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Fútbol, la guerra irresistible

Por Julio Zoppi

Juegos de guerra

Los juegos competitivos son emulaciones representativas de la guerra. Las competencias de fútbol de selecciones son lo más parecido a una guerra que jamás se haya inventado por la trascendencia planetaria que le proporciona su casi universal popularidad. Si bien es el rugby, desde las reglas y formas de práctica, el más parecido a la guerra como dice Ariel Magnus, se trata de una semejanza respecto a un tipo de guerra ideal que está muy lejos de las verdaderas guerras de la realidad.  El rugby emula un modelo ideal de guerra ética que no existe como tal en el áspero escenario real. El respeto absoluto por el rival y las reglas del juego, y la vocación por el combate frontal, ingenuo y generoso, son contenidos que escasean en las turbias luchas verdaderas. El fútbol en cambio representa a esa guerra real y verdadera, que abarca desde la guerra propiamente dicha hasta las luchas cotidianas por el sustento, una  guerra que apela a medios muy lejanos de las reglas y las convenciones humanitarias hipócritas.  La guerra verdadera es sucia como lo es el fútbol, llena de trampas, de simulaciones, de acción psicológica, de espionajes, de artimañas para obtener ventaja de cualquier manera, de un cúmulo de triquiñuelas que no respetan el principio la franqueza y el respeto a las normas que propone la “guerra entre caballeros” del rugby.

Se dice que la guerra es la continuación de la política por otros medios, pero el fútbol no es la continuación de la guerra por otros medios, sino la encarnación misma de la guerra en términos de representación ilusoria. Una sublimación de la guerra donde se reemplaza la muerte física como consecuencia de la derrota, por una muerte emocional.  Perder en el fútbol es casi siempre una muerte. El fútbol es filosofía, porque es representación a escala de los valores sociales y de los principios que rigen no sólo la marcha material sino los resortes emocionales de la sociedad.

El gol, una conquista difícil, escasa y decisiva

Vuelvo a Ariel Magnus: “La pregunta es por qué el fútbol es tan entretenido a pesar de tener tan pocos goles comparado con otros deportes, y si hay un paralelo con que la filosofía es tan apasionante a pesar de ofrecer tan pocas verdades como goles el fútbol.

Siguiendo los términos de guerra, el gol del fútbol es un daño profundo inflingido sobre el rival. Equivale a la conquista de una fortificación enemiga importante, a la toma de una ciudad estratégica, o al hundimiento de una flota.  Es un acto valioso de triunfo, muy difícil y trabajoso de conseguir, y a menudo decisivo para el resultado final de la contienda. El gol es valioso porque es escaso y difícil de obtener; ésa es la clave de la enorme tensión emocional que genera, y a la vez la brutal incertidumbre por su resultado final, que implica el mantenimiento casi permanente de chances a ambos bandos. Convertir un gol en un match de fútbol es como trepar un palo enjabonado: la normalidad es el error y la excepción es el acierto. El fútbol se juega en un enorme territorio, muy difícil y cuyo recorrido requiere de cierto tiempo; es un factor más que aporta a la excepcionalidad del gol. Un promedio típico de un match de fútbol profesional está en dos goles por partido, es decir que es un juego donde normalmente, de los noventa minutos que dura el juego, durante ochenta y ocho se puja psicológicamente en el intento de lograrlo. Las situaciones de match definido son escasas, se pueden dar al final de los partidos o en casos de muy desigual relación de fuerzas. Casi siempre las ventajas son exiguas y reversibles.  En el fútbol la mayoría de las veces la promesa del milagro triunfal se mantiene viva durante los noventa minutos, es siempre una ilusión en vigencia, la excitación de estar siempre a la alcanzable distancia de un rebote afortunado.

Los deportes de tanteo automático como el tenis o el vóley, en que cada acción breve determina una marcación, se vuelven repetitivas sumatorias de puntos que pierden expectativa e interés salvo en el minuto final, si es que el marcador es parejo. Los deportes colectivos en general han facilitado la obtención de tanteos favoreciendo a los atacantes y desfavoreciendo a los defensores, y el hecho de que resulten en tanteos muy numerosos (dada la poca extensión de los campos donde se disputan) contribuye a una menor atracción.

Las alquimias éticas y estéticas que permite el fútbol

Las chances del menos capaz

Trataré de no abundar en detalles, pero es necesario considerar que es esencial a la naturaleza del fútbol su particular reglamento de juego, que está diseñado para dificultar al bando atacante las conversiones y facilitar los impedimentos defensivos, a contramano de casi todos los deportes. En un principio, al no existir ley del offside, el juego se reducía a delanteros esperando pelotazos en la zona del área, donde terminaban agrupándose los jugadores. Buscando un remedio a tal situación inventaron la ley del offside. La primera versión era tan estricta que ningún  jugador atacante podía situarse por delante de la línea de la pelota, en forma similar a lo que sucede en el rugby.  Luego se determinó que un jugador podía estar delante de la línea de la pelota siempre que tuviera a un jugador del bando defensor detrás. Se probó con tres jugadores y finalmente en 1925 con dos, tal como la conocemos actualmente. No sabemos si, conscientes o no de ello, crearon una de las leyes fundamentales del fútbol que favorece el juego defensivo, otorgando enormes ventajas al bando defensor y dificultando las opciones de concreción de goles por parte del bando atacante. Pero no es sólo la ley del offside: los tiros libres por faltas del adversario en el borde del área son más un castigo para el bando atacante que un premio, ya que se permite al bando infractor poner una barrera humana a corta distancia para hacer que la posibilidad de rematar al gol se dificulte. Lo mismo pasa con los saques: por echar una pelota afuera se obliga al supuesto equipo beneficiado a ¡dar un pase con las manos!, y si el arquero desvía un remate por la línea de fondo a centímetros de ser gol se “premia” al bando con ¡un remate de esquina a treinta y cinco metros del arco! El juego perfecto del mucho ir y el poco obtener.

