La resurrección de Ocantos II
[El primer artículo sobre Carlos Ma. Ocantos puede leerse aquí.]
(Apuntes bío-bibliográficos)
Por Eduardo Montes-Bradley
ANTECEDENTES
En 1934, Yale University Press edita la tesis del profesor Theodore Andersson, Instructor of French in Yale University: Carlos María Ocantos Argentine Novelist. A Sutdy of Indigenous French and Spanish Elements on His Work. El libro está dedicado a quien Andersson debe el haberse enterado de la existencia de Ocantos tal y como lo sugiere él mismo en el exordio a la primer edición: “To Professor Frederick Bliss Luquiens I am deeply indebted for my initial introduction to Ocantos’ writing and for unsparing help and rare counsel Turing the preparation of this study and of its forerunner, which was presented as a dissertation to the Faculty of the Graduate School of Yale University in 1931.” En el mismo prefacio se establece que Ocantos tuvo oportunidad de leer la tesis e incluso de colaborar con Andersson aportando consejo e información. De tal modo, se entiende que él único capitulo referido a los datos personales, biográficos del escritor (Chapter II. Carlos María Ocantos: A Biographical Sketch) contaba con el visto bueno del bonaerense. De las dieciséis páginas que comprende el capítulo sólo las primeras tres atañen a datos biográficos relevantes y en la primera se consigna lo esencial. Esa primer página, del segundo capítulo de la tesis de Andersson es a la que futuros biógrafos, compte rendu, habrán de recurrir olvidando la cita correspondiente. Lo de siempre: Esa tradición argentina de no citar, de apropiarse del trabajo de los otros.
Reproducción del registro de nacimiento de Johann Karl August Ziegler, abuelo materno de Carlos María Ocantos. Durante años busqué en los lugares equivocados. Finalmente, el 15 de diciembre de 2009, recibo de mi colaboradora en Berlín, la muy grata Julia Knobloch, el escaneo del acta que por correo electrónico termina con todas las discusiones habidas, y casi un siglo de especulaciones.
Al momento de concretarse el intercambio entre Andersson y Ocantos, el último aún tenía por delante un largo trecho, y está claro que las biografías no terminan de escribirse hasta el último aliento. En este caso, en este breve “bosquejo Biográfico”, Ocantos induce al norteamericano al error. No creo que el despiste haya sido intencional. Estoy convencido de que él mismo desconocía mucho de lo que en las páginas siguientes vengo a revelar:
“From his maternal grandfather, a German named Ziegler, he inherited a strain of Teutonic blood which reveals itself in his appearance…”
Andersson
Antiguo edificio “simultaneum” que albergaba a la congregación luterana, a hugonotes calvinistas, y reformistas alemanes.
Johann Karl August Ziegler, hijo del sastre maestre Martin y de Sophie Wilhelmina Riediger, nació en Berlín el 18 de marzo de 1801. Once días más tarde era bautizado luterano en la iglesia de Friedrichswerder un edificio “simultaneum” donde la congregación luterana coexistía con hugonotes calvinistas y reformistas alemanes (ver ilustración). Al él alude el norteamericano Theodore Andersson como el abuelo alemán de Carlos María Ocantos, y que este refiere (en una sola oportunidad en toda su obra) explícitamente como el tata Carlos. Pero para ocuparnos de Ocantos aún debe crecer el Berlinés y llegar a ser abuelo. Digamos, que para eso falta.
Johann Karl August Ziegler
Ahora que lo pienso: Esa idea de hablar en la primera persona del plural me incomoda. El ocuparnos, o digamos supone uno que hubiera a su vera media docena de voluntariosos y comedidos obrando a la par, y la verdad es que no es así. Falsa y estúpida modestia podrían dar cuenta del plural. Digo: No hay nadie a mi alrededor, no soy modesto. De ahora en más: Primera persona del singular y a citar cuando corresponda.
De cómo Johann Karl August Ziegler termina enrolado en las filas del ejército de su majestad Pedro I.
Alrededor de 1820 se establece en Hamburgo el doctor v. Schäffer, Mayor de la Guardia Imperial del Brasil, y oficial de la orden de Cristo. Sus órdenes eran engrupir a cuanto joven teutón con ambiciones cruzara sus caminos. El ardid prometía tierra y trabajo en el Nuevo Mundo a cambio de lealtad al emperador, y juramento de empuñar las armas en su nombre. Y como las promesas no bastaran, los agentes del imperio luso-americano habrían de ofrecer unos buenos deutche-morlacos a principes, duques y reyezuelos a cambio de sus encarcelados y dementes. The more, the merrier, dice el aforismo. Y como en la estampida del Mariel los gringos se hicieron a la mar con destino a Río de Janeiro.
