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Articulo

Tránsito

Por David Wapner

1.
Anteayer, 2 de mayo, se recordó a los muertos de Israel, tanto en las guerras libradas, como en los atentados que sufrió.
Hoy. 3 de mayo, se festejó el día de la independencia.
Mañana jura el nuevo gobierno.

En el momento del gran festejo con fuegos artificiales, números musicales, danza, yo dormía profundo una siesta en horario desplazado, entre las 19 y las 20 y 30, justo cuando en Bat-Yam todo el mundo bajaba a la playa.

Desperté y continué con mis ocupaciones, pero antes tomé un té. Sentía una sensación de vació, como si en el sueño hubiera quedado en depósito una carga que ahora hubiera necesitado para ponerme a escribir. Luego, bombas de estruendo y petardos tardíos, y la extrema curiosidad que demostraba mi gata Bagianita por lo que sucedía, me compensaron esa falta, o esa ausencia. Pero no ocultaron la carencia fundamental. ¿Qué me faltaba, qué no encontraba?

2.
Desde que llegué a este país, hago el ejercicio de sobreponerme a mis preconceptos ideológicos para tratar de entender en algo aquello que aquí sucedió y sucede. Cada una de las fiestas en las que se divide el calendario hebreo, y los muchos feriados que estas ocupan, son una oportunidad para asomarme, cada vez un poquito más, pero nunca suficiente, a la pulpa de la vida israelí. En mi infancia en Argentina, y hasta bien entrada mi adolescencia, y un poco más, festejé las festividades centrales judías y observé en cierta medida algo de la tradición, pero acá,. en Israel, aunque haga el esfuerzo, no dejo de tener la sensación de que en este país viven otros judíos.
En un poema titulado “Mamá”, dice Mois Benarroch, el poeta israelí nacido en Tetuán (Marruecos): “este no es mi país este no es mi pueblo/ estos no son mis judíos” . Para entender que hay detrás de estos versos, habría que leer la obra de Mois y escucharlo (a propósito, me comprometo desde aquí a realizarle una entrevista para el próximo número).

3.
Yo, mientras tanto, judío extranjero en Israel, o judío en un país de judíos extranjeros (Israel), puedo contar que en mi infancia y adolescencia argentinas, tuve un lazo fuerte con este país del cual, en más de un sentido, me sentía parte. Parte querida de mi familia estaba aquí: mis abuelos maternos, tías y primos, los cuales por tandas fueron emigrando. Y de todos ellos, mi tía Dina, la hermana menor de mi mamá, era la activista y la propagandista que mantenía caliente el imaginario sionista en mi casa, y en mí en particular. Cuando digo imaginario sionista, me refiero a lo siguiente: a aquel que refiere al nuevo judío, que se ha concretado en un país propio, Israel. El viejo judío, en tanto, es aquel que está diseminado por el resto del mundo, y que en Europa fue llevado al exterminio por el nazismo.
En mi casa, como en gran parte de los hogares de judíos laicos, el nuevo judío era considerado con orgullo, la imagen y el recuerdo del viejo judío vejado, humillado, eran ennoblecidos por la del nuevo sabra, agricultor, de piel curtida, domesticador del desierto, ágil, joven, soldado de su propio país. El ejército judío del país judío, frente al recuerdo de aquellos estados que a lo largo de los siglos decidieron en algún momento que los judíos eran la causa de todos los males y emplearon las leyes y las armas en su contra.

4.
En mi casa, entonces, éramos sionistas.
Y la apoteosis llegó en 1967, cuando en seis días de guerra, Israel derrotó en todos los frentes a las fuerzas coligadas de Egipto, Siria, Jordania, Líbano, Irak, apoyadas por la Unión Soviética, y conquistó la península del Sinaí (Egipto), las cumbres del Golán (Siria), el valle del Jordán, Judea y Samaria (Jordania), la franja de Gaza (Egipto) y, la frutilla del postre, capturó Jerusalén Oriental, de manos de Jordania.
Ah, los noticieros mostrando a los Mirages israelíes destruir en tierra, sin darles tiempo de despegar, como si fuesen de juguete, a los Migs egipcios. Oh, el ojo tuerto del general Dayán, ayayay, el general Rabin entrando a Jerusalén. Y los soldados llorando y rezando en el Muro de los Lamentos.
En primera plana de todos los diarios, revistas, mostrándole al mundo de lo que era capaz el nuevo judío, que vengaba de este modo al viejo: ¡ah, nunca más nos pisarían!
Y de esa euforia estaba adornado el cuarto que compartíamos con mis otros dos hermanos varones: afiches, fotos, banderines y banderas. Los distintos modelos de aviones de combate, tanques, barcos; los escudos de las distintas armas del ejército de defensa de Israel. El Muro, Jerusalén. Los líderes de esa guerra. La bandera azul y blanca con la estrella de David. Arsenal gráfico provisto por tía Dina desde la misma ciudad en la cual ahora vivo, Bat-Yam. Y que, además de lo descripto, incluía ceniceros de cobre con el nuevo mapa ampliado de Israel, candelabros, posa servilletas, abrelatas, platitos, lapiceras. Y libros, dos libros en especial, cuatrilingïes: hebreo, inglés, francés, castellano, llenos de fotos, para que nos hartemos del heroísmo y la hazaña de nuestro pueblo.