Esta tendencia innata al equilibrio que conllevan sus reglas, como si fuesen compensatorias, hace del fútbol un juego que desafía las lógicas de relaciones de fuerzas, y entonces permite desarrollos más equilibrados entre fuerzas a priori desproporcionadas en habilidad y capacidad atlética. Los débiles tienen en el fútbol siempre la chance de hacer un papel digno y hasta de ganar, y los fuertes están obligados a esforzarse mucho para imponerse superando todas las dificultades que el reglamento les impone. Es la única actividad donde el reglamento pareciera estar diseñado más como una serie de escollos puestos a los más capaces para que venzan a los menos capaces. En la medida en que los menos capaces sacan provecho de esos escollos, obtienen mayores chances de salir exentos de una segura derrota.

Las chances del más pillo

Pero esta condición del fútbol que, en principio, está impregnada de un  romántico aroma a justicia social, propiciando la igualdad al brindarle más chances de triunfo a los débiles respecto de los fuertes, tiene una contrapartida que complica la situación ética. Las mismas reglas que premian al menos apto juegan un papel indeseable cuando son usadas por los pillos y villanos, por los timoratos y pusilánimes que prefieren ampararse en estas ventajas en lugar de tratar de imponer una superioridad a costa del sacrificio y la entrega heroicas. Esas reglas que premian la transgresión, la defensa y la destrucción por sobre la voluntad de jugar, son aprovechadas a menudo por los especuladores que logran obtener buenos resultados frente a los frontales que apuestan al arte de jugar al ataque.  De este modo, el lírico que cultiva la noble ética de la belleza y el coraje de ir al frente es sometido a una prueba de fidelidad filosófica inédita que pone en crisis su escala de valores y lo obliga a decisiones complejas como la de tener que elegir entre ganar y jugar bien. La ética espontánea de la búsqueda franca del triunfo choca contra la especulación, al amparo de reglas que parecen premiar a los malditos que cobardemente eluden el ataque frontal o acuden a malas artes para defenderse.

Por eso el fútbol es tan parecido a la sociedad, ya que los pusilánimes villanos les ganan bastante seguido a los generosos héroes. No siempre ganan los mejores ni los que tienen buenas intenciones, y eso hace que su causa se vuelva más épica aún, enalteciéndose radicalmente como conciencia de una lucha que se sabrá desigual e ingrata, y que por ello mismo será más heroica cuando llegue al triunfo. Un concepto argumental que se parece a las grandes fábulas de aventuras, donde el éxito del héroe llega luego de una injusta lucha contra las trampas que le imponen los villanos que muchas veces los vencen. La consecuencia de este aspecto es la habilitación de interminables debates filosóficos en torno a las posturas adoptadas, donde se crispan las posiciones y una discusión sobre estrategias de juego puede hasta volverse ideológica. Algunos creen ver en el fútbol heroico -que prefiere la franca búsqueda del lucimiento en el juego de ataque- una connotación progresista frente a una posición de derecha encarnada por los especuladores -a quienes no les interesa más que el resultado mismo, y que están dispuestos a usar todo tipo de ventajas sin importarle otra motivación que los sonantes dividendos del resultado-. El puro goce del placer estético, el sano espíritu de disfrutar el juego y la voluntad de vencer respetando una ética que incluye una mirada casi fraternal del adversario se identifican, por un lado, con “la izquierda del fútbol”.  Por el otro, la búsqueda fría del resultado, la apelación a cualquier artimaña para vencer y la exaltación del triunfo a cualquier costo -que incluye el máximo desprecio por el adversario derrotado-, pintan “la derecha” de la redonda. Lo curioso es que se trata de una ficción que no se verifica, al menos en los personajes futboleros: hay gente de izquierda en lo político que defiende ideas de “derecha futbolística”, y viceversa.

Tenemos un extraño deporte que premia a los villanos más que a  los héroes, pero que también permite a los pobres tener más chances frente a los ricos. A veces estas posibilidades se imbrican y tienen como resultado logros imprevisibles y excitantes.  ¡Qué bueno es ver a pobres líricos que triunfan sobre poderosos que se han vuelto villanos en su forma de jugar!

En otros deportes, estas alquimias por lo general no son posibles. Son más lógicos y puros, sus reglas premian al que busca, al que va al frente, no permiten que los villanos les compliquen la historia a los buenos ni tampoco que los menos favorecidos técnicamente venzan a los más calificados. ¿En el básquet se podría pensar en un planteo de juego que implique sólo defender, golpear y no atacar más que una o dos veces por partido? Jamás: el reglamento mismo obliga a cada equipo a ir al frente y tirar en veinticuatro segundos, no queda otra que el combate franco, no hay espacio para trampas ni para el rebusque de los menos capaces.

Mientras mantenga este contradictorio cóctel ético, la insólita excitación que provocan los juegos de guerra del fútbol permanecerá intacta. Si algo provoca tanta pasión, es sólo porque al mismo tiempo es capaz de provocar la más grande desilusión, tal como la realidad. Pero, ¿tan sólo ser espejo de la realidad explica su atractivo?  Hay una falla, un desliz, una búsqueda de la excepción que representa el sentimiento profundo de las masas: la búsqueda esperanzada de una excepción cósmica que aparezca ahí, al alcance de un pelotazo certero. Una excepción justiciera o injusta que por un día cambie el orden todopoderoso de las cosas.  Porque en el fútbol, muy de tanto en tanto, los buenos les ganas a los malos, los pobres les ganan a los ricos y los valientes les ganan a los cobardes.

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