A partir de mediados de 1824 comenzaron a desembarcar en la bahía de Guanabara los primeros emigrantes-mercenarios. Nolens volens los engrupidos eran arriados a las puertas del cuartel donde -manu militari- se les endosaba uniforme, y a marchar. Así consigue don Pedro formar un escuadrón de lanceros (y cuatro batallones de infantería) que fueron enviados al frente en 1826. Esas tropas participarán de la batalla de Ituzaingo el 20 de febrero del año siguiente, nada menos: Ituzaingo, nos vamos acercando. A estos soldados, venidos de tan lejos, se les conocía como los esclavos blancos y entre ellos figura el abuelo del biografiado y otro nombre familiar para los argentinos: don Adolfo Bulrich.
De cómo habría llegado el berlinés de Ituzaingo a Buenos Aires donde finalmente casa con la flor innata de la patriciada porteña.
Según las memorias de uno de los oficiales rioplatenses que sobrevive a la contienda, había entre los enemigos grupos de infantería germana que no parecían ofrecer resistencia. Estos grupos tendían a deponer sus armas a cambio de esa otra promesa sureña que era el Río de la Plata. Pero como es sabido, no todo lo que reluce es oro, y no siempre el verde es más verde al otro lado de la cerca. Una vez incorporados al bando de los buenos, hubo descontento, y hasta suicidios. Al parecer el rancho argento no estaba a la altura de las pretensiones de una tropa acostumbrada a golpes y azotes, pero también a carne salada, pan, fariña, café, tabaco y cachaza. Los alemanes comenzaron a quejarse de que los rioplatenses mal se alimentaban a carne sin sal. Con el objeto de evitar que la tragedia adquiriera ribetes novelescos, Lavalleja ordena que a los prisioneros que no se hubieran suicidado les fuera facilitada la internación en la provincia oriental “…ó su pasaje a Buenos Aires, donde se establecen gran número de ellos.”.
De cómo Johann Karl August Ziegler se convierte en tata Carlos.
Por aquellos tiempos, como en otros, Buenos Aires prometía. Prometía el nombre argentino de aquel río, prometía el nombre de aquella ciudad de aires no-malos, y una flamante independencia que como los buenos aires y la plata también redundan en eso: ofrecimientos. De ahora en más el alemán pasará a llamarse Carlos Augusto Ziegler. Del Johann, ni noticias y de la posibilidad de volver a Berlin: ni hablar. En Buenos Aires Ziegler se establece como comerciante al frente de un local de ultramarinos en el número 139 de la calle Perú. En 1842, y junto a su camarada de armas Adolfo Bulrich, emprende una nueva etapa de la entonces la tradicional Zervezería (sic) de Retiro que había sido antes de los ingleses Tomás Stuart y Tomás Ilson. Es importante notar que la relación con Bulrich, que también habrá de ser su cuñado, va a tener significado y trascendencia en la carrera diplomática y literaria del nieto-escritor.
La calle Perú. A mano derecha, junto al Club del Progreso estaba el almacén de ultramarinos del alemán.
Buenos Aires no era una ciudad muy atractiva por entonces, pero al parecer sí lo eran sus mujeres. Por lo menos algunas de ellas. La nomenclatura porteña, los hijos de la tradición, y los apellidos patricios habían dado algunas de las frutas más apetecibles del nuevo mundo. Estas verían en la gallarda estampa de los blanquitos de ojos azules, la perspectiva de una descendencia menos comprometida con el rigor de la tierra. El teniente primero C. Skogman, encargado de observaciones náutico-astronómicas a bordo de la fragata sueca “Eugenia”, desembarca poco antes de la caída de Rozas y al compás y sextante se pierde para observar y tomar apuntes sobre las minitas porteñas:
“A través de nuestra experiencia personal, no podemos ni atacarlas ni defenderlas en forma terminante, pero tampoco damos más crédito a los relatos de fáciles conquistas que a los ya proverbiales cuentos de cacerías y pensamos que más de un extranjero se ha precipitado al formular apreciaciones, basándose en la aparente frivolidad y desenvoltura que en general demuestran aquí las mujeres, como asimismo la forma impávida con que reciben ciertas amabilidades significativas y en general la extrema vivacidad que emana de sus personas. No queremos con esto afirmar que la mayoría de ellas sean dechados de virtud o que se las pueda colocar al nivel moral que la opinión en general asigna a la mujer inglesa, por ejemplo; pero si se toman en consideración las circunstancias aparentes, como ser el clima, la educación y la situación en la que se halla el sexo opuesto, que no deja de tener su importancia, merecen más admiración que crítica.”
