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Refrescos y saludos

Por David Wapner

1.
Ayer y hoy se habló de los habitantes del norte, de los que buscan refugio al sur de la línea de fuego, y de los que no tienen otra salida que quedarse en los refugios subterráneos.
Se evita llamar a los desplazados y refugiados por su nombre para no dar una señal de debilidad.
Se ha instalado una ciudad de carpas en la ciudad de Ramat-Gan, vecina a Tel-Aviv; los miles de refugiados que las habitan han sido alojados allí para “refrescarlos un poco” de los sucesos en el norte, tal el lenguaje de las autoridades del gobierno.
El nuevo judío: nunca refugiado, siempre en movimiento.
Pero en las localidades del norte, la vida en los refugios es miserable. Hace un par de días, una pareja se asomó un poco al exterior para tomar un poco de aire, que allí abajo estaba viciado. Cayó un cohete y los mató.
Kiriat Shmona, en la frontera con el Líbano, quedó en ruinas; quienes pudieron, huyeron y quedaron literalmente “bajo tierra”, los enfermos y los ancianos.
Recién hoy, a un mes de iniciada la guerra, el gobierno decidió evacuarlos.
Es un escándalo, y algunos políticos, dentro de sus limitaciones, comienzan a hablar, como Amram Mitzna, ex secretario general del partido Avodá: “La forma en que se organizó esta guerra es escandalosa.”
Ante la pregunta de porqué no hubo evacuación hasta ahora, el intendente de una de las localidades afectadas respondió: “No evacuamos porque no nos pidieron.”

2.
Hablamos de la guerra con una compañera de la feria de Najalat Binyamin. En realidad, comenzamos a hablar de por qué hay puestos que venden en tanto que otros no. Para ella, el israelí sobrevive, no vive y entonces compra artículos de uso inmediato. Cuando decida vivir, comprará artículos de arte. “Esto, por ahora, no se puede quebrar, al israelí le gusta la guerra.”
Yo no se si es así en todos los casos.
A veces, hay gente la cual su primer impulso es repetir el discurso oficial, “el alto de fuego no nos conviene porque sino todo lo que ya ganamos lo vamos a perder.”
Pero si uno escarba, a lo mejor obtiene respuestas menos automáticas como, por ejemplo, “si, es verdad, muere mucha gente.”
Claro que están los otros.
Tenemos unos vecinos religiosos con los que nos llevábamos muy bien. Matrimonio, hijos, nietos. Las nenas, dos, estaban enamoradas de nuestro perro Chiflón, el grande, que murió hace un mes.
Ayer nos encontramos en el pasillo con la mater familiae:
“Cómo están, tanto tiempo.”
“Y, mal; usted sabe, la guerra.”
Se le iluminó el rostro:
“Todo depende de Dios, ya verán, todo se va a dar a nuestro favor… “
“Ojalá declaren el cese de fuego, ya.”
“¡Pero qué me dicen! ¡Despierten, muchachos, despierten! ¡Todo depende de Dios! ¡A esos terroristas hay que liquidarlos a todos, cortarlos de cuajo! ¡Todo depende de Dios! ¡Lo que pasa es que estamos desunidos! ¡Cuando dejemos de pelearnos el uno con el otro nadie nos podrá vencer!”
“Nosotros creemos en el cese de fuego,”
Un día después, nos cruzamos en el pasillo con el yerno y una de las nenitas.
No nos saludaron.
En la feria hoy hacía un calor para desesperar.
Pasa por nuestro puesto un miembro de la comisión de artesanos, un israelí que habla castellano perfecto y con acento argentino.
Le comentamos que nos morimos de calor:
“Date por contenta —le dice a Ana— que tu esposo no está en el Líbano.”
“Y si lo hubiesen llamado —responde Ana— no hubiera ido.”
“Me hubiera rehusado, hubiera sido ‘refusenik’”
Se queda pensando una fracción de segundo:
“Y bueno, es lo mismo. Te salvaste de estar encanado.”
Se fue.
Cuando cerramos el puesto y fuimos a guardar nuestras cosas al depósito, nos lo cruzamos de nuevo.
No nos saludó.

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