido, envolvente, que lo cobija de su angustia.
El mundo tecnológico en el que nos desenvolvemos también introduce un espacio esférico al nivel de la información y de las pantallas, un efecto de inmersión donde en nuestra soledad se nos ofrecen infinidad de estímulos. Una política de acondicionamiento y aclimatamiento sostiene el proceso de tecnificación. No se trata solo de pulsión de consumo, sino de nuevas formas de protegerse de la intemperie, ya no solo del cosmos vacío y sin dioses, sino de una realidad social caótica e inestable. La tecnología doméstica y portátil se asocia con el discurso de una vida de calidad. La ingeniería médica se encuentra con la ingeniería electrónica y digital. Se está diseñando, día a día, de a poco, sin que nos demos cuenta, a partir de nuestros usos cotidianos de las herramientas tecnológicas, un nuevo hombre, o mejor, una actualización del hombre, el cuál necesitará siempre de nuevas actualizaciones, que al ser instaladas resultarán gozosas, pero siempre provisorias.
En el horizonte de un mundo dominado por la biopolítica, se trata de gestionar todas las características del medio en el cual viven los seres humanos. Ese ordenamiento y planificación del medio como anticipación y cercenamiento de la acción humana ya no es sólo biológico, sino tecnológico. Si el medio es también el masaje, el gobernante debe volverse un masajista de la población, debe estimularla, relajarla, descontracturarla. Pero la contractura siempre vuelve por la reducción misma del ser colectivo a la categoría de población, mero sujeto de necesidades, ser pasivo cuya satisfacción inmediata hay que organizar y suplir para que luego vuelva a aparecer, como en la adicción. La felicidad se vuelve inconcebible y paradójica por el imperativo a la satisfacción inmediata.
No se pretende aquí caer en la ilusión de la tecnofobia ingenua. La tecnología es partícipe de la condición humana desde el des-cubrimiento del fuego. El objeto técnico es siempre algo humanizado, nos dice Gilbert Simondon, no es algo externo y hostil a la vida human. Es liberación de tareas penosas. Se trata de comprender como el mundo tecnológico (la tecnosfera) se entronca con la reducción de la humanidad al binarismo de las poblaciones, como domesticación de lo animal en el hombre. La tecnología encierra también las potencialidades de otro destino para lo humano. Baste pensar en Leonardo Da Vinci exaltado frente a las potencialidades de la técnica que el renacimiento hacía posibles. Artista e inventor, los objetos técnicos eran concebidos como potencializadores del hombre. Baste pensar en Henry Ford, empresario automotriz del temprano siglo XX, fascinado ante la capacidad del cuerpo humano para someterse completamente a las directrices de una gran cadena de montaje, haciendo de la máquina patrón de sus conductas.
La máquina se debate entre esos dos polos, y el humano es su mediador.


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