Entre la oferta de esa clase privilegiada que estudia el teniente sueco se encuentra María Ignacia Rejas y Caballero de Negrón, “parienta cercana de Laprida, el patricio ilustre, firmante del Acta de la Independencia; abuela y madrina mía, que me adoraba, y a la que los nietos llamábamos Mama, sin el afrancesamiento del acento agudo”[1] Uno de los insondables misterios de esta historia viene a ser de cómo el alemán conoce a semejante joyita; pero lo cierto es que Juan Carlos y María Ignacia, casan en Buenos Aires el 26 de junio de 1830. Tal vez debería haber dicho “unen sus destinos” pero aquello que el destino suele entrañar complejidades que ameritan consideración, y esta biografía -después de todo- Nacional y Apache, no está inspirada ni en el abuelo berlinés ni en su esposa pariente-de-prócer, sino en el nieto escritor a quien vengo posponiendo en favor de su abuelo.
NdA: Vale la pena aclarar que Laprida no asiste al maridaje de Ziegler con María Ignacia por encontrarse en estado de descomposición en algún remoto paraje del paisaje provinciano tras haber sido pasado a degüello, a manos de la bestia montonera.
Foto de familia: En la fila del medio, segunda de izquierda a derecha, la mayor de todas: Manuela Ziegler (la del puño y la letra) en los jardines de la casa del Caballito que fuera suya y de su marido: don Juan Antonio Basilio Montes i Clavel. A su lado, con mi tío abuelo Juan Alberto Montes i Bradley en brazos: Elvira Bradley, madre de mi abuelo Saúl y abuela de mi padre Nelson que bien me sopla al oído y asiste en la empresa. Queda establecido el no tan distante parentesco del que suscribe y el biografiado-ausente.
Según las anotaciones de puño y letra de doña Manuela, promesa de aquella unidad Ziegler-Rejas, sus padres engendran al menos otras nueve, a saber: Carlos María, muerto a los diecinueve años y cuatro meses el 16 de julio de 1850 a las once y media de la mañana; Alejandro, muerto a los dos días el 11 de febrero de 1832; Manuela, fallecida el 17 de diciembre de 1835 a los catorce meses de edad; María Luisa, nacida el 24 de agosto de 1835 y que vivirá hasta los sesenta y siete años; Manuela (la del puño y letra), fallecida el 16 de junio de 1908 a los 71; Ignacia, nacida en 1838, Eduardo nacido el 13 de junio de 1840, María Josefa Cornelia fallecida el 26 de noviembre de 1841 a los dos meses de vida; Manuel Felipe Cándido muerto el 21 de setiembre de 1844 a las once de la mañana, un par de semanas después de haber cumplido el año y finalmente, Guillermo de quien sólo puedo decir que nació el 12 de abril de 1845.
María Luisa, cuarta en línea de sucesión pasaría a convertirse en la primera. Diezmada la cría sobreviran los más fuertes, y no poco frecuente fuera que al parir el último la madre acabara tirando la toalla y dando por finalizada la partida. La experiencia familiar hoy parece tan sencilla en comparación, y aún hay quién insiste que todo tiempo pasado fue mejor. ¡Pamplinas!
Poco después de la muerte de Carlos María, María Luisa casa con un joven abogado hijo de un delegado de Corrientes a la Constituyente de 1824. Su nombre: José Antonio Ocantos.
NdA: Albricias: acabo de introducir al padre del biografiado. ¡Qué remedios! Con un poco de suerte, no mediando trivialidades, historias transversales, personajes secundarios y otras deliciosas distracciones, nace aquel que busco resucitar.
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[1] Ocantos, En el más allá, Madrid, Imprenta de Galo Saez, 1933. p. 221.







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