5.
En el 67 yo tenía nueve años.
Seis años más tarde, estalló una nueva guerra. Estaba en el secundario, me estaba haciendo marxista, y militaba en la T.E.R.S (Tendencia Estudiantil Revolucionaria Socialista), ala estudiantil del trotskysta PO (Política Obrera), hoy día Partido Obrero y, ayer como hoy, liderado por Jorge Altamira, su Secretario General.
Una de las cosas que había aprendido en el PO era que los trotskystas dibujábamos la hoz y el martillo al revés, para llevarle la contra al PC. Nuestra hoz y martillo simbolizaban que nosotros éramos más izquierdistas que cualquier partido de izquierda. Éramos la izquierda de la izquierda, a la izquierda de otros trotskystas, contracturados de tan zurdos
Mi “contacto”, de mi misma escuela y curso, era también judío. Como la agrupación era semi-clandestina, yo mentía en mi casa cada vez que me reunía con él en el departamento en donde vivía con sus padres, en el barrio porteño de La Recoleta. Leíamos el periódico Política Obrera, que luego yo lleva escondido conmigo , y escuchábamos a Viglietti, Angel e Isabel Parra, Quilapayún, Huerque-Mapu…
Cuando estalló la guerra de Yom Kipur (Día del Perdón), en octubre de 1973, Silvio (mi contacto) me dice que el PO apoya la derrota de Israel y que, de hecho, Israel no debiera existir y que, en efecto, en el futuro dejará de existir para dar lugar a un estado palestino, porque los palestinos habían sido usurpados por los israelíes, apoyados por el imperialismo. Y que Israel era una base del imperialismo, y que nosotros éramos anti-imperialistas, y así como combatíamos a los yankis, también debíamos hacerlo contra el estado judío.
Terrible, fue un cachetazo, un terremoto. Recuerdo que habíamos salido del colegio y caminábamos por plaza Lavalle en dirección a la avenida Córdoba. En el camino, pasamos por la gran sinagoga de la calle Libertad. “¿De qué me  estás hablando?”, le dije, casi con ganas de llorar, “¿por qué no voy a querer que venza Israel, y por qué voy a desear que Israel deje de existir?” Pensaba en mis abuelos, mis tíos, mis primos. Mis afiches, mis libros, en mis ayunos de Yom-Kipur. Me fui a casa compungido, pero más que nada, confundido. Al final, decidí alejarme de la T.E.R.S.
Pero algo había quedado de esta historia: los palestinos. Nunca los había tenido en cuenta, más allá de que sabía de Araffat, y de Al-Fataj., y de sus acciones guerrilleras, como la masacre de los deportistas israelíes en las olimpíadas de Munich de 1972.
Los palestinos, más allá de la máscara Araffat. Los palestinos, más allá de los términos Al-Fataj, fedayín. Los palestinos, como pueblo, no tenían entidad para mí.
Los palestinos.
Palestinos.

6.
El último 2 de mayo me dediqué de lleno a ver los documentales que transmite la televisión en el día de recordación de los caídos en las guerras y batallas de Israel. Uno tras otro, durante horas y horas, cortos de media hora de duración, dedicados cada uno a la vida de un soldado, armados con fotos, películas y vídeos caseros, y el relato en off, intercalado con intervenciones de familiares, amigos y otros soldados, que narra paso a paso la vida de tal o cual, desde su nacimiento hasta al fecha de su caída, y el recuerdo, los homenajes, las placas conmemorativas. Pude asomarme, entonces, a vidas que en sus trayectos iniciales se parecían bastante a la mía. El bar-mitzvá, a los trece años, con su gran fiesta familiar, el discurso que dedica el niño-adulto a sus abuelos, a sus padres, a sus hermanos, más o menos con las mismas palabras que yo pronuncié. Y los padres, y los abuelos, emocionados como los míos.
Luego, poco a poco, estos muchachos judíos de Israel comienzan a diferenciarse de mí. Algunos ingresan a liceos militares; otros no, pero a los 18 años, invariablemente entran al ejército y, en un lapso de tiempo que puede variar entre uno y tres años, más o menos, mueren, ya sea en una emboscada, o en una batalla, o en un accidente aéreo, o por fuego amigo. Y los padres, y los hermanos, y los abuelos, y los amigos, las novias, compañeros de estudio, camaradas de regimiento, lloran la pérdida irreparable.
Más o menos así termina cada documental.
Y en seguida comienza el otro.

Publicada originalmente en El Pollo Urbano en mayo de 2006.

Comentarios (un comentario)

[...] Recomiendo especialmente la lectura de Tránsito Publicado en http://www.nación apache.com.ar Agosto 7th, 2006 por David Wapner [...]

Santos y Demonios » En Nación Apache / agosto 9th, 2006, 8:28 am / #

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